Opinión

Un diabólico rockstar

El violinista del diablo o Paganini como primer rockstar. En El violinista del diablo (2013, Bernard Rose, con enorme asesoría e influencia del star del crossover mundial y protagonista principal de este film David Garrett), la vida de Niccolò Paganini (1782-1840) queda reducida a su simple leyenda como virtuoso que vendió su alma al diabólico empresario signor Urbani (Jared Harris absolutamente caricaturesco con barbitas afiladas y dispuesto a dar show con cuernos incluidos) para tener un poco del éxito que le escatimaban los ignorantes pueblerinos de los lugares donde tocaba en Italia y Francia.

Es así que tardíamente se muda a Londres para hacer las delicias del ambicioso empresario Watson (Christian McKay) casi en quiebra pero fan a morir de este Garrett-Paganini, convertido en dios del acústico, que se viste igualito a Ozzy Osbourne (con redondos lentes oscuros, abrigo más negro que el pecado y actitud de ser el verdadero Príncipe de las Tinieblas) y cada que da un concierto las chicas del público se desmayan y actúan igual que si estuvieran en las siempre histéricas presentaciones del icono de la decadencia musical contemporánea Justin Bieber.

En el fondo lo que pretende abordar El violinista del diablo es, con una óptica demasiado contaminada por la cultura del rock, el enfrentamiento entre la supuesta música diabólica que representa Garrett-Paganini y la moral pública que cuida la tediosa activista Primrose Blackstone (Olivia D’Abo totalmente marchitada). Aunque también entre el virtuosismo casi inhumano de ese violinista temperamental, destructor y mujeriego, y ese empresario escéptico Lord Burghersh (Helmut Berger, irreconocible en su prematuro envejecimiento).

Al final, la historia que se impone muy lentamente es la sublimación del romance ficticio entre el atormentadísimo Garrett-Paganini y la incipiente estrella adolescente del bel canto Charlotte Watson (Andrea Deck, con la voz de la cantante pop Nicole Scherzinger). Con ello, Rose & Garrett hacen una transposición del romance verdadero que tuviera el Paganini histórico con Antonia Bianchi, madre de su hijo Achilles. Pero como la intención básica consiste en convertir a Garrett-Paganini en un primitivo rockstar (de ahí que no sea gratuito dedicarle el film al desatado Ken Russell, autor de Lisztomania [1975], delirante fantasía absurda que proponía a Liszt como el “original” rockstar), las imprecisiones históricas se pasan por alto, no tanto su adicción al láudano ni su priapismo compulsivo incluso con la veleidosa periodista ebria Ethel Langham (Joely Richardson en plan autodenigrante). Eso sí, se deja de lado que el buen Paganini murió a consecuencia de sífilis, pero no que la Iglesia se negó a enterrarlo en suelo consagrado. Todo para confirmar que el Garrett-Paganini encarnado como sensualísimo rockstar de sedosa y larga caballera omnipresente, tuvo de principio a fin un pacto con el diablo.

El violinista del diablo o “Paganini soy yo”. La intensa participación en todas las etapas del film hechas por Garrett están para confirmar que las virtudes del Paganini original son, en realidad, las de este violinista ex prodigio, que sus 15 años, en 1995, ya había sorprendido al mundo con su depurada técnica en la grabación que hiciera en vivo con el maestro Claudio Abbado para los conciertos KV 218 y 271a de Mozart. Prodigio que de inmediato confirmó con la grabación de la Sonata núm. 5 para violín y piano de Beethoven, la Partita BWV 1004 de Bach y el Adagio KV 261 de Mozart. Su paso al estrellato en la música culta lo dio justo a los 17 años cuando grabó el Opus núm. 1 de Paganini: los 24 Caprichos para Violín. Insuficiente el éxito obtenido, que lo llevó a ser calificado como “el violinista más veloz del mundo”, Garrett incursiona en el crossover para hacer un desmesurado coctel -del que desde entonces vive- donde mezcla Brahms, Beethoven y Paganini con Led Zeppelin, Nirvana & Michael Jackson, y lo que se acumule en la semana, recurriendo a un estilo idéntico a la falsa aria que escribe bajo el supuesto influjo de Paganini para este su primer film como estrella absoluta del mismo. Es así que el virtuosismo del violinista carece de equivalencia con las limitaciones del productor, codirector, compositor y actor que apenas se interpreta a sí mismo como un Paganini demasiado elemental, narcisista y vacuo.