Opinión

Un Vicente Leñero

Había muerto Leñero y Gil tomó de sus libreros dos volúmenes: Más gente así (Alfaguara, 2013) y Vivir del teatro (FCE, 2012) y recortó estas anécdotas en recuerdo del autor de Los periodistas (Joaquín Mortiz, 1978.

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La Mudanza (1979). Con objeto de remodelar la casa que habitábamos en San Pedro de los Pinos, propiedad de mi madre, mi familia y yo nos cambiamos a un departamento alquilado en la avenida Patriotismo. Justo el día de la mudanza se me impuso una versión escénica. La estancia vacía del departamento de Patriotismo se convirtió de pronto en el escenario de un teatro al comenzar la función. A ese escenario huero iría llegando paulatina, imparablemente, al ritmo de la acción de los cargadores, el arsenal de muebles, cajas, cuadros, objetos, utensilios, bolsas, paquetes, que pueblan toda la vida doméstica. La sola tarea de la mudanza, el paso del vacío a la saturación constituía de suyo, y por sí mismo, una acción eminentemente dramática, impresionante, teatral. Imaginé la estancia atiborrada y vi cómo aquel mundo de objetos terminaba sepultando de manera inclemente a sus habitantes esclavos. El trazo de una posible obra me pareció perfecto. Ya tenía una estructura dramática de principio a fin; ahora sólo necesitaba un argumento que le otorgara sustancia. Fue más sencillo dar con el tema. En el ambiente de la clase media, la crisis de la pareja –galopante como una epidemia– me dictaba a diario un sinfín de ejemplos de matrimonios en descomposición.

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Excélsior. En el automóvil del director de Excélsior, que dejó mal estacionado en la penúltima glorieta del Paseo de la Reforma, llegamos a las oficinas generales del Seguro. […] Directo entramos en el enorme salón donde el escritorio del funcionario parecía un barco naufragante. Detrás de él se hallaba Jesús Reyes Heroles. El saludo efusivo fue para Julio. A mí me tendió apenas su mano blanda, como descoyuntada, y me quitó la vista para siempre. […] Con su despido del PRI, Reyes Heroles había sufrido del Señor un golpe a los bajos, pero estaba dispuesto a mantenerse de pie en el ring de la política de ahí a que sonara la campana dando fin al sexenio: –Lo importante es conservarse vivo donde sea en lo que se le acaba el tiempo a nuestro amigo. […] Mientras el barco esté navegando –metaforizó Reyes Heroles– usted puede luchar contra lo que venga: la tempestad, un barco más grande, una flota, torpedos. Lo grave no es que le envíen a un enemigo poderoso sino que le quiten el mar. Ahí se acaba todo porque contra eso no hay defensa. En aquel instante no comprendí bien la metáfora, porque sabía muy poco de los ataques iniciales contra Excélsior, pero Reyes Heroles hablaba como un profeta. Para hundir a Excélsior Luis Echeverría no necesitó enviar una flota poderosa: se limitó a quitar el mar a Julio Scherer García.

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José Donoso. Nuestra amistad literaria, surgida a mediados de los años setenta –cuando Donoso vivió en Cuernavaca– se había evaporado hacía mucho tiempo. Al encontrarnos en Caracas en 1983, y ahora en Cádiz, apenas si teníamos tema de conversación a pesar de que él, como otros escritores del selectísimo boom latinoamericano, se estaba asomando al mundo del teatro en busca de nuevas posibilidades de expresión. […] –¿Sabes por qué me gusta el teatro? –me confió Donoso en Caracas–. Porque me levanta el ánimo. Cuando me siento deprimido voy al teatro donde están montando mi obra, y al final de la función subo al escenario con los actores a recibir el aplauso. Eso me reanima. Es fenomenal oír los aplausos, ¿no es cierto? Me gusta mucho que me aplaudan.

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Graham Greene. Vestía una camisa blanca, abierta, chaleco de piel ocre y pantalones de pana. Sus zapatos parecían o eran pantuflas afelpadas con pintitas de colores, feas en realidad. [...] –De qué asunto quieren conversar conmigo –tradujo [Carlos] Puig–. No quiero hablar de política ni de mi vida privada –añadió en español. […] –Entonces de la fe. –¿De la fe? Bebió un trago largo de whisky, yo también. –De la fe religiosa. De su fe, míster Greene. Usted se convirtió al catolicismo cuando era joven y en todos sus libros aborda el tema con obsesión. […] –La fe no se abandona voluntariamente. En todo caso, es la fe la que nos abandona a veces. Pero no es mi situación –bebió de golpe lo que restaba de whisky, parecía molesto, y fue hasta su mesa de trabajo para extraer de una puertecilla lateral otra botella mediada de la que empezó a llenar su vaso–. La noche oscura del alma la llaman los místicos. –San Juan de la Cruz –cuando volvió a tomar asiento, Greene ya había bebido de la nueva porción–. Los periodistas católicos siempre me preguntan eso –dijo con una mueca de enfado–. No me preguntan de mi literatura, me preguntan de teología, de metafísica, del Vaticano... o de mi fe, como usted. ¿Y sabe qué respondo? –¿Qué responde, míster Greene? –Nada, no les respondo absolutamente nada.

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Los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras se acercan los camareros con bandejas de Glenfiddich, Gamés pondrá a circular una frase de Groucho Marx en el mantel tan blanco: “¿Por qué habría de preocuparme la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?”

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX