Opinión

Una belleza

Gil se había presentado con un saco repleto de temores en la espalda minutos antes del juego ante Croacia. Múltiples traumas avalaban el pesimismo de Gamés. La confianza no es algo que se gane en un día o una semana, a la confianza hay que tallarla contra la roca diaria de los hechos para que se convierta en seguridad. Después de la eliminatoria mundialista, Gamés consideraba que el equipo nacional no pasaría de la primera ronda, esa es la verdad. Y aquí estamos, en el camino para enfrentar a Holanda en octavos de final. ¿Quién lo diría? La verdad es que nadie en su sano juicio pudo imaginar que la guanga Selección que llegó al Mundial 2014 podría ganarle a Camerún, empatar con Brasil, meterle tres goles a Croacia y ganar contra dos árbitros infames y ciegos.

El primer tiempo fue un capítulo sordo en el cual la tensión mandó a Gil al quiropráctico por los dolores en la espalda. El equipo de Miguel Herrera jugó ordenado, pero sin resultados en el área enemiga. El equipo croata esperó atrás a los verdes. Error mental. El daño mayor que se le puede hacer a México es ofenderlo en vertical, veneno para nuestra defensa, un tanto lenta en los regresos. Kovac pagó caro ese error. Como dice el clásico: cuando se pierde, hasta los planes mejor concebidos parecen absurdos.

La puerta abierta

Primero ocurrió un trallazo de Herrera que fue a parar a la orquilla del arco de Pletikosa. Era un gol hecho, venido de un taco genial de Oribe Peralta. México jugaba al futbol. Atrás, la defensiva menos goleada del torneo recorría su campo con una autoridad al frente: Rafael Márquez. Se dice fácil, pero la línea defensiva integrada por Moreno, Maza, Márquez, Layún y Aguilar contuvieron a un medio campo temible: Persic, Rakitic y Modric.

Cuando el partido se había convertido en un jeroglífico, en el minuto 72, Herrera cobró un tiro de esquina, Márquez se elevó y cabeceo en picada un balón que superó a Pletikosa. En la FIFA hay una enorme preocupación, no saben si Miguel Herrera festeja los goles o sufre brotes sicóticos desprendidos de terribles descargas eléctricas en el cerebro. Márquez, un veterano de 34 años que juega su cuarto Mundial abría la puerta del triunfo.

En el 82, Chícharo Hernández hizo una jugada maestra en vertical. Tenía un dilema en el pase, pensó como un jugador mayor y abrió a Oribe, ¿o era Herrera?, éste, o el otro, centró y Guardado remató sin piedad. México ganaba 2 a 0 a Croacia. Gamés recordó al clásico: nuestro carácter es el resultado de nuestra conducta. Todo es muy raro, diría Games al caminar sobre la duela de cedro blanco: cuándo nada esperábamos, todo ha llegado.

Minuto 82. Tiro de esquina a favor de México. Sale una comba del zapato de Herrera, Márquez peina el balón; atrás, Chícharo remata y manda el esférico a las redes. Nunca un jugador mexicano había necesitado tanto un gol que le devolviera la seguridad perdida, que le quitara la sombra del fracaso. El segundo tiempo de este partido pudo llamarse así: el regreso del Chícharo Hernández.

La lección del maestro

Miguel Herrera ha demostrado que el estallido de las emociones no pelea con la disciplina y el mando. Lo vimos rodar por el césped, gritar, vociferar, deformarse en un gesto de paroxismo insólito. No es para menos, Herrera ha logrado formar un equipo de futbol donde antes sólo había harapos, errores y penas. Una fórmula simple: línea de cinco, tres volantes y dos puntas y una idea en el campo: orden y ataque. Celebremos antes de pensar en el tren holandés. Dediquemos un tiempo al recuerdo de la belleza.

La máxima de Ibsen espetó dentro del ático de las frases célebres: “La belleza es el acuerdo entre el contenido y la forma”.

Gil s’en va