Opinión

Un representante de la CFE y un relato sin ficción

Una disculpa a los lectores por incluir en este espacio una anécdota personal.

Lo que matiza el desliz es que esta anécdota tiene relación con la Comisión Federal de Electricidad (CFE), cuyos clientes cautivos se cuentan por millones en todo el país. Por tanto, el relato siguiente se convierte en asunto de interés público.

Un hombre que se acredita como empleado de la CFE (no soy autoridad para verificar la autenticidad del documento), llama a la puerta. Dice: “Su medidor está claramente mal.” Yo lo creo. En los últimos meses he pagado cantidades que, calculo, están muy por encima de lo que debe ser. Pero, no sé por qué, temo que el visitante me dirá que estoy pagando de menos y que en los recibos siguientes se me cargará lo que no he pagado.

Me equivoco. En lugar de eso, el empleado agrega: “El indicador está dando vueltas muy de prisa”, y luego, con actitud de detective cinematográfico, pregunta: “¿Está usted solo?” La pregunta excede su competencia, pero asiento. “Eso es”, dice, celebrando su capacidad deductiva, “eso confirma que el medidor está marcando consumo de más”. “¿Eso quiere decir que usted lo arreglará?”, pregunto, casi eufórico. Por primera vez alguien de la compañía de luz me dice que el medidor está abusando, y está por resolverlo todo en unos minutos.
El trabajador no contesta. Entonces cambio la pregunta: “¿Debo ir a las oficinas de la Comisión a solicitar que lo revisen?”

El empleado, que se llama Édgar, suspira. Pareciera que la compañía para la que trabaja le causa un gran fastidio: “En la compañía le van a decir que está bien. La compañía nunca reconoce cuando un medidor está mal. Lo van a hacer dar vueltas y vueltas y nunca se lo van a arreglar.”

¿Se trata de un trabajador justiciero que disfruta ponerse del lado del consumidor? Tal vez sea uno de esos superhéroes fantásticos que se ocultan tras la fachada de modestos empleados.

“¿Entonces qué me sugiere?”, pregunto.

Yo puedo arreglarlo”, dice, y abunda: “Su consumo va a bajar a la mitad en el próximo recibo, si lo calibro ahorita”. Algo ve en mi expresión que aclara: “No es ilegal. Yo puedo calibrar medidores. Lo puedo hacer ahorita. Sus recibos se van a ir a la mitad. Le cobro dos mil 500 pesos.”

La compañía no puede cobrarme por calibrar mi medidor, le digo, para confirmar a dónde va.

Y, en efecto, él va a lo que va: “La compañía nunca le va a hacer caso. Se lo arreglo yo y me paga a mí.”

Qué pena que los trabajadores de la Comisión estén cayendo en prácticas que ya padecimos con los empleados de Luz y Fuerza”, lamento en voz alta. Como parece no comprender, lo miro a los ojos y le digo, despacio: Usted quiere cobrar por fuera. Asiente. Eso está mal.

Asiente. ¿Lo reconoce? Asiente por tercera vez. Dos mil 500 pesos, murmuro. Sí, dice, ahorita.

¿Se trata de un abusivo solitario? ¿Forma parte de un escuadrón de trabajadores corruptos? ¿Es todo un ejército? ¿Son funcionarios de niveles superiores los que fraguan estos embustes y exigen su parte? ¿Hasta dónde llega la cadena?