Opinión

Última llamada

 
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Videgaray y Peña. (Reuters)

Una y otra vez, Peña Nieto ha dado muestras de que ante el pragmatismo que demanda la política, el tema de los amigos y consejeros personales tiene que pasar a un segundo término cuando las decisiones implican la posibilidad de ganar o perder posiciones importantes, o incluso la propia posibilidad de garantizar la gobernabilidad en el país. Lo demostró al elegir a Eruviel frente a Alfredo del Mazo en la elección mexiquense, y ahora al aceptar la renuncia de Luis Videgaray al frente de Hacienda en una tácita aceptación de la responsabilidad del exsecretario en la fallida operación Trump que el propio primer mandatario trató de asumir como propia, pero que de mantenerse en esa línea hubiese sido suicida para su operación política el resto del sexenio.

Y es que el alto peso de Videgaray en las decisiones de Peña era conocido no sólo por trascendidos de prensa, sino por las voces de distintos funcionarios y empresarios que asociaban al secretario de Hacienda con las decisiones más importantes tomadas por el presidente para bien y para mal. La pugna natural entre Hacienda y Gobernación por el tema de la sucesión presidencial, se agudizaba por la fuerza política de ambos funcionarios, sus errores y aciertos. Osorio Chong, soportó Ayotzinapa, Tlatlaya y otros eventos relacionados con gobernadores ineptos y corruptos que fueron asumidos por el gobierno federal. Pero el tema Trump superó cualquier otro error pasado por su impacto más allá de las fronteras nacionales y en función de un nacionalismo mexicano herido por una acción incomprensible para la ciudadanía.

Más allá de los detalles de la disputa dentro del gabinete por la visita de Trump, queda claro que la decisión del presidente de aceptar la renuncia de Videgaray, sustituirlo por José Antonio Meade y enfatizar al mismo tiempo su compromiso de reducir el crecimiento de la deuda y presentar simultáneamente un Presupuesto austero ante el Congreso, tuvo como objetivo principal evitar especulaciones en los mercados financieros, y afianzar el control político en la figura de Osorio Chong. El nombramiento de Luis Enrique Miranda al frente de Sedesol está en línea con esta percepción en el sentido de convertir al actual secretario de Gobernación en la figura fuerte no sólo del gabinete, sino del presidente mismo.

Para Videgaray, el evento Trump se presenta como un fracaso que puede acabar con su carrera política, o servir como experiencia para superar la adversidad y buscar, ya no la candidatura priista a la presidencia en el 18, pero sí la gubernatura en el Estado de México, siempre y cuando pueda convencer a Peña Nieto de su capacidad para dejar atrás el suceso que lo sacó del gabinete presidencial. La difícil decisión tomada por el presidente obliga a éste a asumir una posición en donde los miembros de su equipo salgan a defender posturas evitando desgastar aún más su propia figura, y en donde el primer mandatario aparezca para presentar resultados tangibles de políticas puestas en práctica y que demuestren lo que se ha logrado en la instrumentación de las reformas aprobadas.

Es esta la última llamada para el presidente, quien se deshizo de su delfín, su brazo derecho y hombre de mayor poder y confianza dentro de su equipo de gobierno. Sus restantes dos años de gobierno tendrán que conducir a garantizar la estabilidad económica requerida en momentos de incertidumbre, al mismo tiempo que permiten una transición ordenada del proceso de sucesión presidencial. Todo lo que pueda añadir a estas condiciones indispensables de gobernabilidad le ayudará a mejorar su imagen y aumentar la fuerza política para tomar decisiones. Ni más, ni menos.

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