Opinión

Un puente demasiado lejos

10 febrero 2014 4:33 Última actualización 23 septiembre 2013 5:2

 
Gerardo René Herrera Huízar
 
 
No se trata del título de aquella película bélica dirigida por Richard Attenborough en los años setenta, sino del trágico puente septembrino que se vio acompañado de la confluencia de meteoros que han dejado  desolación en una inmensa superficie del país. Lo que debió ser un breve  espacio vacacional, de celebración y solaz, se convirtió, a causa de las fuerzas de la naturaleza, en una larga pesadilla, que por desgracia, para muchos aún no termina.
 
 
México tiene una vasta experiencia ante los embates de Gaia: terremotos, huracanes, erupciones volcánicas, heladas, inundaciones o sequías. También en fenómenos atribuidos a la negligencia o impericia humana, que han cobrado incontables víctimas. Cierto que a la madre tierra no le podemos pasar la factura por sus enojos, aunque podemos aminorar sus efectos. Caso distinto es el de aquellos eventos que se presentan asociados a la acción u omisión humana, ya de particulares, servidores públicos o ambos y que pueden tener responsabilidad inmediata o mediata en la generación de riesgos y daños a la sociedad, a su patrimonio y a su vida y que por lo tanto, pudieran ser evitados.
 
 
Cada vez que se presenta un meteoro como este, surge la pregunta ¿qué tanto se pudo haber evitado o minimizado el daño, si el riesgo estaba identificado y que medidas tomaron los responsables al respecto? Es una pregunta que por lo general queda sin respuesta. Se atiende la emergencia, se aplica el control de daños y se vuelve en lo que cabe, a la normalidad. El culto a la innegable solidaridad mostrada por la población campea en los medios. Pero también se hace presente el oportunismo, el lucro político, de imagen o económico revestido de altruismo y responsabilidad social.
 
 
En virtud de las fatales experiencias que hemos vivido, se han desarrollado complejos mecanismos para dotar a las administraciones de medios destinados a la prevención, coordinación y respuesta ante fenómenos adversos, pero pese al acabado diseño y marco normativo que integra, en un amplio sistema de protección civil a nivel nacional la participación de las entidades gubernamentales en los tres órdenes, instituciones privadas  y la ciudadanía, la sorpresa siempre nos alcanza. El tema central parece estar no en el diseño, sino en la operación, fundamentalmente en las fases previas a la ocurrencia del fenómeno y en la atingencia, pericia y responsabilidad de quienes deben atenderlo, desde el nivel más elemental.
 
 
A medida que se alejan del centro, las capacidades preventivas del estado se diluyen y las responsabilidades se fragmentan. Ante la emergencia, es recurrente que  la autoridad local, primera instancia encargada de su atención, invariablemente voltea la mirada hacia la federación demandando apoyos y recursos financieros para resarcir las pérdidas, la inacción o la inercia administrativa es una constante.
 
 
Un ejemplo: la emergencia actual, que aún no concluye fincó su epicentro político en Acapulco. Lo ocurrido en La Pintada desvió la atención de las graves afectaciones a la famosa “Autopista del Sol”, puente entre la ciudad de México y el puerto, que desde su construcción presentó peligrosas deficiencias que nunca han podido ser subsanadas, a pesar de los riesgos permanentes que ha mostrado. Ejemplos similares se pueden encontrar en todas partes de nuestro territorio en ocasiones anteriores, donde la corrupción ha sido factor de daño, sea por la permisividad para asentamientos humanos y desarrollos inmobiliarios en áreas impropias, la asignación inadecuada de contratos de obra pública millonaria, el interés privado o la indolencia de algún funcionario.
 
 
El problema no es de diseño de las políticas públicas, de las estructuras generadas, de la normatividad ni de la identificación de los fenómenos a los que inevitablemente estamos expuestos como cualquier sociedad, nuestra debilidad es cultural, la falta de una cultura que tienda un puente entre la necesidad presente o prevista, la organización para hacerle frente, la legalidad  y, sobre todo, el cumplimiento cabal de la responsabilidad en cada tramo del sistema y de la jerarquía burocrática, para hacer posible su operación eficaz.
 
 
Este también es un puente que aún nos queda demasiado lejos.