Opinión

Una bienvenida digna de los maestros

El próximo fin de semana, 12 y 13 de julio, se llevará a cabo la primera fase del Concurso de Plazas para Educación Básica; una semana después, se verificará la correspondiente para educación media superior, además de la primera promoción –simultánea a nivel nacional–para directores en ese mismo nivel educativo.

Alrededor de mil 185 observadores estaremos desplegados en 332 sedes, de Baja California a Quintana Roo, de océano a océano. Fuimos convocados por organizaciones de la sociedad civil, asociaciones de padres y universidades públicas, y estaremos coordinados con los supervisores del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), quienes nos acreditan ante las autoridades federales y estatales. ¿Por qué este despliegue? Porque este proceso –el primero bajo la conducción ya no de la SEP, sino del INEE, el órgano constitucional rector para la evaluación– requiere del máximo de transparencia y de confiabilidad.

Parece mucho tiempo, pero como país no tenemos ni seis años de haber cambiado la forma de seleccionar a los profesores que se integrarán a las aulas. La regla general era la entrada automática desde la Normal, negociada en cuotas con los líderes (rara vez estudiantiles), la herencia, la venta, el intercambio de un nombramiento en el servicio público –tal es la naturaleza de la plaza magisterial– por un trueque pasado o futuro, ligado a la servidumbre sindical, el apoyo político o la deuda personal de favores. Hoy esas reglas están formalmente proscritas por la reforma constitucional, por la promulgación de la Ley del Servicio Profesional Docente y por la normativa derivada que impacta las atribuciones de la SEP, las secretarías estatales y el nuevo INEE. El artículo tercero asienta ahora con toda claridad que el derecho de los niños a una educación de calidad pasa por la garantía que el Estado mexicano les debe ofrecer para contar con docentes y directivos idóneos. Es su derecho, que no debe ser conculcado. Mérito vs. 'palanca', he ahí la cuestión.

Todavía en estas semanas, los estertores del dinosaurio agravian nuestra conciencia colectiva. En un estado, mágicamente una clave pasa de un docente a otro, que no estaba en el servicio y que resulta que es su hijo/a: herencia burda. En otro, “cambio de adscripción” (un supuesto cambio de escuela) hace el milagro de que sale un profe a punto de jubilarse, pero llega otro “nuevo” a la segunda escuela. Basificación por miles: violando el espíritu de la ley y en connivencia con las autoridades, se “regulariza” a personas que no han sido propiamente evaluadas, y así se les asegura –aunque su preparación y desempeño fuera el más bajo concebible– al menos cuatro años de sueldo a cargo del erario.

Por ello, los que vamos a observar a las sedes del concurso estaremos vigilantes, para registrar y denunciar por las vías legítimas y previstas si hubo apertura de paquetes, dictado de respuestas, o suplantación de aplicantes de la evaluación. La experiencia de seis años nos dice que eso es realmente la excepción a la regla, y que chanchullos clamorosos pasan raramente en esta etapa. La transa y el robo, la simulación y la corrupción no cunden en los pasillos de las escuelas sede, sino en los pasillos de algunas secretarías estatales, en las cantinas que sirven de despacho para algunos líderes sindicales, en reuniones encubiertas a la salida de algunas normales.

Así, la observación es más bien un testimonio de esperanza. Es una jornada cívica, en la que los ciudadanos –padres, maestros, activistas- nos damos cita en forma ordenada y empática para acompañar a los jóvenes aspirantes. Es una etapa, apenas la primera, del acompañamiento y reconocimiento que se merecen. Los que acuden al concurso son los honestos que hicieron su inscripción, presentaron sus certificados, se prepararon para los exámenes. Son jóvenes que saben que la profesión docente no es fácil, que la normativa actual implica apoyo y también escrutinio permanente. Son los que ya no la tuvieron fácil, garantizada, heredada. Son una generación nueva.

Serán también, ellas y ellos, los primeros en contar con un mentor en su escuela de primera asignación. Son ellos los que desde su primera experiencia recibirán retroalimentación formal sobre su desempeño. Ellas y ellos recibirán un nombramiento que ya no se podrá considerar chamba o hueso. Esa nueva generación merece una bienvenida sincera, de gratitud anticipada. A pesar de las grotescas reglas del pasado, la vida cotidiana de nuestras escuelas es sostenida por miles y miles de maestros esforzados y entusiastas, que no se han dejado vencer por la adversidad o el desánimo. Imaginemos ahora el potencial que despunta con los que están por ingresar.

Dar testimonio social de cómo empezamos a revertir la tendencia, estar presente cuando el profesor se sumó por primera vez a un servicio transparente y que rinde cuentas, es algo para no perdérselo. Por eso, y venciendo también inercias y mil dificultades logísticas, esta observación será una bienvenida digna de los maestros.

David Calderón es director general de Mexicanos Primero.

Twitter: @DavidResortera

Correo: www.mexicanosprimero.org