Opinión

Un país gordito… pero en todo

18 octubre 2013 5:28

 
¿Tiene usted sobrepeso? Si la respuesta es no, forma parte del afortunado 30 por ciento esbelto que tenemos en México.
 
Si contestó afirmativamente, no se vaya a amargar, es parte de ese mal genético que nos aqueja y que nos hace propensos a engordar.
 
Lo peculiar es que somos gorditos no sólo en nuestra masa corporal sino también en “la masa” del sector público, en la de los sindicatos o en la estructura de cualquier empresa importante, por citar sólo algunos ejemplos.
 
Mientras que los refrescos, pingüinos y gansitos tengan un impuesto, pero no sea el mismo caso para las “guajolotas” o la gorditas de frijoles que nos zampamos en el desayuno, los incentivos para comer sano van a resultar completamente insuficientes.
 
Pero, vayamos más allá. Aun si le pusiéramos un impuesto de 25 por ciento a las carnitas, si continuamos con los hábitos de actividad física que tenemos, tendríamos que estar a pan y agua para no engordar.
 
Si tiene usted la edad suficiente le recuerdo, si no, le cuento. En la infancia de los que tenemos ya algunas décadas, una de nuestras actividades regulares era salir a jugar a las calles.
 
Cuestión de hacer la tarea tan pronto como fuera posible, y durante tres o cuatro horas por las tardes había un mundo por descubrir fuera de la casa.
 
Hoy, las grandes aventuras se viven frente a la pantalla de una computadora, y eso es una parte esencial de nuestro problema.
 
Pero, le decía, el gen del sobrepeso resulta también institucional.
 
Acuda usted a una oficina de Pemex y compárela con su equivalente de Shell o Exxon.
 
En nuestra empresa –pues se supone que los mexicanos somos los propietarios- se va a encontrar usted con la secretaria de la secretaria. O incluso, con un puesto de esos que parece de principios del siglo XX: elevadoristas, puestos inexistentes en otros lares.
 
Pero nos equivocaríamos si pensáramos que la gordura de personas y presupuesto corresponden sólo a las instituciones públicas.
 
Le pongo un caso que se vive todos los días: los restaurantes. Vea usted esos lugares de alto protocolo en México y se encontrará con capitanes, meseros, garroteros y demás. Compárelos con algunos lugares equivalentes en otros países, y verá que el mismo sujeto le toma la orden, le sirve, le sugiere el vino, recoge los platos y trabaja en lo que se ofrezca. Claro, no es del sindicato.
 
Analice la estructura de una gran empresa privada fuera del país y encontrará que el presidente tiene un par de asistentes y se acabó.
 
Algunos personajes equiparables en el país tienen -no le exagero- decenas de personas que pululan a su alrededor y que a veces los tienen virtualmente secuestrados.
 
Cuando se ven las cifras no hay duda. Si México quiere parecerse a los países desarrollados, necesita un gobierno que tenga muchos más recursos que los que tiene hoy el de nuestro país.
 
Pero la diferencia es que otros gobiernos tienen músculo y no grasa. Nosotros tenemos cuerpos policiacos con salarios miserables –sobre todo a nivel municipal- y funcionarios que calientan las sillas en las oficinas sin aportar valor a la sociedad y que perciben ingresos 20 veces mayores.
 
Tenemos ingenieros mal pagados y burócratas corporativos que sólo inflan las nóminas de las grandes empresas mexicanas.
 
No está mal que toda esta discusión en la que las refresqueras movieron aire, mar y tierra para echar para abajo el impuesto a las bebidas azucaradas nos haya puesto sobre la mesa el tema de la obesidad.
 
Le aseguro que si el gobierno y las empresas se pusieran a dieta e hicieran el ejercicio de mantener en su estructura a quienes realmente aportan valor, tendríamos instituciones esbeltas y mucho más eficientes.
 
Por gorditos nos ganan en los deportes y por tener instituciones “gorditas” también perdemos la competencia de la productividad.
 
A ver si nos ponemos en línea.
 
 
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