Opinión

Trump o el mal ya está hecho

 
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ME. ¿Y si gana Trump?

Es muy probable, al menos faltando un mes para que se celebren los comicios, que Donald Trump no sea presidente de Estados Unidos. Un suspiro generalizado de alivio. Luego tendrá que venir la reflexión.

¿Cómo es que dejamos que ocurriera esto?

Las posiciones irán desde “¡no podemos permitir que vuelva a suceder!”, hasta “Trump revitalizó la democracia al ponernos en alerta”. Lo cierto es que vino a removerlo todo. Abrió la puerta a lo que viene: la irrupción de los payasos. No es algo nuevo por cierto. Berlusconi en Italia y Hugo Chávez en Venezuela usaron el espectáculo para llegar al poder y lo siguieron ejerciendo ya en funciones. Lo nuevo fue la magnitud del asalto. Después de lo alcanzado, ¿qué payaso mediático o religioso-carismático se contendrá? Si la democracia norteamericana, con su tradición de 240 años, apenas pudo resistir el embate (eso espero), ¿qué defensa tendrá nuestra endeble democracia, con apenas 19 años, para enfrentar algo semejante?

El año pasado, en Guadalajara, el payaso Lagrimita logró su inscripción como candidato a alcalde. Por fortuna perdió. Pero ganó Cuauhtémoc Blanco en Cuernavaca. Abona esta situación, por supuesto, el descrédito de la política, su corrupción e ineficacia. El caldo de cultivo ya está listo. Esperemos la salida del monstruo.

La pregunta no es: ¿cómo permitimos que un imbécil como Trump llegara hasta donde llegó? Sino: los millones que lo apoyan o simpatizan con él, ¿sabían o no que era un imbécil? Me apresuro a responder: claro que no. Pensaban en él como alguien exitoso, gran hombre de negocios, como una figura poderosa que detendría la migración y acabaría con el terrorismo. ¿Cómo es que tantas personas llegaron a esa conclusión? Por la televisión, por el personaje –de patán– que se inventó para ese medio. Porque la gente simpatiza con los triunfadores o los que aparentan serlo. Trump (y los que lo siguieron) demostró que con la mentira y el insulto se puede llegar muy lejos. Uno se espanta al ver el bajo nivel de nuestra clase política, sin darnos cuenta de que puede ser mucho peor, de que el deterioro no tiene límites.

Circula en estos días Trump, ensayo sobre la imbecilidad (Malpaso, 2016), de Aaron James. “El imbécil –dice James– actúa impulsado por la firme convicción de ser especial y no estar sujeto, por lo tanto, a las normas de conducta comunes a todos los demás”. Su mantra: Soy rico. 
Soy un triunfador. Soy el mejor. “El atractivo de Trump –sigue James–, para quienes desprecian el sistema establecido, supone la esperanza de la implantación del orden por parte de un déspota”.

Eso es lo que se encuentra en el centro de la entronización de un imbécil: un anhelo de autoritarismo, el deseo de permitir que entre la violencia en la política y en la vida para, según ellos, que la sociedad se ponga de nuevo en movimiento. El pasado 4 de marzo, en uno de sus mítines, pidió Trump a sus seguidores que sacaran a un opositor del auditorio: “Intenten no hacerle daño. Si no lo consiguen, yo me encargo de defenderlos en los tribunales”. Cinco días después, recordando otro altercado reciente, dijo: “Nos acompañaban algunos tipos duros y se pusieron a devolver los golpes. Fue un momento hermosísimo”. Cuando Trump califica “de hermosísimo el caótico altercado del mitin –señala James– parece estar evocando la estética erótica del fascismo (…) la unión de las masas en torno al odio”.

Desde Aristóteles sabemos que las democracias mueren por la aparición de los demagogos. No se les puede proscribir, se les vence sólo en el terreno del debate y la exposición continua de sus mentiras. La democracia está expuesta a estos ciclones recurrentes. Aaron James en su libro propone algo extremo: reformar el pacto social, rehacer el tejido social con políticas que subrayen la colaboración en vez de la competencia despiadada, que es el terreno del cual surgió Trump. Me parece que el fenómeno rebasa con mucho los límites que James le impone. Trump se explica por el contexto norteamericano, pero el mismo desprestigio de la política lo estamos viendo en muchos puntos del planeta. Ese desprestigio generalizado es el preámbulo a soluciones despóticas. A falta de sociedad demandante y organizada, el surgimiento del payaso autoritario. En las campañas: concursos para ver quién insulta mejor.

Parece que esta vez, en Estados Unidos, se impondrá la razón. Sin embargo, el deterioro de la política seguirá, volverán de nuevo los imbéciles, más organizados, para asaltar la república. Se pregunta Aaron James: “¿Quién es lo bastante estúpido para dar por supuesto que es posible dominarlo?” El tirano mediático autoritario toca a la puerta.

Twitter:@Fernandogr

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