Opinión

Un padre es un padre

Gil pensaba en los hijos, esa forma del amor interminable (lo que se llama prosa poética). Games intercambió con la Gamesita algunas ideas y de pronto pensó que sería útil, interesante y conveniente reproducir partes de esa plática. Son los subrayados de una conversación en la cual Gilga no interviene, únicamente Gamesita y sus lecturas y los salones de McGill y las jornadas del laboratorio de cognición y comunicación (co-co y ción-ción) del profesor Stevan Harnad, investigador de ciencias congnitivas egresado de Princeton y McGill. Aquí va esto:

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El filósofo Wittgenstein afirmó que “los límites del lenguaje son los límites del pensamiento”. Pero no todo pensamiento está hecho de lenguaje. Las emociones, la imaginación y las representaciones espaciales del mundo que nos rodea son ejemplos de pensamiento que no está construido por palabras. Existen también conceptos e impresiones preverbales que alcanzan nuestro pensamiento consciente. Y, por otra parte, el lenguaje de nuestro pensamiento verbal no es forzosamente el mismo que el lenguaje hablado. Jerry Fodor se refería a este monólogo mental continuo como “language of thought” o lenguaje del pensamiento, utilizando el ingenioso término “mentales” para referirse al lenguaje interior o no comunicado.

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Hoy en día casi todos los pensadores de distintas disciplinas aceptan que la mente es una función del cerebro. Pero, dentro de esta afirmación, surgen preguntas que no son tan sencillas de responder. Cuando intentamos abordar el lenguaje desde la neurociencia, nos enfrentamos a algunas de ellas: ¿cómo es que los millones de células nerviosas que conforman nuestra corteza cerebral engendran la actividad eléctrica que da origen al lenguaje? ¿Qué conexiones son necesarias, qué circuitos tienen que formarse para que esta propiedad intrínsecamente humana pueda desarrollarse? ¿Qué sabemos sobre lo que pasa en nuestro cerebro cuando se habla, cuando se escribe, cuando se escucha o cuando se lee? ¿Qué partes o sistemas de nuestro cerebro participan en el procesamiento del lenguaje?

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El cerebro se divide en dos hemisferios, cada uno de los cuales contiene cinco lóbulos: el frontal, el parietal, el occipital, el temporal y, en la profundidad de la unión del lóbulo frontal y el temporal, el lóbulo de la ínsula. En la corteza cerebral de estos lóbulos, millones de cuerpos de neuronas, organizadas en seis capas, se pliegan para dar origen a los giros y a los surcos donde la mayoría de las funciones cognitivas tienen asiento.

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El primero en encontrar evidencia que relacionara el lenguaje con una zona específica de la corteza cerebral fue Pierre Paul Broca, antropólogo y neurólogo francés que en 1861 atendió a un paciente que sufría de epilepsia y padecía de afasia, es decir, había perdido la capacidad para emitir lenguaje coherente. Comprendía cuando se le hablaba, podía decir palabras aisladas, silbar e incluso cantar. Sus cuerdas vocales y su aparato fonador estaban intactos. Sin embargo, este paciente no podía generar frases estructuradas gramaticalmente ni expresar ideas por escrito. Cuando el paciente murió, su cerebro fue donado a la Sociedad de Antropología y, al examen postmortem, Paul Broca encontró una lesión en la parte posterior del lóbulo frontal izquierdo. Tras estudiar ocho nuevos casos de pacientes con problemas clínicos similares, encontró en el estudio postmortem que todos tenían lesiones en esta área cerebral, siempre del lado izquierdo. Tras estos descubrimientos, anunció en 1864: “Nous parlons avec l’hemisphère gauche!” (¡Hablamos con el hemisferio izquierdo!)

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Doce años más adelante fue Karl Wernicke, que a los 26 años hizo la siguiente aportación: Wernicke se encontró en su trabajo clínico con pacientes que padecían de un tipo distinto de afasia. A pesar de articular palabras completas, los sujetos estudiados por Wernicke no comprendían cuando se les hablaba y emitían oraciones sin sentido lógico. Tras estudiar sus cerebros postmortem, Wernicke encontró que la zona del daño en estos casos era distinta: se encontraba en la parte posterior del lóbulo temporal, en la zona en que éste se une con los lóbulos parietal y occipital.

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Basado en estos descubrimientos, Wernicke postuló la existencia de una segunda área del lenguaje –especializada en la comprensión y no en la producción como el área de Broca– que estaba también en el hemisferio izquierdo. Este conocimiento le sirvió de base para generar el primer modelo neural del lenguaje, que involucraba dos sistemas separados actuando de forma paralela: un sistema sensorial del lenguaje –para percibirlo y comprenderlo– situado en el área previamente descrita del lóbulo temporal, y un sistema motor del lenguaje –para generarlo y emitirlo– que tendría su asiento en el área de Broca. Wernicke propuso que ambas áreas estaban conectadas por el llamado fascículo arcuato, un grupo de axones que van de las neuronas de un área a las neuronas de la otra.

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Sin dejarnos engañar por la complejidad que implican los estudios que han dado origen a lo que sabemos hoy de cómo nuestro cerebro procesa y genera lenguaje, hay que aceptar que aún estamos lejos de saber cómo una serie de células que conducen electricidad engendran un sistema simbólico de significados que nos permite expandirnos más allá de nuestra propia mente. Y, aunque la neurociencia es una disciplina, a veces, mirando las líneas que generan las ondas cerebrales en una pantalla o los números que resultan de cálculos que intentan medir las zonas de la corteza cerebral que están más activas en una u otra condición, podemos pensar que todo eso es estéril comparado con la belleza de dos palabras que embonan de manera inexplicablemente hermosa y generan en nosotros una reacción. Pero, considerando que todo ello emanó de la actividad de esa masa de células que tenemos dentro del cráneo, ¿no es acaso fascinante adentrarse en el cómo y el por qué?

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A esto me dedico, pa, dijo la Gamesita, Games supo que era viernes de amigos verdaderos, aun así le dijo a la Gamesita: me duele la cabeza. Ajá, dijo ella, una aspirina y listo. Oh, no.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX