Opinión

Trump y México, dos riesgos

  
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El triunfo de Donald Trump llegó como un inesperado balde de agua fría. Un fracaso más para la democracia liberal, para las clases políticas tradicionales e incluso para las ciencias sociales (las encuestas, en su inmensa mayoría, auguraban una victoria holgada para Hillary Clinton). La preocupaciones más inmediatas en nuestro país ante la victoria de Trump son de carácter humanitario (la suerte de los millones de compatriotas que viven en Estados Unidos sin residencia legal); y económico (las acciones proteccionistas que Trump ha anunciado, particularmente en relación con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte). Sin embargo, el impacto potencial de la victoria de Trump se extiende a muchos otros ámbitos de la relación bilateral. En materia de seguridad, identifico por lo menos dos grandes riesgos.

El primer riesgo se desprende de las propias acciones que Trump ha anunciado en política migratoria. Es incierto hasta dónde el republicano querrá o podrá cumplir lo prometido. Ayer mismo señaló, en su primera entrevista larga después de las elecciones, que buscaría deportar “a quienes tengan antecedentes criminales, pandilleros, traficantes de drogas, probablemente dos millones, incluso tres millones; los vamos a sacar del país o los vamos a encarcelar”. Desafortunadamente Trump, como presidente, sí tendrá facultades amplias que le permitirán acelerar las deportaciones o eliminar el programa Dreamers, que actualmente protege a las personas que ingresaron irregularmente a Estados Unidos siendo menores. Respecto al muro, lo más probable es que termine construyéndolo en algunos tramos de la frontera. Parece más difícil
–aunque no puede descartarse– que se establezca una gran task force dedicada a la monstruosa tarea de 'cazar' migrantes en las ciudades y los campos de Estados Unidos, y lograr así la deportación masiva de millones de personas.

En cualquier caso, podemos esperar más deportaciones y mayores dificultades para cruzar la frontera. En el corto plazo, este cambio en la política migratoria beneficiará a las organizaciones dedicadas al tráfico de personas, las cuales tendrán un mayor mercado y serán más necesarias para los migrantes. Los cambios también incrementarán la vulnerabilidad de los migrantes, y con ello los abusos a los derechos humanos y la violencia criminal en territorio mexicano irán al alza.

El gobierno mexicano está a tiempo para prepararse para la crisis que generarían los cambios en la política migratoria. El Ejecutivo federal también debe denunciar ante la opinión pública internacional el impacto y el costo humano que tendrían las propuestas de Trump. En la actual coyuntura hay que hacerle lo más caro posible al magnate cualquier acción que lesione el interés nacional.

El segundo riesgo en materia de seguridad que vislumbro después de los resultados electorales de la semana pasada tiene que ver con la difícil relación que el próximo presidente de Estados Unidos tendrá con la burocracia en general, y muy particularmente con las agencias de inteligencia. Mal que bien, Estados Unidos ha sido un aliado de la política mexicana de combate al crimen organizado (ciertamente un aliado con agenda propia, pero un aliado a fin de cuentas). El principal beneficio de esta alianza para las autoridades mexicanas ha sido el acceso a información que ha sido crítica para concretar las principales capturas de capos y otros golpes a la estructura del crimen organizado.

Con el triunfo de Trump se abren serias interrogantes sobre la continuidad de la relación de trabajo entre las agencias norteamericanas de inteligencia y las autoridades mexicanas. Por una parte, es posible que la desconfianza y la retórica antimexicana permeen en los funcionarios que el nuevo presidente de Estados Unidos habrá de nombrar, y generen una menor disposición a compartir información.

Por otra parte, es posible que la presidencia de Trump afecte seriamente el funcionamiento y las capacidades de las agencias norteamericanas. El futuro inquilino de la Casa Blanca no gozará de la confianza de los funcionarios senior de prácticamente ningún sector del gobierno, y las agencias de inteligencia no son la excepción. Ya en agosto pasado un grupo de 50 destacados exfuncionarios, incluyendo a directores de la CIA y del Departamento de Seguridad Interior (Department of Homeland Security) firmaron una carta pública donde advertían que Trump sería “un presidente peligroso que pondría riesgo la seguridad nacional y el bienestar de Estados Unidos”. Las confrontaciones que tuvieron lugar en la campaña por el espionaje ruso, y las intenciones de Trump de revivir formas de tortura en los interrogatorios, han contribuido a alienar al aparato de inteligencia norteamericano.

El gobierno mexicano tiene pocas opciones para mitigar este segundo riesgo en el corto plazo, más allá de intentar mantener una buena comunicación con quienes queden al mando de las agencias con mayor presencia en México. En el largo plazo, la elección de Trump hace evidente la necesidad de modernizar al Cisen, una institución que no fue diseñada para combatir al crimen organizado sino para hacer espionaje político, y de crear un aparato de inteligencia con las capacidades y el perfil adecuado para resguardar la seguridad nacional.

Twitter: @laloguerrero

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