Opinión

Un jarrón de flores y una fila de tres horas

 
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Marisa Merz

Hace un par de semanas el secretario de desarrollo económico de la Ciudad de México me pidió que lo acompañara con su familia a visitar la hermosa exposición de Andy Warhol en el Museo Jumex. Se agradece siempre que las personas tengan la sensibilidad de pedir un acompañamiento o una explicación seria, especialmente cuando se trata de arte, y cuando es tan fácil asumir que su asimilación depende sólo de una cuestión de gusto.

Durante el recorrido hablamos de cuáles son las misiones de los museos, si montar blockbusters, es decir exposiciones como ésta, que atraen a una gran cantidad de público y que los hace sentir parte de la oferta cultural, o si montar exhibiciones más complejas de ver y entender, curadas para explorar e reinterpretar la historia del arte, y que parecen concebidas para sólo unos cuantos entendidos y conocedores. Le puse como ejemplo hipotético el de una artista de la periferia, mujer, que hubiera estado produciendo obra desde los 60, y fuera más o menos desconocida.

Mi opinión es que deben de presentarse las dos.

Unos días después de la visita viaje con mi familia a California, el estado más rico del país más rico del mundo, sede de los estudios de cine más importantes, la meca del mundo del entretenimiento, donde forzosamente el arte es a veces abordado como un espectáculo. En Los Ángeles también se encuentran el MOCA y el Hammer, dos de mis museos consentidos; que coincidentemente presentaban el trabajo de dos artistas mujeres; ambas italianas: Marisa Merz (1926) y Anna Maria Maiolino (1942). Y aunque las dos forman ya parte de la historia del arte y son representadas por importantes y poderosas galerías, este reconocimiento no sucedió hasta muy recientemente.

Maiolino emigró a Sudamérica a causa de la Segunda Guerra Mundial; Merz se quedó en Italia y se casó con Mario Merz, quien formaba parte del favorito de favoritos grupo Arte Povera. Entonces, aunque Marisa ya producía obra de la calidad de su esposo Mario, es apenas hace unas dos décadas que se le incluyó en ese movimiento.

Frente al MOCA, donde se presenta la exposición de Maiolino, se encuentra el recién inaugurado museo The Broad, que pertenece a la familia Broad, quizás los patronos más importantes y activos de esta ciudad.

Este impresionante edificio está situado junto al icónico Walt Disney Concert Hall diseñado por Frank Gehry, y alberga en sus salas obras de artistas emblemáticos de la segunda mitad del siglo XX, como Jean Michel Basquiat, Jeff Koons, Roy Lichtenstein, Barbara Krueger, Kara Walker y Doug Aitken entre muchos más. Las filas para entrar a The Broad eran de más de tres horas –como en Disneylandia o los estudios Universal– mientras que en el MOCA había apenas unas 30 personas recorriendo esta importante, profunda y reveladora exhibición de Maiolino.

En el catálogo de la exhibición leo el texto de Helen Molesworth, Mother Knowledge, lo siguiente:

“El trabajo de Maiolino me atrae desde hace mucho porque es claro que complica las convenciones de la lógica binaria de la civilización occidental. Maiolino juega con antinomias formales y su rechazo a separarlas –adelante/atrás, sólido/liquido, lleno/vacío, duro/suave, permanente/impermanente, madre/artista– o privilegiar una sobre la otra, su obra me llevó a entender que la lógica binaria por sí misma no es el problema (de la cultura occidental), sino que es la costumbre constante de privilegiar un término de la relación binaria sobre otro, y después construir niveles de jerarquía sistemáticamente a través de expresiones culturales. (hombre/mujer, duro/suave, racional/emocional, limpio/sucio)”.

Y en este mundo en el que parece no haber escapatoria a la supramediatización y el espectáculo, como bien predijo Warhol a través de su feroz y visionaria obra crítica, en medio del asalto de las imágenes, de las ejecuciones vía youtube, de los videos de absolutamente todo; también hay lugar para las Maiolino y las Merz, y sus obras hechas a partir de algo tan íntimo pero contundente como su experiencia personal, capaces de ofrecer sencillamente unas flores en un jarrón.

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