Opinión

Un reglamento definitivamente recaudatorio

 
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Así se vivió el primer día del nuevo reglamento de tránsito. (Cuartoscuro)

Nadie lo duda, la Ciudad de México requiere el orden que tienen las grandes urbes del mundo y eso comienza con las acciones administrativas gubernamentales como tener las calles limpias, mantener las vialidades sin baches, topes ni promontorios; tener un cuerpo policiaco respetable, sin panzones semirecostados en paredes o comiendo tortas o echando novia con sus teléfonos móviles. Sí, requerimos policías con autoridad moral y no con distintivos y cachuchas que cambian cada seis o siete meses.

El nuevo reglamento de tránsito revela que en nuestras escuelas no hay clases de civismo ni preocupación alguna por formar ciudadanos preocupados y ocupados por el bienestar del prójimo, si no, la reglamentación no haría énfasis en lo obvio: respetar a los peatones y ciclistas; conducir con moderación y sin distracciones pueriles; permitir que en los congestionamientos circulemos uno a uno y no en montones abusivos.

El reglamento no está destinado a los altos funcionarios públicos, ni a los empresarios; tampoco a los banqueros ni a nadie que tenga chofer a su disposición. Es una ordenanza para los ciudadanos comunes, para aquellos que han logrado escapar del pésimo servicio de transporte público y han adquirido un vehículo para dirigirse a su destino por su propio riesgo.

Ese reglamento de tránsito no ha sido suficientemente difundido ni explicado, contrariamente a obras menores, esto no ha sido sometido –como lo exige la demagogia– a ningún tipo de consulta popular. Bien sabemos que los camiones de basura, los de carga y los que pertenecen al GDF podrán expeler nubes de CO2, gemir con ruidos extraños o carecer de mantenimiento mínimo y jamás serán detenidos ni multados.

Antes que expedirlo, habría que haber rehecho la nomenclatura y señalización de calles y avenidas, mostrar cuál es la velocidad permitida, pintar los cruces de peatones, visitar escuelas y edificios públicos para anunciar cuáles son las necesidades que cumplirá la reglamentación para salvar vidas: uso del casco en ciclistas y motociclistas, empleo del cinturón de seguridad, mantenimiento adecuado del auto, un seguro contra accidentes actualizado, cumplimiento de las normas en cuanto a velocidad, rebase por la izquierda, señalamiento de las luces, altas, bajas y direccionales. Con nada de esto se ha capacitado y hasta prevenido a la población.

El reglamento es un conjunto de sorpresas para muchos y un agravio en cuanto al monto de las multas. ¿A dónde irán a parar lo que algunos expertos calculan como seis veces más lo que las infracciones sumaban; a dónde?

El que se impone, no es un conjunto de normas que aspiren a mejorar la compleja, nudosa, irritante circulación de automotores en la ciudad capital. Esa reglamentación enfrentará antes que nada, a un cuerpo policiaco de iniciales mil 440 individuos que no sabemos cuál será su criterio para sancionar en caso de incumplimiento; desconocemos su formación y entrenamiento; ¿cómo agilizarán los numerosos cuellos de botella, aglomeraciones constantes y abusos de quienes en camionetas blindadas van seguidos por relampagueantes autos negros llenos de empistolados?

El reglamento para conducir autos en ciudades del primer mundo, es un examen severo para quienes aspiran a tener la responsabilidad de manejar una máquina cuyo mal uso puede ser hasta mortal. Hay quienes pasan días y hasta más tiempo estudiando esas normas al mismo tiempo que se capacitan para tener un volante entre sus manos; cuando logran pasar esos filtros, son muchísimo mejores conductores y choferes que quienes, como ocurre actualmente entre nosotros cualquier semi analfabeta de 20 años, se ampara en una licencia para amagar y segar las vidas de veintenas de personas en carreteras y ciudades con un torton de 20 toneladas. No hay más que ver las páginas de nota roja invariablemente todas las semanas.

Las multas imponen a los conductores, el temor de ser atropellados por agentes cuyo perfil y capacitación desconocemos y de sabernos saqueados con cualquier pretexto; un reglamento, para ser respetado necesita estar dotado de confianza, de aquellos elementos que muestren clara, evidente deseo de servir a la ciudadanía y no ser visto como una pala recaudatoria de haberes a los que no se les ha dado un destino que a todos nos satisfaga y convenza.

Twitter:@RaulCremoux

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