Opinión

Un mayor salario
mínimo lastimará
a los más pobres

No me sorprende el reciente apoyo unánime de PRI, PAN y PRD al aumento del salario mínimo, pero sí la falta de debate serio entre muchos de los analistas y comunicadores que más respeto, quienes lo apoyaron como acto reflejo, sin ver las consecuencias.

Serán los más pobres quienes salgan lastimados por el aumento. Un patrón contrata a un trabajador si cree que éste generará más valor que el costo total de emplearlo. En México, el costo va mucho más allá del salario y las prestaciones de ley; implica trámites complejos, extorsión de sindicatos, liquidaciones onerosas si hay necesidad de despedirlo, la certeza de que cualquier disputa en Conciliación y Arbitraje resultará a favor del empleado, etcétera.

Cuando por decreto se fuerza al patrón a pagar más, éste tiene dos opciones: correr a los menos productivos, o incrementar el precio del producto o servicio que vende. Es decir, que habrá menos empleados en la economía formal (pues seguro se optará por contratar a algunos por fuera, pagándoles en efectivo) y habrá más inflación, lo cual se comerá todo o parte del aumento otorgado.

Es crucial considerar que el salario mínimo es el punto de entrada al mercado laboral formal. Mantengámoslo bajo como incentivo para que, por ejemplo, más jóvenes tengan acceso a trabajos en la formalidad que les permitan recibir prestaciones, empezar a cotizar en el Seguro Social (comenzando a aportar para su retiro) y bancarizarse, obteniendo acceso a crédito y ahorro. Un estudio de Neumark y Nizalova (http://www.nber.org/papers/w10656) muestra que los salarios mínimos más altos reducen el ingreso de la población a largo plazo, pues posponen el punto de partida en su carrera laboral, retrasando procesos de entrenamiento y de acumulación de experiencia verificable que ameritarán mayor compensación.

Por otro lado, subir el salario mínimo afecta a los menos capacitados pues, al verse forzados a un pago mayor, los patrones podrán acceder a trabajadores más calificados, potencialmente condenando a los primeros a la informalidad permanente. A la larga, la única forma de darle acceso a mayor ingreso al no calificado es entrenando a tantos como sea posible, para reducir el tamaño de la población no capacitada y hacer que un número menor de trabajadores compitan por los empleos menos demandantes. Recordemos que mientras más altos sean los salarios, más de estos empleos serán sustituidos por automatización, particularmente en la revolución tecnológica que vivimos.

Economistas como Martin Feldstein de Harvard defienden que no es necesario que el salario mínimo esté por encima de la línea de pobreza. Esto es particularmente cierto en México, donde hay mucha más oferta de trabajadores no calificados que demanda por ellos. Es mejor un menor salario mínimo que facilite la entrada a la formalidad, pero asegurándonos de que en aquellos casos en los que quien percibe esta nimia compensación es en efecto el único proveedor de su familia, éste tenga acceso a programas de ayuda gubernamental.

Ésta debe darse también dentro de la formalidad. Incentivemos a que, como condición para recibir un complemento a su ingreso, estos trabajadores presenten declaraciones de impuestos sencillas en las que tengan acceso a deducir absolutamente todos sus gastos, para que así fuercen a los demás a expedir recibos y a también pagar impuestos. Esto lograría, finalmente, incrementar la base de contribuyentes.

Recordemos que no todos los que ganan salario mínimo son pobres. Un hijo de padres profesionales puede recibir ese nivel de remuneración cuando empieza a trabajar sin vivir en pobreza. En Estados Unidos, 80 por ciento de quienes reciben salario mínimo son el segundo o tercer ingreso de su familia.

Se vuelve muy difícil dar estímulos a la inversión, a la adquisición de tecnología y a la capacitación del personal en un país en el cual la informalidad va en aumento. Parecemos empeñados en que ésta siga creciendo. La reforma fiscal complicó aún más el proceso para pagar impuestos. Por otro lado, mecanismos que deberían facilitarnos la vida cotidiana, como la IAVE utilizada para pago de peajes, no funcionan debido a lo difícil que resulta cobrarle a quien no paga, pues no existe algo tan básico como un registro de vehículos fidedigno. Este entorno fomenta impunidad y es el sueño del crimen organizado.

Cada vez se cierran más comercios formales, víctimas no sólo del abuso de autoridades e inspectores, sino también del comercio informal que compite en forma desleal al no pagar impuestos, no pagar por trámites, no tener empleados formales, no tener que pagar instalaciones, y no pagar por servicios, pues hasta la luz se roban. Por si fuera poco, los dueños de la tienda formal están expuestos a todo tipo de crimen, desde robos hasta secuestros.

Concentrémonos en incrementar la productividad, incentivando formalidad, inversión, modernización y capacitación. A la larga, ésa es la única forma responsable de fomentar crecimiento y aumentar la compensación real de los trabajadores.

Twitter: @jorgesuarezv