Opinión

Una artificial caricatura

Auténtico ejemplo de narrativa absolutamente artificial, infestada de personajes-estereotipos con abundancia de antihéroes de la tradición noir, Sin City 2, una dama por la cual mataría (2014), exitosamente escrita y concebida en glorioso blanco y negro por el propio autor de la serie de novelas gráficas homónimas Frank Miller, después de su primera entrega de 2005, y de nuevo haciendo Miller mancuerna con Robert Rodríguez, cuenta en retazos la historia de sus criaturas-emblema: el apostador, el psicópata buena onda, la femme fatale, el golpeador justiciero, la banda de mujeres vengativas.

De inicio está la historia de Johnny (Joseph Gordon-Levitt), tahúr que busca vencer al odiado criminal senador-padre Roark (Powers Boothe) en un juego de cartas donde parece imposible perder. En medio está la historia de Ava (Eva Green), que seduce al sociópta en serie Dwight (Josh Brolin) en una especie de sexosa y virulenta ceremonia que ella ensaya para librarse de su resignado marido. Y por último está la historia, remanente de la primera parte, de la stripper Nancy (Jessica Alba), en duelo eterno por la muerte de Hartigan (Bruce Willis), convertido en fantasmal presencia-ausencia que la acompaña en todo momento, sobre todo cuando ya automutilada y sin autoestima, decide vengarse de Roark. Dentro del coctel sigue estando Gail (Rosario Dawson) y su grupo de asesinas profesionales que cuidan Sin City, en los límites mismos de la ciudad, a medio camino entre la vindicación justiciera y la criminalidad impune.

El desarrollo de la trama con abundante narración en off, diálogos auto-reflexivos cargados de un existencialismo entre ramplón y cínico, pero sobre todo con sobre-estilización visual que busca capturar el estilo del cómic original y llevarlo a una audiencia adulta con violencia a raudales y nudismo no tan gratuito, oscila entre la reconstrucción de una concepción visual de cine perdido en el tiempo muy de los 1940 -lleno de claroscuros vueltos retratos-reflejos del alma atormentada de cada personaje-, y la simple caricatura de personajes y trama pensados para el papel. Esta concepción gráfica en cine se vuelven pulsiones elementales (deseo-violencia, codicia-orgullo, ocio-entretenimiento, y así).

La caricatura de una historia que sólo parece funcionar como gráfica antes que como cinematográfica es asimismo la del concepto de ciudad, donde todo está podrido y la corrupción abunda. Aunque en ambientes sofisticadísimos. La caricatura de personajes que vuelan por los aires o interpretan un repertorio de conductas criminales, no tanto para demostrar el paso de la gráfica al cine ni para solaz del espectador, sino para confirmar que el viejo género policial ya no obtiene una dignidad al nivel de su modelo literario (de Chandler a Macdonald, de Hammett a Ellroy) sino que se conserva como una derivación de la nota roja más exagerada que visualmente es estilo, ética y estética.

La tradición del cine policial exige una cierta violencia y crear el juego de la persecución como base y filosofía de la justicia. Esto puede incurrir en exaltar lo criminal. También plantea que el héroe-antihéroe es la dicotomía antagónica per se que define la idea del mundo contemporáneo, siempre perdiendo-encontrando la justicia pero ya nunca apelando a la ley.

En su traspaso del cómic al cine queda una neo-narrativa híbrida, que bien domina Miller, donde lo visual reemplaza a lo literario pero lo filosófico se queda en simple caramelo para los ojos. Es así que el neo-policial es un no-cine y una no-narrativa que renuncia a denunciar las crueldades del mundo para ceder ante un espectáculo granguiñolesco producido en contrastado y artificial blanco y negro donde sólo la sangre y el fuego tienen color. También los ojos verdes de la dama por la cual se mataría.

En consecuencia, el neo-noir híbrido del siglo XXI funciona como metáfora y parábola de lo contemporáneo, ese estado alterado que confunde realidad y violencia, y de donde surge esa poesía perversa bañada en tinta china. Justo la que impregna todo el film. Confirmándose así que lo hipervisual es un arte. A pesar de que esté en decadencia y su base sea de principio a fin digital y ya no tanto fílmica. Lo artificial de la caricatura, pues, suplanta a la vitalidad humana.