Opinión

Uber: el precio, el abuso
y la regulación

 
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Uber

Sin que recuerde quién mencionó a Uber primero, la discusión se puso álgida en segundos. “Hasta 9.9 veces la tarifa”, dijo uno, y de ahí fluyeron toda clase de descripciones: “es un abuso”, “no lo deberían permitir”, “sale más barato no ir a trabajar y que te descuenten el día”, escuché a alguien rematar.

Confieso que me causó gracia la combinación de ofensa y elocuencia que mostraron algunos de mis muy agradables interlocutores millennials.

No hace mucho, varios de ellos me habían inducido a usar Uber. Todos con su teléfono en mano, me enseñaron la foto de la aplicación con el ya famoso 9.9, reflexionaron que salía más barato no ir a trabajar y que te descontaran el día y luego migraron a debatir sobre los viajes colectivos recientemente ofrecidos por la plataforma. “El mercado se ajusta” me atreví a decir y no tardé en sentir su mirada fija.

Fue entendible. La molestia ante un incremento espontáneo de precio es incómoda en todo momento. Pagar un producto o un servicio deseado en un momento de notoria alta demanda, sobre todo cuando se tiene conciencia del costo de ese mismo servicio en momentos de demanda regular o baja, está lejos de ser agradable.

Esa molestia, sin embargo, está mal empleada cuando se reduce el hecho a la palabra abuso. El incremento en cualquier precio como consecuencia de la escasez es una señal de mercado a quien demanda un producto. Si tienes alternativas, eres oportunamente informado y nadie te obliga a aceptar esa condición, no es abuso. Menos si puedes instrumentar una acción alternativa.

En mis tiempos de estudiante, recuerdo una ocasión en que me subí a un taxi. El conductor del flamante VW ecológico sin asiento del copiloto pintado en verde que el GDF anunciaba entonces como la innovación regulada no prendió el taxímetro analógico que se usaba como determinador de la tarifa. Entre que me animaba, llegamos a mi destino y el señor me dijo son 60 pesos. Ese mismo viaje me costaba regularmente 40 pesos, con y sin taxímetro funcionando. No advertido previamente de lo que ahora se conoce como tarifa dinámica 1.5, me quejé y, palabras más palabra menos, me respondió: “Es lo que se está cobrando ahorita. Hay mucho pasaje buscando taxi” y reiteró su precio con cara de enojado. Sintiéndome muy mal tratado, ya debajo del 'vocho' saqué un billete de 50, bajé la cabeza y le respondí “esto es lo que le voy a pagar”. El chofer me arrebató el billete, me dio una cachetada muy bien puesta, jaló el cordón para azotar la puerta y se fue. Juzgue usted si eso fue abuso.

Con excepción de las empresas que subsidia el gobierno, las tarifas del transporte privado no suelen ser fijas. Varían por temporadas y por “n” razones, entre ellas la alta demanda. Uber dice que en los pasados días de crisis 68 por ciento de los usuarios pagó una tarifa regular, mientras que 20 por ciento pagó hasta el doble. El 12 por ciento tuvo que pagar una cifra mayor al doble. No encontré la especificación de hasta qué cantidad se llegó, pero quiero pensar que el 32 por ciento que aceptó de manera consciente y preadvertida el aviso de las tarifas caras, tuvieron razones de peso para hacerlo, porque el estándar de servicio por el que optaron les permitía esperar una tarifa regular.

Mucho cuidado deben tener mis amigos millennials y los no tan millennials en la forma en que verbalizan y canalizan su molestia por incrementos temporales en el precio del servicio que tanto promueven y usan. Direccionar su pasajero coraje al gobierno, dejando de lado la contradicción a los argumentos que en el pasado esgrimieron ante la reacción de los taxistas con placas concesionadas y los 'piratas', sólo ofrece parque a quienes han criticado el nuevo modelo de negocios, al margen de sus ventajas.

La crítica debe ser a la política comercial de Uber. Su uso debe adecuarse a las señales de precio y a las condiciones ofrecidas y si Uber no reacciona a su molesto mercado bien, búsquese alternativas en el mercado, no en la regulación.

Porque al margen de los picos de demanda que Uber pueda mal manejar, habemos muchos que preferimos tenerlos (con todo y su desproporcionado algoritmo) y no necesitarlos, que necesitarlos y no tenerlos.

El autor es empresario y conferencista internacional.

Twitter: @mcandianigalaz

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