Opinión

 Una ante todos

   
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Ana Gabriela Guevara

Lo que le ha pasado a Ana Guevara es de las cosas más repulsivas que parecen tener carta de naturalidad en nuestro país, en pleno siglo XXI. Por una parte está la golpiza brutal que le propinaron cuatro canallas, y por otra la ola de ataques mezquinos en las redes sociales.

La violencia de género parece un tema lejano hasta que, de pronto, la ves en la pantalla de tu teléfono, en la foto de una atleta que dio más que satisfacciones a tu país. Y entonces recuerdas tal evento, tal pareja, tal conocida que fue agredida, golpeada y te apena que sigas viviendo en una sociedad que reacciona ante este problema como hace 50 años. Porque la estupidez de las redes sociales –que, por otro lado, son un magnífico mecanismo de denuncia pública–, no es cosa rara y los chistes idiotas y misóginos, que incluso sacan una sonrisita culpable, sabes que están instalados en todos lados, y que hay ciertos conceptos arcaicos, respecto de la mujer, que están instalados más cerca de ti de lo que pensabas.

En su libro Una entre muchas, escrito por Una (Ed. Astiberri), en formato de cómic, y dedicado a todas las otras, la autora narra la vergüenza y la culpa con que creció en el Yorkshire inglés en los 70. No es lejano de lo que vivimos ahora nosotros. En aquellos años, en esa localidad, hubo un asesino serial de mujeres: El destripador de Yorkshire. Los medios se dedicaban a hacer notar, junto con la Policía, que el asunto concernía exclusivamente a quienes practicaban la prostitución. Lo que resultó falso. Sin embargo, la comarca parecía haberse acostumbrado a que el asesino atacara 'mujeres indecentes', así lo reflejaban los medios. Cuando lo atraparon, pudieron dar con trece víctimas más de las trece asesinadas y siete intentos fallidos más. Lo sorprendente, dice Una, es cómo el propio asesino empezó a tener fans. Cuando los especialistas comenzaron a buscar los motivos del asesino, fueron moldeando un personaje. “La fascinación cultural por los varones violentos hace que se los celebre a través de las artes, en documentales y ficción: libros, películas, series de Tv, teatro, cómics y canciones”.

Cuántas veces hemos escuchado que las culpables de las agresiones son las propias mujeres, por vestirse de alguna manera, por andar en determinado lugar, por ir a tal establecimiento. Se les culpa de existir, de caminar, de vestirse. “Culpar a la víctima es un acto de refugio y autoengaño. Permite que el culpabilizador juzgue, imaginando alguna justicia mística, que significa que las cosas malas le pasan sólo a la gente mala, y asegurando así su propia seguridad”, es una de las reflexiones finales de Una.

El caso de Ana Gabriela nos vuelve a exponer todo esto. Es una ante todos. Cualquiera puede imaginar los insultos que los cobardes golpeadores le proferían mientras la pateaban en el suelo. Son los de siempre, los que se repiten en las redes, los que sufre cada mujer que es golpeada. Urgen campañas al respecto, (como aquella de “quien golpea a una golpea a todas”), que sean memorables para cambiar estas reacciones que nos siguen atando a uno de los peores lastres que cargamos como sociedad.

Twitter: @JuanIZavala

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