Opinión

Turquía, ¿el “hombre enfermo” de Europa?

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Erdogan y Gul

Hace poco tiempo había mucha esperanza en el papel que podría desempeñar Turquía como puente entre Occidente y el mundo musulmán. Se le ubicaba como una potencia regional ascendente, en una zona caracterizada por violencia y enfrentamientos religiosos y étnicos. El ascenso al poder de Recep Tayyip Erdogan en 2003, al frente del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), trajo la posibilidad de construir una democracia moderna en un país mayoritariamente musulmán. Entre 2002 y 2012, la economía turca creció a tasas de alrededor de 5.0 por ciento anual.

Sin embargo, en lugar de ese actor fuerte y responsable que podría contribuir al equilibrio de poder en una región conflictiva, se encuentra a un actor debilitado interna y externamente. Su economía se empieza a estancar después de un decenio de crecimiento sostenido. En política internacional, el país parece un espectador de la guerra civil siria, más preocupado por contener a los kurdos que a los terroristas del Estado Islámico, con fuertes diferencias con otros actores regionales como Egipto, Irán e Israel. La conmemoración del centenario del genocidio armenio por el imperio otomano –que se rememora el día de hoy– es muy significativo de la pérdida de la autoridad moral de Turquía. Ante los mensajes del papa Francisco y del Parlamento europeo de hace unos días que conminan a Turquía a reconocer el genocidio armenio, la respuesta del presidente Erdogan ha sido tajante (“me entra por un oído y me sale por otro”). [1] No es esto lo que se esperaba de Turquía.

Sin embargo, la razón principal es la erosión paulatina de los dos pilares de la República de Turquía que concibió Mustafá Kemal “Atatürk”, su fundador: occidentalización y secularismo. Turquía ha tenido como aliciente para consolidar un régimen democrático, apegado al Estado de derecho y de respeto a los derechos humanos, ingresar a la Unión Europea. Sin embargo, a pesar de que ha buscado su membresía desde hace más de 50 años, se ha encontrado con el rechazo de varios países que obstaculizan su candidatura. Al frenarse sus aspiraciones, se han debilitado los pilares tradicionales de la república moderna. Por otra parte, Erdogan ha tenido un papel fundamental para minar el secularismo. Es un nostálgico que enuncia un pasado mejor en su discurso y que en la práctica le ha dado marcha atrás al transformar antiguas basílicas cristianas –convertidas en museos– en mezquitas y al recalcar las diferencias entre géneros, afirmando públicamente que el papel de las mujeres en la sociedad es el de “ser madres”.

En varias ocasiones, Erdogan ha expresado su admiración por la Rusia de Putin: un régimen nacionalista formalmente democrático, pero dependiente de un hombre fuerte. Desde su elección Erdogan ha ocupado interrumpidamente los principales cargos políticos: primer ministro y presidente. Su prioridad ahora es ganar las elecciones generales de este año en junio para cambiar la Constitución y transitar de un sistema parlamentario a uno presidencial. Erdogan señala que esta modificación facilitará tomar decisiones de manera más eficiente, mientras que sus detractores, como su exaliado, el expresidente Abdulá Gül, están preocupados de que sea una medida más para concentrar el poder.

Hace algunos años Huntington hablaba de la sociedad turca como dividida entre una élite modernizadora y unas bases tradicionales. Actualmente sería más preciso decir que la élite ha perdido la brújula. Ante un escenario que se avizora cada vez más complicado en la región, lo menos deseable sería perder a Turquía, interlocutor necesario para no reducir conflictos complejos a simplificaciones como el antagonismo entre la cristiandad y el islam. Sí, a Turquía le pesa el pasado, pero también se le escapa el futuro.

[1] La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948, define genocidio como “cualquiera de los actos […], perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. Bajo esta definición, la masacre y deportación de miles de armenios que ocurrió a partir de 1915 en el imperio otomano no goza todavía de aceptación universal. Algunas instancias que lo han reconocido son: la subcomisión de los Derechos del Hombre de la ONU (1985) el Parlamento europeo (1987), la Duma rusa (1995), el Parlamento italiano y El Vaticano (2000).

Twitter: @lourdesaranda

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