Opinión

Un mundo detenido

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La caída del yuan podría tener un impacto mayor al previsto. (Bloomberg)

Ya hemos hablado de cómo China ha dejado de crecer a la velocidad espectacular del inicio del siglo, e incluso a la más moderada de los últimos años, para posiblemente estar alrededor de 4.0 por ciento, según estiman expertos británicos. El gobierno chino insiste en que están en el 7.0 por ciento que ellos pronosticaron para el año, pero es difícil creerlo cuando sus exportaciones se reducen, la actividad industrial crece menos que eso, y el consumo interno no parece reaccionar.

Pero no es sólo China. Estados Unidos inició el año con un crecimiento industrial por encima de 4.5 por ciento, cifra similar al promedio del segundo semestre de 2014, de forma que se esperaba que pudiera mantenerse en ese rango por el resto del año. No ha sido así. Más bien se ha desplomado, y al cierre del primer semestre de este año casi llega a 1.0 por ciento anual.

Sin estos dos grandes motores, la economía mundial tiene problemas para crecer. Los que le vendían a China, como Brasil, Chile o Argentina, llevan rato sufriendo. Los que le vendemos a Estados Unidos andamos dando lástima. Sin mercados exteriores, nuestra dinámica interna no alcanza a sostener altas tasas de crecimiento, y el Banco de México lo reconoce, reduciendo sus estimaciones para este año a un rango cuyo punto medio es 2.1 por ciento. Antes esperaba 2.5, y a fines del año pasado más bien pensaban en 3.0 por ciento. Otra vez falla la estimación de crecimiento, como ha ocurrido desde 2012. En años anteriores, la falla era al revés: los analistas eran más pesimistas de lo que al final ocurría. Ahora, por cuarto año consecutivo los pronósticos se ubican entre 3.0 y 4.0 por ciento de crecimiento, y el resultado es de apenas 2.0. Un poquito más o un poquito menos, pero 2.0 por ciento. Estamos esencialmente estancados.

El estancamiento, que como puede verse, es global, empieza a ser utilizado por unos y otros para influir en las decisiones políticas. Por un lado, se dice que esto muestra la inefectividad de las reformas, y por lo tanto se exige que se reviertan. Por otro, se achaca el estancamiento a la reforma fiscal, y también se exige su revisión. No hay evidencia que sustente estas peticiones. Hablar de las reformas en general, y decir que no han funcionado, es absurdo. De todas ellas tenemos algunos datos de su funcionamiento, pero en todos los casos será necesario esperar unos años más a que impacten claramente el crecimiento. Por ejemplo, es muy evidente el proceso de transformación del sector de telecomunicaciones, que ya tiene impacto en precios y seguramente lo tendrá en productividad muy pronto. También se nota un mejor funcionamiento del sistema financiero, al menos en las tasas de interés disponibles para créditos, pero para que estos se den se requieren decisiones de inversión (que no hay) y programas concretos (que no siempre se presentan adecuadamente).

Tampoco he encontrado evidencia de que la reforma fiscal haya tenido un impacto serio en el consumo. Como ya lo comenté alguna vez, el consumo en México no cae cuando la reforma entra en vigor en enero de 2014, sino cuando se anuncia, en el octubre previo. Sí hay indicios de que la combinación de esta reforma, la financiera y la de lavado de dinero han obligado a muchas personas a ser más cuidadosas con su contabilidad, y pagar impuestos que antes no habían detectado (lo digo así para que no se enojen). Pero esto es buena noticia para los que siempre hemos pagado. Así que un poco de paciencia con la economía mundial, y un poco más de audacia en nuestros inversionistas creo que puede ser un mejor camino que buscar culpables en donde no los hay.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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