Opinión

Trump y sus bombas

 
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Donald Trump. (Bloomberg)

Y va de nuevo: con el peregrino argumento, probado falso en más de una ocasión, de que con menos impuestos los ricos invertirán más, la economía crecerá y así se compensarán los ingresos perdidos por la reducción impositiva inicial, el presidente Trump reinaugura la 'economía vudú' de Reagan, no obstante la acerada crítica de quien sería su vicepresidente y sucesor, y enfila a su país hacia nuevos y mayores desequilibrios. Y con él al mundo.

El calificativo de 'vudú' a la sofista teoría de la oferta, apoyada en la no menos mentirosa curva de Laffer, lo asestó Bush cuando disputaba la candidatura presidencial republicana contra quien luego derrotaría al 'imperio del mal' para dejarle al capitalismo triunfante un gran espacio geoeconómico y geopolítico por ocupar.

Más tarde, las zonas 'liberadas' se volverían fuentes de especulación y desorden político y económico, cuando no de guerras destructivas y autodestructivas del imperio como ha ocurrido por casi veinte años en Irak y el resto del Medio Oriente. Lejos del nuevo orden del que presumió el viejo Bush tras derrotar a Saddam en la primera Guerra del Golfo, Occidente ha tenido que encarar guerras sin fin, terrorismo en sus propios territorios, y desde 2008 una Gran Recesión que tampoco parece tener fin.

Es en ese contexto espacial y ya histórico que Trump pretende inaugurar una fase ominosa del capitalismo maduro con consignas delirantes de nacionalismo irreflexivo, racismo agresivo y violento y el dedo puesto sobre las consolas para bombardear a diestra y siniestra.

Así va el mundo y nosotros con él. Algunos esperan que en las tribus republicanas surja algún elixir de la sensatez y en el Congreso se ponga coto al delirio fiscal ahora encarnado por su presidente; otros, recuerdan que la reducción impositiva vista como varita mágica es parte del vademécum clásico del viejo partido. Como sus consecuencias suelen ser parte de las agendas demócratas destinadas a enderezar la nave del capitalismo americano que los conservadores siempre buscan convertir en acorazado del olvido.

La economía sólo se ve pujante para quienes no tienen más termómetro que los indicadores de Wall Street, pero las cifras duras de la actividad económica o de las brechas laborales hablan de otra cosa.

En realidad, no parece ser este un tiempo propicio para tocar begine the begine en materia fiscal, sino más bien para recordar los veredictos de la historia que nos hablan de las complementariedades virtuosas, siempre emprendidas pragmáticamente, entre el Estado y el mercado, entre la inversión privada y los emprendimientos públicos de inversión y fomento para crear nuevos continentes para la acumulación, la ocupación y el consumo de masas, los grandes pilares del impetuoso imperio americano.

Habrá que ver qué pasa finalmente con la iniciativa trumpiana de revolución fiscal que más bien huele a regresión. Lo que sería imperdonable es que so pretexto de tales medidas, aquí se procediera como en espejo y se llevara a cabo una revisión impositiva a la baja, dizque para ser competitivos. Algo así daría al traste con el reducido espacio fiscal que queda y cerraría el paso a su recuperación, indispensable gracias a un buen uso del alza de los petroprecios, una eventual recuperación del crecimiento y una política de endeudamiento destinada a crecer, en el entendido de que sólo así se pueden tener finanzas efectivas y duraderamente sanas.

Las campanas de la reforma fiscal no han dejado de sonar y, al calor del debate sucesorio, se dejarán oír con fuerza. Qué grave sería que, como autómatas, nos dispusiéramos a fundirlas para rematarlas como fierro viejo.

La alharaca guerrera que Trump volvió a proferir el sábado pasado, al celebrar sus propias gloriosas victorias luego de sus primeros cien días de pavor, debería ser leída aquí como otra llamada a la defensa del interés nacional. Lo que sólo podrá lograrse si nos arriesgamos a trazar un nuevo curso de desarrollo. No en consonancia con el reloj que Trump quiere imponer, sino fiel a nuestras necesidades, carencias y sentimientos.

Sólo así es que en verdad puede fincarse la buena vecindad que requerimos.

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