Opinión

Un hombre que daba miedo

03 julio 2013 5:37

 
 
Ya no hay escritores como José Revueltas, ni los había en su tiempo. Era único. La construcción de su literatura, párvula y universitaria a la vez, dura como un ladrillo, reflexiva como el mar abierto, pausada y estrepitosa, imaginativa y realista, de puertas adentro aglomeradas donde no cabían —como en su cuento 'Dios en la Tierra'— 'ni un alfiler ni un gemido'. Nadie como Revueltas para erigir metáforas: “El concepto abstracto —dice— de la comunicación humana es definitivamente más pobre que los pies llenos de callos del cartero que comunica entre sí a dos amantes separados por la distancia y los obstáculos sociales”.
 
 
Pero es 'Dormir en tierra' —incluido en su Antología personal (Fondo de Cultura Económica, 1975— tan deslumbrante que una antología de cuentos mexicana puede ser catalogada de inmediato en su rigor selectivo, que es decir capacidad cualitativa, si está incorporado o no (lo mismo puede suceder con ese otro relato portentoso intitulado 'La llovizna', del campechano Juan de la Cabada). La Chunca es una prostituta fea, la más fea probablemente que hubiera pisado burdel alguno, sola en su impuro palomar, que ahora bajaba —porque ella era la más fea, no por otra cosa, pues no le tocaba a ella— para introducir las monedas en la sinfonola. Había que tener música para los sin trabajo, para que se animaran a consumir los tragos y luego a las mujeres.
 
 
“La Chunca bajó por cada uno de los travesaños de su casa con la pausada lentitud y la melancólica obediencia de un chimpancé enfermo que se somete a las órdenes del domador —apunta Revueltas—. En seguida, con el aire de una limosnera ciega, fue recogiendo las monedas que le arrojaban desde lo alto cada una de las prostitutas y luego se alejó hacia la taberna, en la esquina de la calle, donde estaba la sinfonola”.
 
Momentos antes todas ellas miraban (“sin moverse, con atenta y anhelante estupidez”) hacia el río donde preparaba su partida El Tritón, un viejo remolcador que “maniobraba para sujetar una gran barcaza averiada que había traído desde Puerto México”. Las mujeres (con una “paciencia desesperada”) esperaban que los hombres del remolcador se acercaran a ellas. Por eso miraban atentas: para tratar de saber a qué hora terminaban con su faena. Mientras, entretenían con música a los mandriles que bebían mirándolas con procacidad.
 
 
 
“Fija a mitad del cuarto, con un aire de obstinada incredulidad, sin atreverse a dar un paso adelante,, La Chunca meneaba la cabeza con bruscos sacudimientos intermitentes, arrítmicos.
 
 
 
—¡No sé pa’qué me lo trajeron! —repitió doliente.
 
 
 
“Se refería al niño. Ahí estaba el muchachito, como de siete años, quieto, los negrísimos ojos agrandados por una incertidumbre atenta, sin aventurarse a decir una sola palabra, dispuesto a recibir con silenciosa sorpresa todo cuanto pudiera ocurrirle de inesperado y desconocido, en este sucederse de hechos incomprensibles que él no podía sino aceptar. Era el hijo de La Chunca”.
 
 
 
El niño le había sido devuelto por unos vecinos del pueblo, donde vivía arrimado (luego de la muerte de su abuela), “sin explicar nada, nomás porque sí”, al grado de que “ni La Chunca ni su hijo podían comprenderlo”. Y el niño la incomodaba. No lo quería a su lado (“¡hijo de puta b’ías de ser aunque yo no lo quisiera!”). Pero ahí estaba El Tritón, pronto a zarpar rumbo a Veracruz.
 
 
 
Y se le trepó por fin una idea a la cabeza, que sería a la vez la tragedia del contramaestre Galindo.
 
 
“Algo como una fascinación —narra José Revueltas— aplastante le hizo saber que todos los músculos del cuerpo se le aflojaban con una especie de frío repulsivo, lleno de precisión fisiológica. Ahí estaba el infeliz, ahí estaba el desgraciado. Ahí estaba, en el muelle, aquel niño inverosímil y espantoso, quieto como desde un principio, como desde hacía tres o cuatro horas, igual que una estatua, sin apartar la mirada muda que salía de sus dos grandes ojos atónitos de la figura del contramaestre, fijos sobre él como los de un pájaro disecado que lo persiguiera completamente sin expresión.
 
 
 
Estaban separados apenas por unos tres metros de distancia, el viejo oso colérico en la cubierta del remolcador y el niño allá abajo, sobrenatural como un ángel castigado.
 
“—¡Lárgate de una vez al carajo! —gritó con un odio extraño el contramaestre—. ¡Ya te dije que a bordo no hay lugar para nadie más! Este barco no es asilo. ¡Cabrón escuincle tan necio! ¡Lárgate te digo!”
 
 
Horas antes el niño le había suplicado que lo llevara en el barco.
 
 
—Mi mamá no quiere tenerme porque soy hijo de puta —había dicho Ulalio, que así se llamaba el niño.
 
 
“Lo dijo así, simplemente —dice Revueltas—, como algo superior, fatal y divino, que no estaba obligado a comprender. El contramaestre se había estremecido con una especie de ahogo blando, y ahora se daba cuenta de que ahí fue donde comenzó a nacer en él esa cólera, esa rabia, ese odio que sentía hacia su piedad, la cólera de que algo le hiciera sentir dolor por otro, por un semejante, por otro perro podrido como él”.
 
Ya estaba la trama: tres infortunados de la vida, los personajes apropiados de una pluma como la de Revueltas.
 
El Tritón se hundía y allí estaba el chamaco, en el camarote del contramaestre (puesto ahí, por supuesto, a sus espaldas por la madre indigna). “Aquello no tenía remedio —apunta Revueltas— y entonces el contramaestre se aproximó a la borda con el niño a cuestas. Éste le clavaba los dientes en una oreja, sin desprenderse de ella, rabioso, feroz, atado a la vida con una fuerza milenaria. Se la arrancaría, claro está. Con un fuerte impulso el hombre tiró del niño [con el salvavidas que era para el contramaestre] y lo arrojó al mar. Acaso se salvara. El desgarrón de la oreja fue como el ruido de un árbol gigantesco al caer derribado, unos círculos concéntricos de dolor, que se abrían, que se extendían como luces fosforescentes dentro de la negra noche del cráneo”.
 
Nadie volvió a ver a El Tritón, ni a sus moradores.
Sólo un niño fue hallado a la orilla del mar, que decía que un hombre que daba miedo lo quería ahogar. Porque no deseaba alojarlo en su barco.