Opinión

Trump y la limpieza racial

       
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Donald Trump (Reuters)

Trump abrió su precampaña con una declaración tronante: México nos exporta violadores y delincuentes. Nunca se retractó. Ni siquiera cuando la deshonrosa y humillante visita a México, que remató con la reiteración de la construcción del muro.

En las semanas previas al primer debate, cuando la campaña estaba reñida, Trump declaró que él era la última oportunidad para que el pueblo estadounidense eligiera un presidente republicano (léase: blanco, anglosajón y protestante), porque en la siguiente contienda el peso de los hispanos sería arrollador.

En la misma sintonía, en su discurso de toma de posesión, la condena ya no fue exclusivamente contra los ilegales (violadores y delincuentes), sino contra México que ha abusado de Estados Unidos (EU) robándole empleos e ingresos a los estadounidenses.

Poco después, se refirió a que había perdido en la votación popular porque tres millones de ilegales, el mismo monto que favoreció a Clinton, habían votado ilegalmente en su contra.

Finalmente, en la firma de una orden ejecutiva ante el nuevo fiscal Sessions, cuyo racismo está ampliamente documentado, se refirió a narcos e inmigrantes ilegales como responsables de la violencia y la inseguridad, y llamó a ser inflexibles.

Se puede, pues, constatar que el discurso contra los ilegales y a favor de las deportaciones masivas ha sido constante y consistente. Y lo mismo ocurre con la construcción del muro, que es la otra cara de la medalla: el primer paso es la deportación masiva; el segundo, impedir el retorno de ilegales.

Hubo una sola afirmación que fue mentira: ya como presidente electo señaló que la deportación se concentraría en tres millones de ilegales que tienen antecedentes penales. La trampa estaba en el término ‘antecedentes penales’. El caso de Guadalupe García, que el alcalde de Phoenix resumió en unas cuantas palabras, lo ilustra perfectamente: “En vez de buscar criminales y traficantes de drogas, nuestras autoridades migratorias gastan su energía en deportar a una mujer con dos hijos norteamericanos que ha vivido aquí más de dos décadas y no es una amenaza para nadie”. El único delito de Guadalupe: haber utilizado un número de seguridad social para obtener empleo.

Así que no hay que llamarse a engaño: las deportaciones masivas se harán sistemáticamente hasta lograr una suerte de limpieza racial. Se trata de un cálculo de largo plazo, pero también de corto: hay que limitar, por no decir eliminar, el poder y el peso que tienen los latinos en los procesos políticos.

Y al respecto, no hay que obviar lo obvio: la pasada contienda se jugó en esos términos. Clinton apostó al voto diverso, particularmente de los hispanos, y Trump a la movilización del voto blanco. El clivage era tan claro que The New York Times lo puso en negro sobre blanco cuando en un editorial –en español– llamó a los hispanos a votar por Clinton para detener la amenaza Trump.

Por desgracia, las encuestas muestran que ese llamado falló, ya que a pesar de todo Trump obtuvo un voto relativamente destacado entre hispanos. Pero en fin, la razón profunda de esa estrategia es de orden eminentemente supremacista. Trump-Bannon no pueden deportar a los negros, pero sí a los mexicanos ilegales, morenos y mestizos, y prohibir la entrada de musulmanes.

La construcción del muro y las puertas maravillosas que tendrá, según ha dicho el propio Trump, supone que los mexicanos serán bienvenidos como jardineros, meseros, albañiles, pero jamás tolerados como ciudadanos.

El propósito es echar atrás las manecillas del reloj de la historia y terminar de una vez por todas con esa América diversa que celebraba Obama, y Clinton retomó en su campaña.

Ya es hora de que todos entendamos, particularmente Peña y Videgaray, que nos enfrentamos a una política sistemática antimexicana, basada en el supremacismo, que rompe definitivamente cualquier proyecto de integración Norteamericana.

El muro es instrumento y mensaje: la América del Norte es anglosajona y exclusivamente anglosajona. Empieza en la frontera del río Bravo y termina en los confines de Canadá y Alaska. O, para expresarlo con palabras del presidente número 45 de EU: “No quiero tener nada que ver con México salvo la construcción de un MURO impenetrable y que dejen de estafar a Estados Unidos”.

Twitter: @SANCHEZSUSARREY

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