Opinión

Un médico empírico

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil hizo una pausa en sus crónicas mundialistas para dar lugar en esta página del fondo a una nota que le puso los pelos de punta y punto. Gamés lo leyó en su periódico La Jornada: “El curandero Teodoro Tlaxcatécatl Quiahaua fue reconocido como Tesoro Humano Vivo”. Caracho, hesitó Gil, ¿quién puede ser este hombre declarado tesoro? Fue así como entró a la nota de Arturo Cruz Bárcenas, enviado especial en Zongolica, Veracruz.

Este estrafalario premio lo otorga ni más ni menos que el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y la Secretaría de Desarrollo Social. El señor Teodoro Tlaxcaltécatl, dice la nota de Cruz Bárcenas, “se ubica en la línea de los médicos metafóricos que los nahuas utilizan para nombrar las cosas mundanas; la flor es el símbolo básico para la celebración de rituales (…) Tlaxcaltécatl es un tetachi que goza de prestigio por su conocimiento ritual así como por poseer un discurso mediador entre lo divino y lo profano”. Gil no es tetachi y le da un miedo terrible la frontera entre lo divino y lo profano, pero más miedo le da que se considere un tesoro vivo al señor Teodoro.

Dice Tlaxcaltécatl: “Curarse depende de creer en Dios, de orarle a la santísima tierra e ir a visitar a las santísimas imágenes que curan en el cielo y curan en la tierra”. ¿Lo ven? Hemos regresado al año dos Conejo uno Caña en un santiamén, a la caverna y la pirámide, a las yerbas y al sacrificio humano. No somos nada, además le damos premios a la ignorancia.

Oscuridad

“Soy médico empírico. Claro, se me ha dificultado curar a algunas personas. Cuando se cura se siente uno alegre. Ya lo ganamos; cuando no, hay que buscarle, aunque llegue la persona agónica”. Caracho, Gamés también quisiera ser médico empírico, pero se le aflojan la confianza y la fe y así nomás no jala la carreta de la medicina silvestre. Oigan esto: “Hay quienes se aprovechan, pero no son yerberos. Inclusive se habla de niños inquietos, lo cual se les quita, se les puede quitar eso. Cuando me enfermo trato de curarme, pero si no puedo, voy con otro yerbero”. Aquí sí Gilga discrepa, hay niños inquietos que nomás no se les quita lo diablos. Gil era niño inquieto y no se lo quitaron por nada del mundo y aquí lo tienen, desesperado con la historia del Tesoro Humano Vivo.

Sin vaciladas: ¿conviene premiar el oscurantismo? ¿El retraso y la incultura son una opción para las enfermedades que matan a los más pobres? Definitivo: nos hemos vuelto locos. El señor Teodoro recibe un premio del Estado por curar con yerbas y rezar a las santísimas imágenes. A nadie se le ocurre en ese batidillo mental promover brigadas de médicos de la UNAM, la instalación de un consultorio, ya no digamos un hospital, donde le quiten la diarrea a don Teodoro, mecachis. Hay mañanas en que Gil está a punto de arrancarse los pelos. Muy bonitos los usos y costumbres, preciosos, qué bonito se mueren los pobres después de arrojar espumarajos por la boca debido a una infección que se curaría con un antibiótico.

La fe ciega

Cuando Tlaxcaltécatl ve a sus hijos, a quienes enseña a curar desde muy pequeños, dice: “Saben que la enfermedad viene de la tristeza. El alcoholismo se quita con cinco jugos de coco y cinco plátanos. Contra glaucoma hay un líquido que se aplica y luego se pone el agua de manzanilla”. Correcto, pero Teodoro no aclara si al coco se le pone ron. Seguramente sí, de otro modo no sería un agua milagrosa. “Los huesos duelen por el frío, por el agua. El riñón se pone mal por la mala alimentación (…) He curado a muchos niños. Si alguien está enfermo de la mollera, lo atendemos rápido. Curar con yerbas no es caro”.

La verdad es que aquí los únicos que están mal de la mollera son los funcionarios de las Culturas Populares a los cuales les parece folclórico un médico empírico pobre que cura como puede porque no hay médicos que atiendan las enfermedades de la pobreza. Muy mal de la mollera, no dejen de declarar Tesoro Vivo a la ignorancia. Es que de veras.

La máxima de Balzac espetó dentro del ático de las frases célebres: “La ignorancia es la madre de todos los crímenes”.

Gil s’en va