Opinión

Un gigante del Espíritu: Juan XXIII

Víctor Manuel Pérez Valera*

En el siglo pasado florecieron grandes líderes sociales, políticos y religiosos. Entre estos últimos destaca sin duda, la figura de Angelo Giuseppe Roncalli, el “Papa Bueno”, que en unos días va a ser canonizado por el actual Pontífice. En esos días se espera la representación de alrededor de 60 países y entre ellos unos 20 jefes de Estado, unos 50 ministros, así como alrededor de 800 mil peregrinos. Se calcula que presenciaran esta ceremonia por televisión alrededor de 2 mil millones de personas. La Plaza de San Pedro estará a reventar, pero se instalaran pantallas gigantes en la Plaza del pueblo y en la Farnese.

Angelo Giuseppe nació el 25 de noviembre de 1881 en Sotto il Monte, a la sazón un pueblito de unos mil habitantes, a 16 kilómetros de Bérgamo, al norte de Italia. Sus padres eran campesinos pobres. “En nuestra mesa –escribió más tarde el Papa Juan- no había pan, pura polenda (masa cocida de maíz)… de vez en cuando carne, sólo en Navidad y Pascua una rebanada de dulce casero”.

Angelo estudió tres años de la escuela elemental y luego  se dedicó al latín y al italiano por algunos meses. En esa época ya era capaz de leer, en el original, la Guerra de las Galias de Julio Cesar. Sus calificaciones en tercero de secundaria eran buenas a secas, pero en la prepa ya se destacaba entre los mejores alumnos. Como seminarista estudió 8 años en Bérgamo y 4 en Roma. Al terminar sus estudios el obispo de Bérgamo Santiago Radici Tedeschi lo llamó como secretario particular. La relación con este notable obispo enriqueció mucho al joven Roncalli. Al morir Radici Tedeschi, a los 54 años, Roncalli impartió varias asignaturas en el Seminario de Bérgamo, y después de una breve estancia en Roma al servicio de Propaganda Fide, se le promovió al Episcopado y se le envió a Bulgaria, como visitador y Delegado Apostólico.

Esta misión era un gran reto: una lengua, unas costumbres y una religión (la ortodoxa) diferentes. La humildad, humor y deseo de servicio de Roncalli disiparon toda sospecha de oportunismo proselitista. Con sencillez ayudó como pudo a las víctimas del terremoto de 1927. De esa época destaca una carta a un seminarista ortodoxo: “católicos y ortodoxos no son enemigos, sino hermanos. Tenemos la misma fe… nos dividen algunos mandamientos en la concepción que tenemos sobre la constitución divina de la Iglesia de Cristo. Quienes fueron los causantes de estos malentendidos ya tienen siglos de haber muerto. Olvidemos las antiguas riñas”.

A finales de 1934 Roncalli fue cambiado a la delegación apostólica de Turquía, allí pudo estudiar los vestigios del cristianismo antiguo, pero ante todo derrochó simpatía hacia el pueblo turco, en gran parte fiel a los preceptos religiosos y morales del Corán. Cuando estalló la guerra en 1939, Turquía era una nación neutral. Miles de hebreos lograron cruzar la frontera de Hungría. Hitler le ordenó al rey Boris que los regresara y no les permitiera llegar a Palestina a través de Turquía. Monseñor Roncalli se movilizó inmediatamente y le mandó al rey una carta atenta, pero firme, por medio del Agregado a la Delegación. En ella le decía claramente al rey que no se fuera a involucrar en episodio tan vil, propio de tiranos. Boris desafío las amenazas de Hitler y permitió que miles de judíos se dirigieran durante la noche hacia Turquía.

Después de una breve y difícil estancia en Grecia a los 63 años, a fines de 1944 Roncalli fue trasladado como nuncio apostólico a Francia. Allí, más en su ambiente se acercó a personajes notables de todo tipo de orientación ideológica: políticos, obreros, literatos, artistas… frecuentó la Academia francesa y se mezcló en los barrios populares con los más pobres y desheredados.

A los 71 años, monseñor Roncalli fue nombrado Cardenal para la sede de Venecia, éste fue el escalón para que posteriormente fuera nombrado sucesor de Pedro. En este puesto fue un parte aguas: convocó al Concilio Vaticano II, era necesario abrir las ventanas del Vaticano para que entrara aire fresco, publicó dos encíclicas de gran trascendencia, la Mater et Magistra, sobre cuestión social, y la Pacem in Terris, sobre la paz en el mundo, en plena guerra fría. Juan XXIII tuvo también opositores y críticos mezquinos e injustos, pero nunca se le escuchó una palabra de amargura ni un juicio duro sobre ningún opositor. El diario de un alma, notas sobre sus ejercicios espirituales nos muestran su humildad, y su gran corazón, inspirados en el modo ignaciano de proceder.

*Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.