Opinión

Un nuevo orden

     
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En todo el mundo la esperanza de vida supera los 70 por primera vez en la historia. (Bloomberg)

En la década de los 80, cuando el desgaste y la esclerosis de la vieja Guerra Fría daban signos inequívocos de un fin relativamente cercano
-como finalmente ocurrió en 1989 con el desmoronamiento del bloque soviético y todas sus repúblicas y países satélite- se hablaba insistentemente del nuevo orden internacional.

Eran diversos los factores que componían ese pronosticado nuevo orden, pero tal vez dos fundamentales: la revolución tecnológica como impulso hacia un mundo más y mejor informado, y el fortalecimiento de los sistemas democráticos en el mundo, al dejar atrás añejas dictaduras y sistemas autoritarios. Ambos factores concurrían en un sustento común: el empoderamiento del ciudadano mediante una toma de decisiones más consciente e informada, y por supuesto, la conducción de esas decisiones mediante sistemas públicos de elección popular conducente a gobiernos democráticos.

A 25 años de distancia en que estos cambios tuvieron lugar y no se han detenido desde entonces, es un hecho consumado que la revolución tecnológica ha sucedido en todo lo alto y que, en opinión de muchos, no se ha detenido sino que, por el contrario, aumenta sus dimensiones, niveles de impacto y transformación social, con las respectivas repercusiones políticas y sociales.

Respecto a la segunda, el fortalecimiento de los sistemas democráticos es indudable que la década de los años 90 marcó una extendida conversión de sistemas y cacicazgos partidistas o unipersonales, a regímenes democráticos. En América Latina desaparecieron casi por completo los gobiernos autoritarios, fenómeno común en Europa del este, Asia e incluso África. Se decía entonces que la democracia se había puesto de moda.

En este escenario, los cambios experimentados en diferentes latitudes durante 2016 han vuelto a poner sobre la mesa la conformación de un nuevo orden mundial.

Son múltiples los analistas, académicos e investigadores que han dedicado, en Europa y Estados Unidos, abundante tinta a esta perspectiva. A saber: el Brexit en la Gran Bretaña, el grave cuestionamiento a la integración de la Unión Europea; el resurgimiento de los nacionalismos, la abundancia de los populismos, de izquierda y de derecha (para algunos muy de la mano el nacionalismo ramplón tan presente en el mundo de hoy, junto al populismo); la crisis migratoria en el mundo, detonada en Europa por la guerra civil en Siria que alcanza ya seis años de duración sin claros signos de solución o alto al fuego en el corto plazo; esa misma crisis migratoria que se vuelve tema de campaña y acicate electoral en Estados Unidos; la incógnita de China y su futuro rol en el mundo; y por supuesto, el triunfo de Donald Trump y lo que su persona representa, lo que el resultado dice de su país y de la sociedad estadounidense.

Todos estos factores -por mencionar los más relevantes- pero a los que se podría sumar el Libre Comercio como capítulo a debate, la desigualdad del capitalismo como un tema de enorme amplitud, la incapacidad para reducir la pobreza, el hambre, la enfermedad.

Hoy los expertos hablan de un nuevo orden mundial ante la evidente ruptura de los consensos, el fracaso de los organismos o las instituciones cuyo ADN es el multilateralismo, como la ONU, la Unión Europea, G7-8, G-20 y tantos otros.

La fragmentación en bloques parece ser el futuro inmediato, marcada por la inexistencia de liderazgos claros. El mundo de las superpotencias hegemónicas -cuya influencia y poder no hacen sino provocar enorme nostalgia y erráticas visiones a líderes como Putin y Trump- ha desaparecido hace largo tiempo, causando esfuerzos retardatarios por volver a esos escenarios y reconstruir gobiernos, ejércitos, poderes incongruentes con esta era.

Se apunta hacia un nuevo realineamiento internacional, con la edificación de nuevas alianzas, voces y actores.

Algunos académicos han llamado a esta nueva etapa el G-Cero, como ejemplo de un multilateralismo roto, fragmentado, resquebrajado que tal vez deba arrancar desde cero para reconstruir lazos, intereses, lenguajes, perfiles.

Me parece que es o será -o debiera ser- la era del ciudadano, donde el viejo sueño romano trastocado por políticos y ambiciones personales, aquél del gobierno al servicio del ciudadano, del aparato público cuya función vital es la prosperidad colectiva, la salud social, el bienestar de la mayoría, se coloque nuevamente en el primer sitio de las prioridades. No los partidos, las carreras y campañas, los iluminados como Trump o los nostálgicos del poder absoluto como Putin.

El nuevo orden reconstruirá equilibrios para facilitar gobernabilidad en función de la persona, del colectivo, del poder mismo o de sus aparatos y herramientas.

Están por verse aún los plazos, las renuncias y las caídas que serán imprescindibles para ese nuevo escenario.

Twitter: @LKourchenko

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