Opinión

Un fantasma en la casa

Lo acusan de falta de empatía porque siempre parece aburrido, distraído, ausente; huye en su mente a lugares más interesantes cuando su mujer o sus hijas le están platicando algo. Son tan poco estimulantes, piensa; sin embargo, aunque siempre fue así, hoy se ha vuelto un problema que ha llegado a límites difíciles de sostener. Su familia está cansada de él.

Después de 25 años juntos, él y su mujer tienen muy poco que decirse. Caminaron mundos paralelos durante años y hoy parece no existir el sendero que los lleve a un punto de intersección.

Sortearon mil batallas como pudieron. Ganaron varias, sobre todo la de ser padres: tienen dos hijas profesionistas que llegaron al doctorado.
¿Sabes que menos de 0.2 por ciento de la población en México alcanza ese nivel de estudios?, le grita a su mujer enojado y orgulloso cuando ella le cuestiona la vida que han vivido.

Lo acusa de frialdad, de falta de amor, de mal humor crónico y aunque se hace el sorprendido, no es tonto. Sabe de lo que ella está hablando: las muchas veces en las que llegaba a la casa y estaba ausente, mudo e irritable por el cansancio. Los cientos de veces que aprovechaba los largos monólogos de ella para pensar cómo resolver un problema de la oficina.

También le pasó con sus hijas, con las que jugó poco porque se impacientaba; compartió excepcionalmente sus actividades escolares; habló casi nada con ellas de todo lo que vivían mientras crecían. Ahora ellas también hablan poquísimo con él.

“Soy mejor que todos. Me molesta que se hable de frivolidades. Me gustan las ideas y la inteligencia”. Esta afirmación le sirve para justificar su falta de conexión íntima con la madre de sus hijas. Pero se da cuenta que su ausencia crónica –física y emocional– ha tenido un costo. Nadie en casa nota o extraña su presencia. Ni siquiera el perro le hace caso; su abandono ha derivado en ser abandonado por casi todos.

Hace muchos años, Martha era feliz con poco y sonreía con facilidad. Fue una madre estupenda, que sacrificó su vida profesional por estar en la casa, hasta que la vida y sus tragedias la alcanzaron y se rompió el equilibrio que era posible gracias a su optimismo. Ahora ella también es intolerante y amarga con él.

Él no encuentra una teoría ni un momento fundacional de su historia que explique su falta de resonancia emocional; hace su recuento biográfico: se recuerda sin lágrimas en los funerales, sin carcajadas en las fiestas, incapaz para decir te quiero o para dar un abrazo. Se convirtió –a base de silencio e indiferencia – en un fantasma al que ya ni el perro le hace caso.

Sus hijas se han ido; cada día es menos indispensable en su trabajo; su mujer habla constantemente de separarse porque ya no hay nada que los una.

El dolor que la idea de la soledad le produce, le ha caído de sorpresa; quizás ella tenga razón y él no fue capaz de verla y apreciarla mientras la tuvo.

Ahora ella quiere irse y vivir la última parte de su vida en paz, lejos del mal carácter y las exigencias de él. El rencor es mucho. La voluntad de reparación, poca.

“Estoy llegando tarde a mi propia vida. Mis hijas son adultas, apenas las veo. Mi mujer me evita, se aburre conmigo y se cansó de entender que siempre fui así: frío y calculador. No quiero una vida fantasmal; no sé cómo se logra sentir con los otros; qué palabras usan las personas empáticas; cómo expresar mis deseos sexuales sin que parezcan un acto de utilitarismo?

Desactivar, desmontar y reconfigurar la capacidad de resonancia emocional es un proceso lento pero no imposible. El problema más grande es –tal vez– llegar demasiado tarde al intento de conectarse con los otros desde el amor y el interés. Lleva años privilegiando la vida productiva y sus intereses personales. Hoy enfrenta una vida pobre en afectos y en capacidad para comunicarse y compartir.

La autora es psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.

Correo: ​valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag