Opinión

Una década venciendo el hambre

23 diciembre 2013 5:2

 
 
 
 
Recientemente Brasil celebró el décimo aniversario del programa Bolsa Familia, que ha servido de modelo para muchos otros programas de distribución de riqueza que se aplicaron después en el mundo.
 
Gracias a Bolsa Familia, 14 millones de familias, o 50 millones de personas, o sea la cuarta parte de la población brasileña, reciben un estipendio mensual con la condición de que los hijos permanezcan en la escuela y les den atención médica, inclusive todas las vacunas. En más de 90 por ciento de los casos es la madre quien recibe la ayuda.
 
 
En estos diez años de existencia del programa, mejoró el aprovechamiento escolar de los niños, disminuyó la tasa de mortalidad infantil y 36 millones de personas salieron de la extrema pobreza.
 
Los números son elocuentes, aunque no suficientes para expresar la transformación de sus vidas.
 
 
No existe estadística capaz de medir la dignidad ––y esa es la cuestión cuando la madre y el padre pueden ofrecerle a sus hijos tres comidas al día. No hay en los presupuestos un rubro denominado “esperanza”–– y esa es la cuestión cuando los padres ven a sus hijos asistiendo a la escuela para forjarse un futuro mejor.
 
 
Por haber promovido tal transformación en la vida de las personas, Bolsa Familia está cambiando el curso de la historia de mi país. Según la Organización de Naciones Unidas, es el mayor programa de distribución de riqueza del mundo. Muchos gobiernos lo han adoptado para combatir el hambre. Por ese motivo es importante comprender el porqué del éxito de Brasil y los obstáculos que tuvo que enfrentar nuestro gobierno para poner en práctica el programa.
 
Como en tantos países de América Latina, África y Asia, durante mucho tiempo Brasil fue gobernado para favorecer a una pequeña minoría, la élite. La mayoría de los brasileños era virtualmente invisible, viviendo en una “no patria”, que desconocía sus derechos y les negaba oportunidades.
 
Nosotros empezamos a cambiar ese cuadro al adoptar un conjunto de políticas sociales combinadas con la valoración del salario mínimo y la ampliación del acceso al crédito bancario. Esas medidas le dieron nuevo aliento a una economía que generó veinte millones de empleos formales en estos diez años, integrando, al fin, a la mayoría de la población al proceso económico y social.
 
 
Bolsa Familia ayudó a probar que sí se puede erradicar el hambre cuando los gobiernos tienen voluntad política para poner a los pobres en el centro de sus acciones. Muchos consideraban utópico ese objetivo. Quizá porque no entendían que es algo absolutamente necesario para colocar al país en la ruta del desarrollo.
 
 
Algunos decían, de buena fe, que para combatir el hambre lo correcto sería entregar alimentos a las familias y no dinero. Pero para matar el hambre no basta con recibir alimentos. Es necesario tener un refrigerador para conservarlos, una estufa y gas para cocinar.
 
Además, las personas tienen que vestirse, cuidar la higiene personal y la limpieza de la casa. Las familias no necesitan que el gobierno les diga qué deben hacer con el dinero. Cada una tiene sus prioridades.
 
Hemos visto, todavía hoy, algunas reacciones contra Bolsa Familia que comprueban que es más difícil vencer el prejuicio que el hambre. La más cruel de dichas manifestaciones fue acusar al programa de estimular la pereza. Eso es como decir que la persona es pobre por ser indolente, y no porque le han faltado oportunidades reales. Significa transferirle al pobre la responsabilidad por un abismo social que sólo favorece a los ricos.
 
En realidad, más de 70 por ciento de los adultos inscritos en Bolsa Familia trabajan regularmente y completan sus ingresos con el dinero del programa, que constituye un apoyo indispensable para empezar a romper el ciclo de la pobreza que pasaba de padre a hijo.
 
 
Los críticos comparaban la distribución de riqueza con una limosna, una mera caridad. Solamente el que nunca ha visto a un niño desnutrido, y la angustia de una madre ante el plato vacío, puede pensar así. Para la madre que lo recibe, el dinero que alimenta a sus hijos no es caridad: es un derecho de ciudadanía, al que ella no va a renunciar.
 
Un efecto de largo plazo de Bolsa Familia es que le da poder al pobre. Los electores que tienen un ingreso básico garantizado no necesitan pedir más favores. No tienen que cambiar sus votos por comida o por un par de zapatos, como sucedía frecuentemente en las regiones más pobres de Brasil. Él se hace más libre ––lo que para algunos no es conveniente.
 
Por último, están los críticos que alegan que el programa eleva los gastos públicos. Son los mismos que dicen que reducir salarios y destruir empleos es bueno para la economía. Pero cuando el dinero público se emplea en la gente, en salud y educación no es un gasto: es una inversión. Y la inversión en Bolsa Familia se encuentra en las raíces del crecimiento de Brasil.
 
 
Cada real ––unos 43 centavos de dólar–– invertido en el programa agrega 1.78 reales al PIB, de acuerdo con el gobierno brasileño. Bolsa Familia fomenta el comercio y la producción de los bienes que consumen las familias. Mucho dinero, en manos de pocos, sirve solamente para alimentar la especulación financiera y concentrar riquezas.
 
 
El programa demostró que un poco de dinero, en las manos de muchos, sirve para alimentar a la gente, impulsar el consumo y la producción, atraer inversiones y generar empleos.
 
El presupuesto para Bolsa Familia asciende a 24 mil millones de reales este año, o 10 mil millones de dólares aproximadamente, lo que representa menos de 0.5 por ciento del PIB brasileño. Desde 2008, Estados Unidos y la Unión Europea han gastado ya 10 mil millones de dólares para salvar a los bancos en crisis. Tan solo una fracción de ese dinero invertida en programas como Bolsa Familia podría erradicar el hambre en el mundo y lanzar la economía mundial a una nueva era de prosperidad.
 
 
Afortunadamente, cada vez más países están escogiendo el combate a la pobreza como camino hacia el desarrollo. Ha llegado el momento de que los organismos multilaterales estimulen eso promoviendo el intercambio de conocimientos y el estudio de buenas experiencias de distribución de riqueza en todo el mundo. Sería un importante impulso para vencer el hambre en el planeta.