Opinión

Una defensa (anticlimática) de los partidos políticos

 
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Partidos políticos.

Samuel Ramos, el psicoanalista del mexicano y uno de los precursores de la crítica a la cultura mexicana posrevolucionaria, veía en nuestra propensión a la imitación de lo extranjero un mecanismo psicológico de defensa frente a un agudo sentimiento de inferioridad colectiva. Ese sentimiento, dice Ramos, es en el mexicano heredero de la Revolución el “efecto de una inadaptación de sus verdaderos recursos a los fines que se propone realizar”. No es una condición moral o jurídica de inferioridad, sino un vacío de confianza en sí mismo. El mexicano compensa la dificultad de ajustar sus expectativas a las circunstancias y éstas a sus posibilidades, con la calca de un plano de vida ficticio. Toma lo extranjero como modelo para liberarse del sentimiento deprimente de la frustración, más que para crear un modo de ser propio. Imita para aferrarse a algo. Se mimetiza en lo ajeno como solución ilusoria a su realidad.

Frente al populismo que acecha, nos refugiamos en la imitación. El Sanders o el Macron mexicano para frenar a la versión doméstica de Trump o de Le Pen. En lugar de diseccionar el tejido de la crítica populista, volteamos a ver quién se parece por edad, aspecto o accidente a aquél que pudo, en otro contexto, conjurar el advenimiento del desastre. Pretendemos enfrentar nuestra realidad con las claves de la circunstancia ajena. La solución mexicana, dice el mantra de la imitación, es encontrar el símil de un septuagenario socialista que convoque a los jóvenes o un tecnócrata liberal que no asuste a nadie. La complejidad de los problemas nacionales se reduce en hacer viable un proyecto independiente, como el que aparece celebrando en la televisión. El programa y, sobre todo, las condiciones institucionales para gobernar son irrelevantes. La debilidad del Estado y la ausencia de la respuesta local, la carencia e inviabilidad de los servicios públicos, la falla estructural en la reducción de la desigualdad y la exclusión, el bajo crecimiento, las distorsiones de la productividad o la precariedad del empleo y del ingreso, por citar sólo algunos de nuestros males, se resolverán mágicamente de la mano de un presidente sin partido. La superioridad moral de su independencia pondrá en orden y tono a la compleja gestión de la distribución y ejercicio de las potestades de mandar. Para contrarrestar el populismo que divide al mundo entre el pueblo auténtico y la mafia del poder, el simplismo de la rivalidad mutuamente excluyente entre los ciudadanos y los partidos. Ese populismo del mesianismo independiente.

Hay, sin duda, en ese movimiento una crítica hasta ahora desoída por los partidos políticos. No son conductos de participación política, escuelas de formación cívica, catalizadores programáticos, instrumentos de intermediación colaborativa. Los partidos se conocen más por sus escándalos que por sus tesis. El vínculo de representación se ha diluido en la endogamia de su vida interna, en la reproducción de clientelas e intereses. Son vehículos tardíos para hacer valer la responsabilidad y provocar entornos virtuosos de rendición de cuentas. Pero el descontento lejos de animar los impulsos de reforma, ha derivado en el manto purificador de la renuncia. En el vacío de reformadores, desertores que abandonan el barco para sacudirse del desprestigio.

Los partidos son instituciones insustituibles de la democracia. La estabilidad política en la transición y las alternancias es deudora de la apuesta por un sistema fuerte de partidos en México. El modelo, es cierto, se ha agotado: la profundización del pluralismo hacen insuficiente ya el diseño transicional. Pero la viabilidad de la democracia mexicana pasa necesariamente por repensar, no por destruir, a esas instituciones. Para sobrevivir, los partidos deben definirse ideológicamente, innovar en la selección de sus candidatos, hacerse cargo de los gobiernos que emanan de sus filas, proponerse esfuerzos visibles por combatir la corrupción interna. Entender que la gobernabilidad es un fino equilibrio entre disputas y entendimientos, que su función no es dividir a la sociedad sino conciliarla, que el éxito propio no radica en el fracaso ajeno, sino en la responsable construcción de lo común. Remodelar sus casas para reanimar a la democracia representativa.

El riesgo de la imitación, afirma Ramos, es despreciar el auténtico movimiento de las cosas. Fallar en la receta porque no se mezclaron los ingredientes apropiados. Voltear a ver hacia afuera con la ciega ilusión del contagio.

* El autor es senador de la República.

Twitter: @rgilzuarth

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