Opinión

Trump y una nueva realidad de la Propiedad Intelectual

 
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Donald Trump

Hija adoptiva de la apertura comercial, la protección jurídica de Propiedad Intelectual en el mundo había obedecido en gran medida a los designios y presiones de Estados Unidos. Aún países de primer mundo como Japón y Canadá, o bloques como la Unión Europea, palidecían ante las exigencias del centinela perpetuo de los derechos sobre patentes y marcas. A partir de Trump las cosas podrían cambiar.

El viraje no obedecería a que Estados Unidos modifique sus pretensiones en relación a los altos estándares que espera observen sus socios comerciales, pero a partir del cambio de postura en relación a los tratados internacionales en formación, o en revisión, es predecible que pierdan legitimación aceleradamente como los grandes interlocutores mundiales de los derechos de Propiedad Intelectual. De hecho, la famosa certificación de lucha antipiratería que implica la sección 301, administrada por el gobierno de EUA, que prevé sanciones a países infractores, pasará a ser en este momento una caricatura de sí misma.

Dada la intimidad con la que han cohabitado estas normas con las políticas comerciales en los acuerdos multilaterales, se vislumbra que la inercia concluya y que la intensidad de los foros internacionales orientados a su promoción, defensa y negociación declinará a partir de este momento.

Debemos reconocer que más allá de sus convicciones ideológicas, los países de la región han respondido entusiastamente con leyes modernas, eficientes y neutrales a las tendencias marcadas por los acuerdos comerciales, a pesar de manifestar un grado de convencimiento vacilante respecto de la conveniencia de sobre tutelar derechos monopólicos de este tipo. En particular, discusiones sobre consumo de obras por internet y de patentes en medicinas, semillas y genética siguen siendo materias abiertas al debate.

En particular, nuestro país regularmente ha cedido en relación a la regulación de propiedad intelectual, a cambio de mejores posiciones en temas arancelarios, agrícolas y de manufactura. A la vista del viraje que se anuncia, es también predecible que los países con escasos compromisos internos de protección de patentes y marcas, manifiesten una creciente indiferencia a un tema que solo por imposición ha sido prioridad. Error lamentable.

Nuestro país tiene mucho trabajo por hacer, justo ahora, a contracorriente, para proteger expresiones de folclore, conocimiento tradicional e indicaciones geográficas. Las 3 leyes serían ejes de la protección de productos étnicos, que se vislumbran como importantes rutas de crecimiento en el futuro. En ese mismo contexto, ampliar la base de protección de signos distintivos, considerando las marcas no tradicionales (sonoras y olfativas), y corregir las carencias evidentes de nuestro sistema de patentes, representaría una invitación muy significativa para inversionistas de otras latitudes. Igualmente, promover una ley de competencia desleal se mira como inaplazable.

En resumen. Caer en la tentación de limitar la protección y observancia de este tipo de derechos, por revancha o simple pérdida del resorte promotor, es hacerle el juego a las posturas cínicas y desorientadas que pretenden desconocer los claros beneficios del comercio libre. Este debería ser, precisamente, el momento de modernizar, de corregir y de tomar decisiones propias apostando a los supuestos que en las últimas 3 décadas han traído beneficios tangibles a nuestras economías.

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