Opinión

Un momento decisivo en la historia del país


 
Por unas horas, largas horas, 32 músicos desaparecieron.
 
 
Salieron de Iztapalapa rumbo a Apizaco. Y de pronto nada de supo de ellos. Internet disparó la noticia. Afortunadamente fue el único disparo. Final feliz. Los músicos están de vuelta. Y sí, andaban de parranda, no voluntariamente, según relataron. Los pobladores no los dejaban ir porque querían que siguieran tocando gratis.
 
 
Las alarmas se encendieron. Y se apagaron.
 
 
Un rasgo de humor de la vida, se diría. Pero detrás de esta alarma no estaba sólo el hecho de que no los localizaban sus familiares, sino algo más serio: la psicosis colectiva. Lo creímos posible porque ha sucedido. Las personas desaparecen en México, y en muchos casos aparecen los cadáveres, en otros nada se sabe, la noticia se diluye, el interés público voltea hacia otra parte, sólo queda el profundo dolor de sus parientes y amigos.
 
 
Sucede.
 
 
Las cifras varían, pero se trata de más de 20,000 personas, hijas, padres, hijos, esposos, esposas, abuelos, nietos de alguien. Nada se sabe. Eterno el tiempo de la incertidumbre en los suyos, inimaginable la pena.
 
 
El antecedente de desapariciones recientes en grupo alentó la creencia de que el caso de los músicos de Iztapalapa podría tornarse en una nueva pesadilla.
 
 
Y en México tenemos el testimonio indiscutible de que las pesadillas reales existen. Ahora la pesadilla se agita en Michoacán. Tiempos de guerra.
 
 
La autoridad informa que grupos armados han perpetrado ataques, antier en contra de civiles y ayer en contra de agentes del Estado.
 
 
Casi una treintena de muertos y una cantidad no especificada de heridos.
 
 
La Comisión Nacional de Seguridad da cuenta de que ayer se registraron seis ataques contra elementos de la Policía Federal en Michoacán.
 
 
Agrega que los ataques fueron planeados, lo que se desprende de que quienes los llevaron a cabo estaban ocultos en cerros y portaban armas largas, mientras que se realizaban bloqueos de carreteras en diversos puntos de la entidad.
 
 
Uno de los escenarios fue la comunidad del Infiernillo, pero la alusión, inadecuadamente divertida, es errónea: no es ningún infiernillo, sino una grave señal de la situación que prevalece en Michoacán y, con sus diferencias, en otras partes del país.
 
 
El desafío es evidente. Ya no se trata sólo de la pretensión de controlar territorios para el tráfico de drogas o la comisión de diversos delitos, sino de escriturar con sangre esos territorios, incluso mediante ataques directos, sólo concebibles en la guerra.
 
 
El Estado debe mantenerse firme y ser eficaz, y debe contar con el respaldo de la sociedad, sin que ello implique carta abierta. Se requiere inteligencia y estrategia. Es inaceptable que el país, ninguna parte del país, se convierta en escenario de batallas.
 
 
El Estado mexicano tiene frente a sí una grave responsabilidad y no hay por qué minimizarla. Esperemos que el gobierno y el estado en su conjunto estén a la altura. Se trata de un momento decisivo en la historia de México. Más de cien millones de personas sólo anhelan vivir en paz.