Opinión

Un 20 de noviembre frívolo

 
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Revolución mexicana. (culturacolectiva.com)

La revolución mexicana es el movimiento social más importante que ha vivido México en más de un siglo; lo es por sus consecuencias prácticas y por el valor cívico que tuvieron sus postulados, mismos que han sido desplazados, aunque su remplazo no tiene arraigo cultural.

Si antes el eje articulador de las relaciones eran los derechos sociales, ahora se pretende que lo sea el mérito individual. Entre uno y otro principio hay un vacío que se ha llenado de desconfianza, desasosiego, violencia, corrupción y de arbitrariedad.

La Revolución ha sido desterrada del discurso oficial y para remachar su destierro en la memoria social, también lo fue de las festividades cívicas al trasladarla al lunes más próximo. El 20 de noviembre se confundirá este año con el “Buen Fin”.

La muerte de la Revolución Mexicana fue también la de su principal legado, la Constitución Política, la que constituye la legalidad en el país; la Constitución ya es letra muerta. Ya no constituye a la nación porque ha dejado de ser el compendio de objetivos y ruta de un proyecto nacional; el neoliberalismo persigue la plena integración del país a norteamérica.

La Constitución ya no rige en la consecución de propósitos nacionales sobre el conjunto de la sociedad, ni ofrece la protección del Estado de derecho, ni limita el alcance de las decisiones del gobierno. Tampoco es guía de acciones institucionales, las cuales están rebasadas por la pobreza, la corrupción, la ineptitud y la violencia.

Las reformas adaptativas de la Constitución al neoliberalismo, han pretendido hacer que el mercado decida la suerte de las empresas, de las unidades agropecuarias, de los trabajadores y de los campesinos. El alcance de esos propósitos está limitado, por un lado, por los rezagos tecnológicos y la estructura dependiente de la planta productiva urbana, por las desventajas naturales de las actividades agropecuarias, por el inmenso desfase entre oferta y demanda de fuerza laboral y por el uso patrimonialista del Estado, dispuesto a otorgar concesiones en un intercambio corrupto de favores.

El resultado es que hoy por hoy México sea un país sin una ley que dé contenido a la soberanía nacional, que salve a empresas y ciudadanos de la corrupción (uno de cuyos fenómenos es la delincuencia organizada), que proteja a sus trabajadores urbanos y rurales en sus derechos laborales y que ponga las riquezas naturales al servicio del progreso de todos.

La actualización de la normatividad es incuestionablemente necesaria, pero no a costa de principios fundamentales y si éstos también tuvieran que cambiarse, se tendría que construir un nuevo pacto constitucional desde un Congreso Constituyente.

El Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y la Cámara de Diputados de la anterior Legislatura, elaboraron una propuesta de rehechura de la Constitución a partir del diagnóstico de que el actual es un texto caótico, prolijo, redundante e inclusive, “descuidado desde el punto de vista técnico”.

Cuauhtémoc Cárdenas, los senadores Alejandro Encinas y Porfirio Muñoz Ledo abrieron en septiembre una plataforma de participación a la ciudadanía, a la que llaman Por México Hoy.

Declararon que no formarán un partido sino un frente político y social de composición plural para crear una nueva Constitución Política.

El problema de crear una nueva constitución, sobra decirlo, no es de técnica jurídica sino de la orientación del proyecto de país al que sirviera la normatividad que se aprobara.

Quienes están convencidos de que el país requiere una nueva Constitución, también lo están de que el proyecto de nación tiene que ser distinto al que se sigue hace 30 años, uno que restablezca la soberanía de la nación, que recupere el derecho a trazar las transformaciones del país, que democratice el ejercicio del poder, que impulse el progreso material pero también la equitativa distribución de la riqueza.

http://estadoysociedad.com

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