Opinión

Ucrania ante la desintegración

La situación es crítica: decenas de edificios públicos, oficinas de gobierno, comisarias, estaciones de policía han sido tomados y permanecen en manos de activistas prorrusos que exigen, por lo menos en tres ciudades al oriente de Ucrania, repetir procesos semejantes al de Crimea. Someter a consideración de la ciudadanía ––en poblaciones mayoritariamente habitadas por rusos o descendientes de rusos–– si quieren permanecer como parte de Ucrania o integrarse a la Federación Rusa.

El Kremlin desplegó 40 mil efectivos militares en la frontera, sólo en espera de una orden para entrar en acción e invadir al antiguo satélite soviético y terminar de “engullirse” al país por completo. Hasta ahora son las provincias de Donetsk, Jarkov y Lugansk las que están prácticamente bajo el control de estos supuestos milicianos, que no son otra cosa más que agentes rusos disfrazados de nacionalistas. El gobierno central e interino de Ucrania impuso un ultimátum que venció ayer sin mayores consecuencias, porque lo que sigue es el enfrentamiento, la sangre, las balas y finalmente la guerra. Comandos militares y policíacos de Ucrania tendrían que intentar recuperar el control y la posesión de dichos edificios, a un elevado costo, porque Putin y su ejército esperan justo ese pretexto para señalar que nacionales rusos se encuentran bajo ataque y persecución xenófoba y así entrar en acción en una supuesta operación para protegerlos. Es una película que ya vimos todos, en Georgia en 2008.

El presidente interino Olexandr Turchinov convocó a elecciones para el 25 de mayo, cuando tal vez sea demasiado tarde para reorganizar territorialmente al país. Putin le pide a Washington que utilice sus recursos de disuasión para impedir una acción militar de la OTAN o que Ucrania intente recuperar las provincias e inmuebles con la fuerza. Obama ––que sostiene conversaciones telefónicas semanales con Putin–– le pide en contraparte que retire a sus soldados de la frontera. Es un diálogo de sordos. Rusia pretende tomar control del importante complejo industrial de Ucrania, de su extensa producción de granos y por supuesto de todas sus instalaciones militares. En Crimea ya tiene posesión absoluta de cuarteles que son clave en la península.

Rusia ha faltado a su compromiso de respetar las fronteras y el territorio de sus vecinos. Desde 1990 y el derrumbe de la URSS esas promesas fueron hechas y firmadas con Occidente. Hoy, casi 25 años después, Putin las desecha con facilidad al tiempo que lanza una imponente campaña de promoción nacionalista. Es como la vuelta al pasado, cuando el poderoso Moscú mandaba desde la capital del imperio y lanzaba consignas y mensajes de unidad contra el monstruo corruptor del capitalismo. Hoy el monstruo es un viejo conocido: Occidente. Sus agentes corruptores son la OTAN y la Unión Europea, que persiguen y presionan a Ucrania para que rompa su tradicional alianza cultural, lingüística y étnica con Rusia, y se integre al bando contrario. Esta básica y muy primaria premisa es la que ocupa la mente y los sentidos del poderoso Putin.

Ucrania enfrenta el riesgo descomunal de la desintegración de su territorio, de perder provincias y regiones a manos del gigante ruso sin poder hacer prácticamente nada. Las sanciones económicas europeas y norteamericanas provocarán daño en la ya debilitada economía rusa, lo que será también aprovechado como instrumento de propaganda nacionalista. No aparecen salidas viables al mayor conflicto desde la Guerra Fría.