Opinión

Una carretera estadounidense a ninguna parte

Muchas carreteras en Estados Unidos están en muy mal estado; puedo confirmarlo después de conducir de Nueva Jersey a Massachusetts de ida y vuelta por asuntos familiares la semana pasada. Cuando combinamos ese hecho con la situación macroeconómica vigente (hablaremos más de eso en un momento) parece evidente el argumento de gastar sumas sustanciales en su reparación.

Pero la reciente propuesta del presidente Barack Obama, que de hecho es un modesto programa de infraestructura –302 mil millones de dólares a cuatro años para reparaciones y mejoras de tránsito–, parece que no va a llegar a ninguna parte, gracias a la pelea por la forma de pagarlo.

Y esto me lleva a algo que empecé a decir allá en 2008 y que sigue siendo cierto: cuando estamos en una trampa de liquidez, la virtud se vuelve un vicio y la prudencia es una locura. Preguntar cómo se va a pagar la infraestructura puede parecer prudente pero en realidad es profundamente tonto.

Pensemos en esto: ¿Cuál sería el verdadero costo de reparar las carreteras? Eso no desviaría capital de otras inversiones; ese capital no tiene a dónde ir y los mercados prácticamente le imploran al gobierno federal que pida prestado fondos y los ponga a trabajar.

También desviaría la mano de obra de otras tareas: el desempleo entre los obreros de la construcción sigue siendo elevado.

Así pues, es profundamente irresponsable NO gastar ese dinero y es tonto preocuparse por el financiamiento.

Sin embargo, es evidente que no hemos aprendido nada en más de cinco años de economía de la depresión.

Que nos gusta presentar en el primer curso de economía, eso no significa que tengan la capacidad ilimitada de crear dinero o que de alguna manera puedan sustraerse a las reglas comunes de economía.