Opinión

Un presidente sin palabra

  
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No todos escuchan a Trump.

Si Trump se comporta como hasta ahora, ¿cómo construir con quien no tiene palabra?; ¿cómo hacer posibles espacios mínimos de confianza y certidumbre con quien, despreciando reglas básicas, actúa caprichosamente, haciendo de cuenta que puede dirigir una nación como a una de sus empresas?; ¿cómo lograr iniciativas consistentes con quien ha demostrado que con un mensaje de Twitter es capaz de amedrentar o dar por terminados largos procesos de negociación? Sus tuits se han convertido en un portazo en las narices para aquellos que están del lado perdedor, sin darles siquiera la posibilidad de sentarse a intentar un espacio de diálogo.

¿Cómo construir una agenda que evite los sobresaltos diarios, para nuestro país y para nosotros, con un presidente que, aun sin entrar en funciones, ya advierte castigos fiscales a las empresas que, obedeciendo a las leyes del libre mercado, deciden invertir en otros países, incluido, por supuesto, México?

Dadas las circunstancias y las formas de operar y decidir, cuatro años parecen eternos, considerando que aún no llega el 20 de enero, día en que se convertirá en el presidente de Estados Unidos.

Hay quienes insisten en que el poder de las instituciones en Estados Unidos será el contrapeso y límite para un liderazgo autoritario y demagógico. Por mi parte creo que, sin desestimar el peso y valor institucional que ha sostenido el sistema democrático y las libertades del país más poderoso del mundo, las personalidades sí cuentan… y cuentan mucho.

La historia del mundo sería muy distinta si, en momentos cruciales, ciertas personalidades, con poder político, no hubiesen estado ahí: algunos para bien, pero otros para tragedias. Liderazgos como el de Churchill, Reagan, Stalin, Hitler, Mandela, Gandhi, entre muchos otros, han sido decisivos y han marcado la vida y el destino de millones de seres humanos.

Creo en el poder de las instituciones democráticas, pero también creo que cuando el primero que desdeña reglas fundamentales es la máxima autoridad, entonces los incentivos para la incertidumbre y la desconfianza se fortalecen.

A un presidente sin palabra, los discursos o propuestas invitándolo a la reflexión y prudencia deben causarle, primero, risa, para después tirarlas al cesto de basura. En las democracias, los presidentes se desempeñan en un intervalo enmarcado por las instituciones y debemos entender y aceptar que el recién electo presidente estadounidense está fuera de ese rango y habrá que reaccionar en consecuencia.

Se debe luchar por establecer una agenda a favor de México y los mexicanos, en aspectos fundamentales como la economía, seguridad, migración, derechos humanos, entre otros, que deberá contar con el respaldo del mayor número de instituciones y liderazgos posibles. Porque, sin una agenda concreta y poderosa, políticamente hablando, no veo posibilidad alguna de lograr un escenario con mínimas certezas.

La agenda por México no podrá quedarse sólo para nosotros, se pueden establecer múltiples alianzas, y seguramente muchos países estarían dispuestos a hacerlas, empezando por América Latina, que se encuentra en condiciones similares a las nuestras. Tampoco se trata de encabezar una revuelta, pero sí de ser protagonistas de este futuro inmediato y no solamente sentarse a esperar el tuit de la ocurrencia o la pérdida.

La unidad sólo podrá darse en torno a una agenda que signifique un mejor porvenir para la mayoría de los mexicanos. Esta agenda exige un consenso sólido en los aspectos fundamentales, primero en México y después en conjunto con otros países.

Es hora de voltear a mirar a nuestros vecinos como aliados fundamentales y construir un entramado sólido, pero eso implica un gran esfuerzo y una poderosa estrategia.

Lo anterior no excluye la búsqueda de socios en Estados Unidos, empezando por los más de cinco millones de empleos que han sido posibles a lo largo de estos años por el Tratado de Libre Comercio.

Lo mismo sucede cuando Estados Unidos aumenta su oferta de empleos y un sector de trabajadores mexicanos responde a esta demanda.

La migración mexicana a Estados Unidos se explica en gran medida por razones de mercado. Nada tiene que ver con flujos de refugiados o de exiliados.

Urge una agenda para México frente a un presidente que no tiene palabra o, aún peor, cuyas palabras dichas en campaña se están transformando en realidades.

Twitter: @JosefinaVM

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