Opinión

Trump no come galletas

En nuestro país el sector de alimentos procesados ha experimentado una expansión sin precedente en los últimos años. Ese ha sido uno de los factores clave para el avance del sector primario y para el incremento del empleo y el consumo.

Entre las firmas que han invertido fuerte en México está Mondeléz International (antes de 2012 denominada Kraft Foods), cuyas marcas son ampliamente conocidas en el mercado: Tang, Halls, Trident, Bubbaloo, Maxwell House, Toblerone, Nabisco, Clorets, Cadbury, Ritz, Chips Ahoy, Animal Crackers.

Es una multinacional que ocupa a varios miles de mexicanos: Chiclets Adams en Puebla es el segundo empleador del estado después de Volkswagen. Beneficia también a toda la cadena de suministro: para hacer el queso crema Philadelphia, compra cada año 150 mil toneladas de leche a productores de Hidalgo, Guanajuato, Jalisco y Aguascalientes.

En 2013 Mondeléz anunció la construcción, en el Interpuerto de Salinas Victoria, de la planta automatizada de elaboración de galletas más grande del mundo. Desde ese lugar, por ferrocarril o carretera, la carga tarda no más de seis horas en cruzar la frontera con Estados Unidos. Para Nuevo León esa inversión implica la creación de 600 puestos permanentes y compras seguras para más de dos mil proveedores.

El problema es que la empresa, que quiere seguir siendo la primera productora mundial de dulces, chocolates y galletas, está sometida a una fuerte competencia. Tenía que aminorar sus costos de operación y sustituir sus obsoletas líneas de producción en Estados Unidos. Así que propuso una reducción de prestaciones a 600 empleados en su anticuada fábrica de Chicago. Como ellos no aceptaron, los liquidó y ahora elabora las galletas en el noreste de México. Es posible que pronto suceda lo mismo con factorías en New Jersey, Oregon y Virginia.

Pero además, no es cualquier cookie; son las famosísimas Oreo, las más vendidas del mundo y orgullo de la confitería estadounidense. Los dos discos de pasta de chocolate con crema de vainilla en medio se venden desde 1912 y son parte de la cultura popular de los americanos. El anuncio de televisión del niño remojando su Oreo en leche ha tenido docenas de versiones; le han compuesto populares canciones y aparece en innumerables cuentos infantiles, series y películas. Quién no recuerda “Apuesta final” (Rounders) en la que John Malcovich juega póquer con Matt Damon mientras Edward Norton los observa. Matt descubre que cuando John separa las galletas antes de comérselas, le está indicando inconscientemente cuando tiene las cartas (si el relleno se queda totalmente de un lado) y cuando está blofeando (si no se separan limpiamente).

Así como a nosotros nos indigna que se destile tequila en Japón o se troquelen figuras de la Virgen de Guadalupe en China, a muchos norteamericanos no les parece bien que las Oreo se hagan fuera de su país. Ello explica que apoyen el boicot lanzado por la AFL-CIO el pasado 3 de mayo. La central sindical pide a los consumidores que revisen, en el empaque de las galletas, en dónde fueron horneadas y, si aparece la leyenda “Made in Mexico”, no las compren. Para contrarrestar la campaña Check The Label, los mercadólogos sólo están poniendo MS (México Salinas) en las etiquetas.

Este es sólo uno de muchos ejemplos de cómo el comercio global tiene resultados diferenciados para sus participantes. Es evidente que la superplanta de Monterrey, recientemente ampliada, impulsa nuestra economía y crea oportunidades para los mexicanos. También es cierto que permite a la compañía mantener su liderazgo y dar buenos dividendos a sus accionistas. Pero lamentablemente, deja sin chamba a personas que llevaban muchos años trabajando para ellos e inquieta a quienes asocian la permanencia de su nación con la autenticidad de productos característicos.

Ese público es por ello sensible a los llamados proteccionistas de Donald Trump. Le suena lógico imponer altos aranceles a las importaciones para mantener abiertas las industrias y evitar la fuga de plazas de trabajo. Creen realmente que esa es la fórmula para regresar al mítico pasado de prosperidad ilimitada (Make America Great Again) y por eso lo siguen.

Cuando Trump dice teatralmente: “No volveré a comer una Oreo”, indudablemente está sumando votos.

También te puede interesar:
Hillary, ¿análoga o digital?
Sanders, sustancia y estilo
Sueños de verano