Opinión

Trumponomics

  
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Donald Trump. (Bloomberg)

La política económica del próximo gobierno está delineada pero no tendrá los alcances apuntados en la campaña. Sabido es que las declaraciones estruendosas y las promesas infinitas son sólo para efectos electorales.

Tanto Steven Mnuchin como Wilbur Ross, nominados para hacerse cargo de los departamentos del Tesoro y de Comercio, son veteranos de Wall Street y jamás han tenido posiciones populistas. En entrevistas concedidas en días recientes, ambos han atemperado mucho las propuestas de Trump. En el proceso de ratificación tendrán que mostrarse muy sensibles ante las dudas y críticas que despiertan. Y ya en el gobierno tendrán que ser flexibles y pragmáticos.

El diagnóstico que el candidato ganador hizo del raquítico ingreso medio de los estadounidenses (-3.0 por ciento) y del pobre crecimiento de la economía, culpa a la política fiscal y comercial. Altos impuestos, regulaciones excesivas y restricciones a la producción y aprovechamiento de los combustibles fósiles, no permiten la expansión de las empresas. Acuerdos comerciales mal estructurados elevan el costo de hacer negocios dentro de Estados Unidos y hacen menos competitivas a las empresas americanas en el mercado global.

Trump propuso reducir las tasas máximas a individuos y empresas. En el primer caso, la clase media elevaría su capacidad adquisitiva pero los más ricos acabarían pagando más o menos lo mismo, al eliminarse muchas exenciones que hoy los benefician.

Para las corporaciones la tasa máxima se reduciría de 35 a 15 por ciento, lo que les daría ventaja frente a países que actualmente tienen mejores niveles: Francia (34 por ciento), Italia, Alemania, Japón y México (30 por ciento), Corea (24 por ciento) y Reino Unido (20 por ciento).

Reducir impuestos para estimular la economía no es algo nuevo. Lo intentaron John F. Kennedy en los sesentas y Ronald Reagan en los ochentas. El problema siempre ha sido cómo evitar que eso dispare el déficit público. Máxime si al mismo tiempo se incrementa el gasto, como quiere el presidente electo, para lanzar un gran programa de infraestructura, revitalizar la Administración de Veteranos y sostener la mayoría de los programas sociales.

Los analistas calculan que ese programa económico podría llevar la tasa de crecimiento de 2.0 a 4.0 por ciento, pero en diez años el déficit aumentaría en tres trillones (americanos) de dólares.

Para evitarlo, la nueva administración haría ahorros, recortaría gastos, renegociaría los términos de la deuda y emitiría nuevos bonos de largo plazo, anticipando alzas en las tasas de interés. Hasta un trillón de dólares provendrían de la actividad económica adicional que se espera al repatriar utilidades o al disminuir los impuestos, establecer una moratoria de nuevas regulaciones federales y levantar las restricciones para abrir nuevas zonas a la producción de gas y petróleo.

Lo extraordinario es que calculan que los dos trillones restantes provendrán de la reforma a la política de comercio exterior. Suponen que al cambiar el marco de acuerdos comerciales, la producción interna y los ingresos arancelarios se dispararán, el déficit comercial se esfumará y regresarán los empleos que se habían fugado. Suena demasiado pretencioso.

Como suena demasiado fácil la fórmula de imponer un arancel de 45 por ciento a las importaciones de China, porque presumiblemente los productos de ese país se venden en Estados Unidos un 45 por ciento más abajo que los producidos ahí gracias a prácticas desleales (manipulación de la moneda, subsidios ilegales a las exportaciones, robo de propiedad intelectual, laxas regulaciones laborales y ambientales). Muchos advierten que hacer eso llevaría a una guerra comercial y a una recesión mundial.

Esta semana Wilbur Ross ha estado tratando de calmar a los ansiosos. China sufre de un tremendo déficit fiscal, tiene capacidad instalada sobrante y su sector exportador está estancado. Le costó mucho trabajo entrar a la Organización Mundial de Comercio y no le conviene para nada arriesgarse a que le impongan sanciones que le obstaculicen su relación con terceros países. Mientras que en Estados Unidos el sector exportador genera 27 por ciento del PIB, en China dependen hasta en 41 por ciento de sus ventas al exterior. O sea que, según el futuro secretario de Comercio, habrá tensiones pero no ruptura.

Pero incluso si se atemperan los ánimos y se logran mejores términos de intercambio, nada asegura que haya más crecimiento y, aún si lo hay, nada garantiza que la economía no se sobrecaliente, se dispare la inflación y caigan en recesión. La incertidumbre nos acompañará un buen rato.

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