Opinión

Trump irrumpió para quedarse y…

1
  

   

Donald Trump

SYRACUSE, EU.– La gran sorpresa del arranque electoral por la presidencia de Estados Unidos es que Trump llegó para quedarse. Contra todo vaticinio, ha encabezado las encuestas durante todo el verano y los más versados comentaristas políticos de este país, como Norman Orstein, del centro de investigaciones American Enterprise Institute, consideran que la candidatura republicana está fuera de su alcance.

El primer debate televisivo de los precandidatos del 6 de agosto no resultó ser la barrera infranqueable que se vaticinaba. Por el contrario, ganó el debate.

Según las encuestas agregadas del Huffington Post, Trump tiene un amplio margen con un promedio de 26.1 por ciento. Su más cercano competidor, Jeb Bush, con un distante 10.3, Ben Carson 9.7 y Marco Rubio con 7.3 por ciento.

Tres elementos interrelacionados explican su fortaleza y sus posibilidades de dar la sorpresa y conseguir la candidatura republicana.

Lo primero es la fascinación de los medios. “No hay tal cosa llamada mala publicidad,” es una frase de cabecera de los publicistas que capta muy bien el fenómeno mediático en que se ha convertido Trump. Lo que para cualquier otro candidato se hubiesen tornado en errores costosísimos, a éste se le resbalan o bien, lo fortalecen. Por ejemplo, su ataque al veterano y héroe de guerra, el senador por Arizona John McCain (poniendo en duda su heroísmo porque cayó prisionero), causo un gran frenesí que lo mantuvo más de una semana en las primeras planas. También su más reciente fricción con Jorge Ramos de Univisión se ha convertido en una de las noticias más comentadas por los propios periodistas. Es decir, hay una especie de círculo perverso
“periodistas-sensacionalismo trumpeano” que no parece tener fin. Trump está acaparando más de 50 por ciento de toda la atención mediática a los candidatos republicanos; es decir, recibe más cobertura que todo el pelotón de 16 candidatos.

Esta desmesurada atención está teniendo un impacto directo en las encuestas. Especialmente ahora que arrancan las campañas, los electores no ponen demasiada atención en los detalles de las posiciones políticas de los candidatos. De manera que a estas alturas de la carrera electoral lo que cuenta es reconocer el nombre y la marca Trump, que es de sobra conocida. Segundo, enarbola la bandera antiestablishment con su populismo puro y rudo. No es novedoso que un candidato haga de su cruzada antiWashington la base de su plataforma, como lo hizo Goldwater en 1964 o Reagan en 1976 y 1980. Lo que no tiene precedente es la forma grosera, para algunos, o directa para sus seguidores, en que Trump lanza sus ataques. Sus criticas histriónicas contra la clase política o contra los migrantes mexicanos, son bálsamo puro para muchos enojados de este país, destacando la base más activa del partido republicano: los evangélicos blancos.

Trump es la antítesis de la personalidad de Obama, “no drama Obama”. Un político siempre correcto que muy rara vez deja escapar sus emociones. De manera que como bien señala Orstein en un excelente artículo en The Atlantic, en la medida que Obama se ha fortalecido en su segundo periodo y los líderes legislativos republicanos se tornan más impotentes, “la rebelión contra el establishment y el deseo de frenarlo es más fuerte.”

Finalmente, Trump está al frente de la carrera presidencial por lo que en el argot político mexicano llamamos vitamina “P”, que da una energía y vitalidad sorprendente a quien la utiliza: los políticos con poder. Trump está visiblemente deslumbrado con el poder, con la atracción de multitudes; se muestra fascinado entre reflectores y presume todo el tiempo que su equipo tiene que encontrar espacios mayores para poder albergar a sus seguidores. Esta semana en un evento en Alabama, Trump mostró su poder para atraer a las masas de anglosajones enojados, reuniendo a 30 mil espectadores. El contraste entre los dos punteros republicanos del momento es notable. Trump es un destello de energía y bravuconería; un gandalla que trasmite que las puede todas. Bush es la esencia del establishment, cuidadoso, estudiado, un buenazo que no parece que pueda salirse con la suya.

Antes de que Trump lanzara su candidatura, la final de la contienda presidencial más esperada era entre la demócrata Hillary Clinton y el republicano Jeb Bush. Ya no es así. Si de finales mediáticas se trata, Trump es, sin duda, el candidato estelar de los medios de comunicación masiva, especialmente de la aún poderosa televisión.

Twitter: @RafaelFdeC

También te puede interesar:
Por qué debe México impulsar el acuerdo nuclear G6-Irán
¿A quién le gusta Trump?
La decisión de Gander