Opinión

Una comisión de la verdad para Michoacán

Estas son las palabras de María Santos Gorrostieta Salazar, alguna vez alcaldesa de Tiquicheo: “A pesar de mi propia seguridad y la de mi familia, tengo una responsabilidad con mi pueblo, con los niños, las mujeres, los ancianos y los hombres que se parten el alma todos los días sin descanso para procurarse un pedazo de pan...; no es posible que yo claudique cuando tengo tres hijos a los que tengo que educar con el ejemplo”. (http://internacional.elpais.com/internacional/2012/11/17/actualidad/1353152160_415576.html)

Eso dijo María Santos Gorrostieta Salazar luego de salir con vida
–aunque gravemente herida– de un ataque criminal mientras encabezaba el ayuntamiento de Tiquicheo. Pagaría cara su congruencia. En noviembre de 2012, y luego de un atentado más, los criminales lograron matarla.

Con señales de tortura, el cuerpo de María Santos Gorrostieta Salazar fue encontrado en Cuitzeo, un pueblo mágico distante hora y cuarto de Pátzcuaro, también pueblo mágico. Cuando apareció el cadáver de la valiente María Santos Gorrostieta Salazar, el gobierno de Pátzcuaro ya era presidido por Salma Karrum Cervantes, la alcaldesa que esta semana solicitó licencia luego de haber sido exhibida, en un video y en una foto, con un miembro y con el jefe de Los Caballeros Templarios, respectivamente.

Estas dos presidentas municipales representan las dos caras de una moneda. María Santos Gorrostieta Salazar estuvo del lado de su pueblo; Salma Karrum Cervantes le dio la espalda a la población y, sabiéndolo o no, al pactar con los criminales fomentó su propia tragedia: un miembro de su familia fue asesinado. En el hoy famoso video, dado a conocer por La Razón, Salma Karrum Cervantes quiere saber en qué falló. La respuesta está enfrente de ella pero no la quiere ver: los delincuentes no son de fiar.

Hay quien cree, de buena fe, que es indebido o injusto condenar y/o criticar el comportamiento de Salma Karrum; que nadie que no haya enfrentado en carne propia esa terrible disyuntiva –ceder o resistir a la presión de poderosos criminales– debería opinar sobre la renuncia de la alcaldesa de Pátzcuaro a su deber de aplicar las leyes que juró hacer cumplir. Que pocos saben, sin haberlo vivido, cómo responderían a la pregunta de plata o plomo.

Quizá sea cierto que no podemos pedirle a todas las personas, a todos los funcionarios, o a nosotros mismos, ser como María Santos Gorrostieta Salazar. Pero cómo saber en qué medida, en un lugar y en un momento de circunstancias extremas como lo es Michoacán, los funcionarios importantes intentaron al menos resistir a los criminales, cómo saber si al menos exploraron otras opciones antes que irse campechanamente a tomar cervezas con ellos.

Para lo anterior hace falta una comisión de la verdad para Michoacán. Ese ejercicio es indispensable para reconstruir la confianza en aquella sociedad. Los michoacanos necesitan saber quién hizo qué, quién intentó qué para no ceder, quién no intentó nada. Quién la tuvo más fácil y a pesar de ello hizo menos. Quién con todo en contra al menos buscó alternativas. Quién supo qué, quién no quiso saber nada de nada.

Con una comisión de la verdad hasta Salma Karrum tendría derecho a explicar qué pensó cuando encontraron muerta a María Santos Gorrostieta Salazar. O Diana Santana, exalcaldesa de Huetamo hoy presa, podría explicar qué hizo cuando supo que habían asesinado a Ygnacio López, otro alcalde, este de Santa Ana Maya, muerto mientras ellas, según se ha visto, convivían con los narcos.

Twitter: @SalCamarena