Opinión

Un país que no respeta
a sus mujeres

 
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Mara

La semana pasada el asesinato de Mara Castilla captó nuestra atención. En un país acostumbrado a la violencia, en el que absolutamente todos los días leemos notas sobre muertos, decapitados, secuestrados, la desaparición y muy lamentable posterior asesinato de una mujer de 19 años atrapó nuestras mentes y nuestras conciencias. Finalmente, pero será temporal.

Este país no respeta a sus mujeres. Habrá quien ponga el grito en el cielo, siempre estamos puestos para ofendernos. Sin duda habrá quien, en lo personal y tal vez en lo familiar (aunque esa afirmación tiene una probabilidad más baja de que sea cierta), respete a las mujeres, pero que las respete en serio. Por ahí habrá alguien que respete de verdad las decisiones, las opiniones, los puntos de vista, las ideas de las mujeres. Pero, seamos sinceros, pasa poco.

Las anécdotas deberían de tener poca cabida en artículos de opinión como este, pero permítanme narrar una que me sucedió hace muchos años mientras trabajaba, recién egresada de la universidad, en el sector público. En una conversación completamente laboral, un jefe de departamento de la institución donde ambos trabajábamos, se dirigió a mí, en el lapso de unos segundos como “mamacita”, “mi reina” y “mi vida”. Evidentemente le llamé la atención y le dije que bajo ninguna circunstancia me hablara así. Sobra decir que se ofendió, me acusó con mi jefe (todavía no sé de qué) y le pareció exagerado de mi parte. Las mujeres que lean este artículo sabrán el tono en el que me lo dijo. Los hombres también, pero pretenderán que no es para tanto, que qué exageradas somos.

¿Han caminado en falda y tacones por las calles de la Ciudad de México? Olvídense del reto de sortear las banquetas, piensen más bien en los gritos y peladeces que se reciben al caminar. Y no, no son piropos. Albures en sesiones de trabajo y juicios de valor sobre la calidad profesional de las mujeres basados en con quién han salido o con quién se fueron de fiesta son sólo otras muestras del desdén que existe por las mujeres en todos los niveles y en todos los sectores.

Esas faltas de respeto, continuas y sostenidas hacia las mujeres empiezan en las familias, incluyendo a los papás y a las mamás que tratan distinto a sus hijos y a sus hijas. Si no les queda el saco, no se lo pongan, pero antes cuestiónense si verdaderamente no es de su talla.

Si estos esquemas inician en la unidad de convivencia más elemental, no es de extrañar que se repliquen a lo largo de la vida. Ya hay más conciencia, más exigencia, más voces, pero aún no pasamos de los discursos a los hechos.

Ayer Carlos Loret de Mola mencionaba en su columna que diario son asesinadas siete mujeres en México. Siete. Mara captó nuestra atención. Hace unos meses fue Valeria, una pequeña de 11 años que murió asesinada al usar un microbús. Pero hay muchas más.

No es Cabify, no es Uber —y con esto no minimizo de ninguna manera los controles que estos sistemas deberían de tener—, es el descuido y el poco respeto que se le tiene a las mujeres de este país. Increíble que la magnitud de un asesinato se cuestione y se le pase la carga a una chava porque salió a divertirse en la noche y tomó un taxi.

La impunidad en este país —hacia hombres y mujeres— ha alcanzado niveles alarmantes. Usualmente uso este espacio para hablar de datos económicos, incluso cuando he hablado de temas de género lo he hecho desde este ángulo. Con los datos de la Envipe (Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública) el tema que más preocupación genera a las mujeres es la inseguridad. En la misma encuesta, en enormes proporciones, las mujeres reportan que ha cambiado su actitud a que sus hijos salgan en la noche y ellas mismas han dejado de hacerlo. También la Envipe señala que 75.3 por ciento de las mujeres se perciben como víctimas de al menos un delito.

Creo que no hay mejor indicador de progreso —aclarando que no es lo mismo que crecimiento económico— que el que uno pueda salir a la calle tranquilamente, que puedas usar el transporte público sin que te manoseen o te digan grosería y media y que puedas salir a divertirte sin que tu vida corra peligro a manos de un asesino.

Hay muchos temas en lo que este país tiene que trabajar, pero la violencia y la inseguridad con la que se vive todos los días nos tiene detenidos. Las autoridades no oyen, no hay respuesta. Hay discursos, pero no hay acción. ¿Terminará o dejaremos que nos termine?

Mientras termino estas líneas se hace el recuento de los daños del temblor de ayer. No puedo más que manifestar aquí mi tristeza y mi solidaridad con todos los afectados.

* La autora es profesora de Economía en el ITAM y directora general de México ¿cómo vamos?

Twitter: @ValeriaMoy

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