Opinión

Trump, su racismo no es sorpresa

   
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ME. El señuelo fiscal de Trump.

No debe sorprendernos el ascenso de Donald Trump como candidato a la presidencia por parte del Partido Republicano. Por muchas décadas, los republicanos ejercieron un racismo velado hacia las minorías étnicas. Sus posturas extremas bordeaban el racismo. Trump fue un paso más allá: del racismo velado al abierto y abyecto.

En la elección presidencial de 1964 el candidato republicano Barry Goldwater, senador de Arizona, sufrió una vergonzosa derrota a manos del demócrata Lyndon B. Johnson (LBJ). Goldwater sólo ganó su estado natal de Arizona y cinco estados sureños (Misisipi, Alabama, Luisiana, Georgia y Carolina del Sur). LBJ ganó los otros 44 estados además del Distrito de Columbia.

Durante las presidencias de Johnson (desde el 22 de noviembre de 1963, fecha en que muere John F. Kennedy, hasta el 20 de enero de 1965, cuando asumió la presidencia con 61.1 por ciento del voto popular, y hasta el 20 de enero de 1969 cuando le entregó el poder a Nixon) se realizaron las reformas civiles más extraordinarias en la historia de Estados Unidos. En especial la Ley de los Derechos Civiles de 1964, que prohibía la segregación racial en lugares públicos; y la Ley de Derecho al Voto de 1965, que garantizaba el derecho al voto para la gente de color, eliminando así la discriminación racial en los diferentes niveles del gobierno.

Si bien los republicanos perdieron a manos de Johnson la presidencia, ganaron los estados sureños. Pusieron en práctica la llamada 'estrategia del sur'. Esto es, una táctica de acercamiento a la población blanca sureña denunciando la política antisegregacionista del demócrata Johnson. En sus dos campañas exitosas para la presidencia, el californiano Richard M. Nixon instrumentó con eficacia esta estrategia, que no era otra cosa más que explotar el racismo de esa región del país. Prometió a sus electores que no instrumentaría las reformas civiles de Johnson.

En 1980 otro republicano y californiano que llegaría a la Casa Blanca, Ronald Reagan, continuó instrumentando la estrategia del sur. Pero esta vez sumó a las fuerzas religiosas evangélicas, logrando lo que se llamó 'la mayoría moral'.

La estrategia del sur consolidó el apoyo de los blancos sureños, especialmente de los hombres, al Partido Republicano. Era una buena apuesta. Para las elecciones presidenciales de 1980, el electorado blanco representaba 88 por ciento del voto.

Al racismo velado republicano también se le conoce como 'silbato para perro' (dog whistle politics). Es decir, un silbido de alta frecuencia que sólo los perros pueden escuchar. Los republicanos usaban un lenguaje codificado que tenía algo especial que resonaba en el electorado blanco.

El profesor de derecho de la Universidad de California en Berkeley, Ian Haney López, ha realizado un análisis sobre el manejo del Partido Republicano del silbato para perros, es decir, su táctica de racismo velado. Como candidato a la Casa Blanca, Ronald Reagan utilizaba la expresión welfare queens, las reinas de la asistencia social. Al usar esta expresión, la población blanca sabía que él estaba refiriéndose a las mujeres afroamericanas pobres que vivían de la asistencia. López ha revelado cómo el uso del silbato para perros rindió grandes resultados en el electorado blanco e incluso fomentó la idea que posicionaba a los grupos minoritarios como el enemigo del país.

No fue sino hasta 2010 que Michael Steele, el primer presidente afroamericano del Comité Nacional Republicano (CNR), admitió que por más de cuarenta años el partido se privilegió del voto de hombres blancos y que marginó el voto afroamericano.

Pero la demografía del país estaba cambiando rápidamente, diluyendo el poder de los votantes blancos, y la derrota de Mitt Romney en 2012 obligó al Partido Republicano a repensar en su estrategia electoral. El nuevo presidente del CNR, Reince Priebus, encabezó un revisionismo y publicó, en 2013, el reporte “Crecimiento y oportunidades”. Con este informe llamaba a la modernización de la estrategia acercándose a las minorías: mujeres, afroamericanos, asiáticos, latinos y homosexuales.

Trump ni siquiera consideró la nueva estrategia incluyente. Al lanzar su candidatura en la Trump Tower el 16 de junio del año pasado, fue más allá del silbato canino. Ladró como un perro en contra de los inmigrantes, en especial contra los mexicanos. No debería asombrarnos que los electores blancos, en especial los de baja educación y con miedo al futuro, aplaudieran a Trump. Con sus ladridos, Trump únicamente puso al descubierto un racismo y odio hacia las minorías inculcados durante décadas por varios líderes republicanos.

Trump y su racismo no deben sorprendernos. Es producto de una larga y esmerada estrategia republicana que comenzó en el sur hace cerca de medio siglo.

Twitter: @RafaelFdeC

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