Opinión

Un libro sobre el habla en la laguna

Recientemente fue presentado en Torreón un interesantísimo libro titulado Jales sobre habla lagunera, del que es autor el maestro Saúl Rosales. El pequeño volumen (115 págs.) comprende veinte textos suyos publicados entre el ya remoto 1982 y abril de 2014 en diversos medios locales.

El autor, miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua, emplea en el titulo de su libro la palabra “jale”, como sinónimo de trabajo. Se trata pues de trabajos sobre el habla de la comarca lagunera, tema que ha sido el elemento común para la recopilación de estos “jales”. Mismos que desde luego deben ser de interés para los residentes en La Laguna, pero también de otras regiones, en las que probablemente esté sucediendo lo mismo que detecta en la Comarca el maestro Rosales.

La inquietud -y más que inquietud, preocupación- del autor en torno al habla regional lagunera va en dos direcciones. Una, por cuanto hace al desuso y desaparición de voces, palabras que hasta hace algunas décadas fueron comunes y gozaron de aceptación en la comarca, y ahora han sido sustituidas por las de uso generalizado en la ciudad de México y que a través de los medios nacionales de comunicación, preponderantemente de la televisión, han llegado y se han impuesto en el habla lagunera. Afirma que esta homogeneización en el hablar va en detrimento de las particularidades que enriquecen la cultura regional.

En varios de los textos incluidos en el volumen se presentan sendos catálogos de esas voces muy laguneras que ahora languidecen, como consecuencia de lo arriba mencionado. Entre otras se mencionan: alpargatas, bacha, bachicha, botana, crispeta, chamuco, chanate, chánquila, chípil, embracilar, empelotar, ergástula, fajina, liacho, lonche, maquinof, moyote, pistear, pichonear, quequi, quiote, soda, tajo, troca, terregal, tabarete, echar pica, echarse la vaca, agua celis, yompa…

Curiosamente, algunos de dichos vocablos tienen su origen en la lengua náhuatl, como moyote (mosquito o zancudo) y chanate (tordo o urraca), entre otros, lo que el autor documenta con rigor filológico, pero que son desconocidos en la ciudad de México y demás regiones de donde provienen; o bien se usan en éstas pero con alteraciones indebidas, como es el caso de la palabra jitomate, según le dicen en la ciudad de México, y tomate en La Laguna, como debe corresponder a la palabra náhuatl tómatl.

¿Cómo llegaron estas voces hasta acá, si desaparecieron en donde tuvieron su origen? El autor afirma que la herencia de la cultura náhuatl en la región se originó con la llegada en 1731 de 45 familias tlaxcaltecas a La Laguna, donde fundaron la población de San José del Álamo, hoy Viesca, y fueron descendientes a su vez de las 400 familias tlaxcaltecas desplazadas por el virrey Luis de Velasco (hijo) en 1591, primero a Zacatecas y luego a la fundación de Santiago de Saltillo.

Por otro lado, en la línea de la segunda dirección mencionada al inicio, don Saúl lamenta –y con toda razón- la incorporación al habla regional de palabras procedentes de otras lenguas, principalmente del inglés, que increíblemente han encontrado terreno propicio en la región. No son pocas. De entre éstas, hace un extenso comentario acerca del verbo “checar” (to check, en inglés), que a algunos por mera comodidad les parece imprescindible. Sin embargo, de todas las acepciones o aplicaciones que esta voz pueda tener, existe en español al menos una y mejor. Pueden emplearse en su lugar los verbos: "analizar, corrobar, comparar, confrontar, confirmar, comprobar, controlar, examinar, inspeccionar, marcar, mirar, observar, probar, reconocer, revisar, señalar, supervisar, ver, verificar y “me quedo corto”, sentencia el autor.

Por su sencilla elegancia y didáctica redacción, este libro se lee rápido y con gran provecho aun sin ser especialista en estos temas, y tampoco necesariamente lagunero.