Opinión

Una larga siesta

    
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Guerrilla Girls

Pero una chica puede soñar, puede darse cuenta, en las heroínas, que es mortal y por lo tanto sin miedo; que la cordura brinda el bajo suelo para el canto más salvaje; que la brisa hace visible los mejores vientos.

Rachel Wetzsteon, del poema Short Ode to Screwball Women, 2006


Hace unos días leí el artículo de opinión de Gabriela Jauregui - escritora, poeta y muy respetada colega- titulado ¿El tiempo de las mujeres?, publicado en la revista cultural Código. En el texto, Jauregui hace un breve recuento de las omisiones históricas de importantes mujeres dentro del contexto artístico mexicano, evidenciando la urgencia de una revisión de arte feminista en México así como la de brindar un espacio en medios de comunicación especializados y de crítica a los proyectos de las artistas jóvenes nacionales.

No puedo estar más de acuerdo con Jauregui. Vivimos en una nebulosa zona donde sólo es discursiva la aceptación del legado feminista en el arte, mientras en la práctica seguimos esperando una real implementación de políticas antidiscriminatorias en instituciones culturales, tanto gubernamentales como privadas.

Esta situación podemos ejemplificarla con las acciones del colectivo feminista norteamericano Guerrilla Girls, como sus carteles de 1985 “¿Cuántas mujeres han expuesto individualmente este año en los museos de Nueva York? Guggenheim - 0 ; Metropolitan - 0; Modern - 1; Whitney - 0”.

Para celebrar 30 años de su formación, realizaron una actualización de este cartel a principios de 2015, donde vemos que los cuatro museos solamente aumentaron una exhibición; el MoMA sumando dos. Esta pieza nos habla de las batallas ganadas sobre la todavía existente resistencia a incluir mujeres en lo más alto del circuito artístico.

En nuestro país las cosas no son muy distintas, es alarmante que ningún museo o galería tenga un pronunciamiento claro y abierto sobre la participación de artistas mujeres en sus programas expositivos. No hemos escuchado a ninguna administración cultural manifestar públicamente sus políticas de equidad, las temáticas de los programas educativos, directrices no excluyentes, etcétera.

Estamos ante un serio problema de género, que provoca un ambiente adverso para el quehacer artístico de mujeres sobre todo jóvenes. Es sorprendente cómo sobresalientes artistas mexicanas como Claudia Fernández o Galia Eibenschutz no tengan representación en galerías. Hace falta el valor y compromiso de alguien como Monika Spruth, que en los años 80 abrió su primera galería en Cologne, Alemania, respaldando sólo a mujeres artistas emergentes.

En columnas anteriores he resaltado la importancia del arte feminista para la pluralidad de la producción artística, pues ha sido el de todos los movimientos vanguardistas el que más brecha ha abierto tanto para todo aquel arte excluido de los estándares comerciales, como el surgido de minorías sociales y/o raciales , así como para la aportación de nuevas técnicas y lenguajes. El arte nos ayuda a tomar conciencia - desde una dimensión más personal - de las diversas relaciones que tiene un individuo con el mundo, y el arte de mujeres como Ana Mendieta, Yoko Ono, Cindy Sherman, Barbara Kruger, Sarah Lucas, Pola Weiss, Teresa Margolles, Doris Salcedo, Rachel Whiteread, Tacita Dean, Lygia Clark, Gego e innumerables más, nos ha revelado la compleja relación de la mujer con una realidad a veces ajena, a veces hostil, pero siempre digna de vivirse.

Parafraseando el ensayo El tiempo de la mujer, de la filósofa feminista Julia Kristeva, Gabriela Jauregui enfatiza cómo el tiempo colabora a la amnesia y la falta de reconocimiento para las mujeres en el arte. Pero creo que para olvidar se debe tener vocación, y uno de los rasgos del arte feminista que encuentro más entrañable es el recordar continuo; aunque el arte creado por mujeres nunca ha sido protagonista histórico, se ha generado paralelamente a la historia “oficial”, dentro de ámbitos privados, domésticos, casi ocultos; construido a partir de conquistas sociales.

Cuando hablamos de tiempo, éste casi siempre se presenta como una entidad extraña, inaprensible, a la cual nos sometemos irremediablemente. Yo prefiero retomar la descripción de feminismo de la escritora de ciencia ficción Ursula K. Le Guin, como el despertar de una larga siesta, pues implica una acción, un acto de fuerza y movimiento, primero íntimo, propio - subjetivo - para después hacerse presente en el mundo.


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