Opinión

Un castigo ejemplar para la llave de Siprnet


 
 
 
Edward Snowden y Julian Assange ya saben a qué atenerse. Sin llegar a la cadena perpetua o la pena capital, lo que habría acarreado más desprestigio al gobierno de Barack Obama, el fallo emitido en Fort Meade por la juez militar Denise Lind —con independencia de la sentencia que se dicte a Bradley Manning en los próximos días— demuestra que Washington está determinado a castigar de manera ejemplar las filtraciones que han exhibido su barbarie, sus intromisiones diplomáticas y su vasta red de espionaje.
 
Hijo de un matrimonio galés estadounidense que rompió cuando sólo tenía 13 años, el pequeño Manning, de 1.57 metros y menos de 60 kilos, ya pasó a la historia como un gigante gracias a los más de 700 mil partes bélicos y cables del Departamento de Estado que entregó a Wikileaks para reescribir la trayectoria de Internet.
 
¿Por qué lo hizo, probablemente a sabiendas de que era el eslabón más débil de una cadena que ha tenido repercusiones desde Oriente Medio y Rusia hasta México, con la virtual expulsión del embajador Carlos Pascual?
 
Poco después de su arresto en Kuwait, en diciembre de 2010 Wired aventuraba: el joven soldado, que se enroló en el Ejército a los 20 años, estaba desencantado con la política oficial de 'no preguntar y no decir' que rige para los homosexuales en las fuerzas armadas.
 
Sin embargo, no podría descartarse que durante su estancia en Irak, además de constatar la naturaleza criminal de la ocupación, también comprendió el potencial desestabilizador del archivo digital Siprnet.
 
Inteligencia
 
Analista de inteligencia, igual que Snowden en la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), Manning, nacido en Oklahoma, tuvo acceso a la red Siprnet —empleada por otros tres millones de norteamericanos por entonces, miembros del Pentágono y del gobierno federal— y conoció sus archivos, que detallan 'como el primer mundo explota al tercero', por lo que consideró que su difusión generaría 'un debate mundial y reformas'.
 
El problema fue que eso se lo explicó vía mensajería al hacker Adrian Lamo, transformado en soplón del espionaje y que no vaciló en denunciarlo.
 
Hoy, quedan para la anécdota los días de Manning en Haverfordwest, Gales, donde sus condiscípulos lo recuerdan como un tipo raro que nunca se sintió ciudadano británico, pero también muy brillante en el campo de la informática (su padre Brian trabajó en la inteligencia naval estadounidense), que en medio de una familia desunida optó por ingresar al Ejército y relacionarse con la comunidad gay y ciberpirata de Boston, antes de terminar aislado en el desierto mesopotámico dentro de la base de operaciones avanzadas Hammer.
 
Ayer, en Haverfordwest, Callum Downes, activista contra la guerra en Afganistán, resumió a The Guardian: “nadie debe filtrar secretos que ayuden al enemigo a sacar ventaja, pero el gobierno no debe ocultar nada a la gente. Tengo un par de amigos allá que odian estar a oscuras”.