Opinión

Un desaire incomprendido

 
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Donald Trump

Es muy difícil concebirlo, y sólo con la perspectiva que arrojará el transcurso de los años podremos darnos cuenta de que hoy estamos siendo los protagonistas de lo que llegará a ser la introducción de un nuevo capítulo de la historia; un parte aguas que arrojará acontecimientos apasionantes, sin lugar a dudas, pero de los que no podemos decir todavía, lamentablemente, cuál habrá de ser su sentido.

El problema que indudablemente nos aflige tiene que ver con descalabros económicos que ya provoca, con espantosa facilidad, la ratificación de un discurso que ha encontrado en México su principal pilar de apoyo: la recuperación del nacionalismo con cargo a la competitividad que a lo largo de los años se había venido consiguiendo.

Remediarlo entrañará nuevos sacrificios y mucho trabajo, pero antes de comenzar la tarea debemos entender qué ha dado lugar a estas circunstancias; identificar qué tipo de combustible es aquel que incendia tan rápidamente al electorado norteamericano, que ha llevado al poder a este empresario bravucón, que se ha jactado de tener la capacidad de ser el creador de fuentes de empleo más grande que Dios haya jamás creado.

Un hartazgo contra la clase política gobernante es incuestionable, y ocurre en sintonía con un voto concordante en otras latitudes, como Gran Bretaña o, posible e inminentemente, en Francia. La posibilidad de que el descalabro de 2008 haya producido una vuelta de timón en el manejo de la economía y las finanzas podría arrojar también una teoría justificatoria. Sin embargo, no podemos conceder que esta teoría del anarquismo universal pueda ser aceptable en modo alguno; las sociedades de todo el mundo saben muy bien que necesitan a algunos a quienes encomendar la atención de las cuestiones públicas. Por otro lado, si bien es cierto que la crisis financiera de hace ocho años constituyó un descalabro mayúsculo, el crecimiento económico de los últimos meses desvirtúan la tesis, por lo menos por lo que a nuestros vecinos respecta.

La persistencia del discurso nos demuestra que el muro divisorio constituye una bofetada irreversible, y antes de seguir impulsando una estrategia diplomática que persiga su detención, bien valdría la pena valorar la posibilidad de emprender un camino colaborativo que frene y resuelva las causas que dieron lugar a ella.

Las acciones gubernativas de los últimos años han impulsado a lo largo del orbe todo un conjunto de políticas públicas que favorecen la igualdad, la tolerancia, el respeto por nuestras diferencias, la asistencia social y el justo reparto de la riqueza. Como tal, contradicen la esencia de las ideologías que llevaron a la fundación del mundo moderno, la política de la premiación por la lucha y la retribución del trabajo, aún dentro de la desigualdad. En la medida en que la reacción fiscal acontezca para favorecer a mis desiguales, con costo a una propia contribución, o que la reacción judicial ocurra con el objeto de tutelar una condición social dispar a la que la naturaleza humana y la razón evidencia, de acuerdo con las convicciones de las grandes mayorías desatendidas, el conflicto entre la sociedad y la clase política que enarbola esa corriente discursiva es insuperable. En el fondo, muchos votantes podrían haber demostrado, en Estados Unidos (EU) y en Gran Bretaña, una gran distancia entre su pensamiento y el discurso que, hasta hoy, ha sido el políticamente correcto.

México ha expatriado a sus trabajadores más necesitados, a compatriotas decididos y comprometidos con la lucha por la supervivencia, que han llegado a convertirse en un factor imprescindible para la marcha misma de EU. Sin embargo, ante el descontrol de nuestras fronteras, también ha exportado problemas, ha exportado la supremacía de las bandas de delincuencia y de tráfico de personas que, desafortunadamente, han ocasionado estragos en la organización social de nuestro principal socio comercial. México significa, en el imaginario colectivo norteamericano, el paradigma de la corrupción y del desorden centroamericano.

El muro representa una línea tajante de división contra todo lo que este desorden representa para la salvaguarda de los principios que llevaron a EU a ser la gran potencia que hoy siguen siendo. La gran diferencia que caracteriza a nuestros vecinos con relación a América Latina o a Gran Bretaña, con los flujos incesantes de migrantes de países subdesarrollados, radica en la plena convicción de la unión en torno de la legalidad y el Estado de derecho, la convicción de que el crecimiento y la igualdad sólo pueden tener cabida dentro de un sistema organizado de reglas y normas de conducta que todos cumplen y obedecen incondicionalmente.

Seguramente llegará el momento en el que, tras los severos descalabros que atraviese nuestra bolsa de valores, y la todavía más dolorosa devaluación del peso, deba someterse a calificación y negociación nuestra poderosa relación bilateral; que no quepa la menor duda de que, más allá de los aspectos netamente económicos, a EU le interesará establecer condiciones irreductibles de las que dependerá cualquier posible integración con América Latina, aquellas que asuma el gobierno de México y los mexicanos en general para aceptar el orden y la observancia de la ley como un modo permanente de vida.

Un modo inteligente de adelantarnos a ese escenario y de compensar los estragos que ya ocasiona la arrogancia del discurso de Trump, debería de llevarnos a entender que, para poder pedir reciprocidad comercial, debemos conceder igualdad de civilidad. Hagamos votos porque nunca se construya ese muro que se propone, que obstaculiza la amistad, la vecindad y el intercambio de comercio, y aportemos todo nuestro esfuerzo para emprender la construcción de ese muro que proteja a EU y a América Latina de la ilegalidad, del desorden y la delincuencia que tanto nos duelen. También a nosotros nos interesa ese muro.

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