Opinión

Trump: de timador a depredador

   
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Donald Trump (Especial)

Enrique Krauze se equivoca. Donald Trump no es un fascista. No lo es porque carece de ideología y principios. Eso no lo vuelve, sin embargo, menos peligroso.

La definición de Bloomberg, durante la Convención Demócrata, se ajusta más a la realidad y al personaje: “A lo largo de su carrera, Trump ha dejado atrás un historial bien documentado de bancarrotas, miles de pleitos, accionistas enfadados, proveedores que se sienten estafados y clientes desilusionados que se sienten robados”.

Bloomberg sintetizó su definición en tres palabras: timador, demagogo peligroso e incendiario. Posteriormente, Paul Krugman propuso una hipótesis paralela: la admiración-veneración de Trump por Putin se explicaría por motivos económicos, ya sea porque mantiene negocios con los amigos del presidente ruso o porque desea hacerlo.

La historia en cuestión viene de lejos y ha sido ampliamente documentada. Sus intentos de hacer negocios en Rusia se remontan a los años 80. Lo relevante es que esta clave de lectura podría ser aplicada a su posición sobre México.

Trump ha estigmatizado a los mexicanos porque es racista, pero también oportunista. Encontró el chivo expiatorio perfecto para canalizar la rabia y angustia de millones de blancos que han perdido sus empleos o su nivel de ingresos.

Su postura proteccionista tiene también propósitos electorales. No importa que no sea una explicación racional. Le sirve para canalizar el enojo y resentimiento de amplios sectores sociales. Pero hay que agregar que siendo un timador busca obtener un provecho personal, contante y sonante, en todo lo que emprende.

Me explico. Su incursión en la política ha sido como la historia del burro que tocó la flauta. Lo que no iba a pasar de ser un divertimento, por el que nadie apostaba un centavo, se convirtió en el premio mayor. Y súbitamente está a un paso de la Casa Blanca.

Esa candidatura lo ha dotado de un poder que jamás había soñado ni experimentado. Porque no es lo mismo humillar a una persona que a una nación y su presidente. Por eso la visita a México debe haberle sabido a gloria.

La misma escala vale para los negocios. Tampoco es lo mismo timar a un conjunto de personas o accionistas que detentar súbitamente el poder de quebrar un país entero y ponerlo en subasta. El timador se transforma en depredador.

Ese es el poder que Trump está adquiriendo sobre México. Para ponernos contra la pared no tendría que cancelar el TLC, bastaría con que endureciera sus declaraciones y recurriera a mecanismos que tendría a la mano como presidente de EU.

Esta es la lectura que se puede y se debe hacer de un timador y demagogo incendiario. Su avaricia y procacidad dan para eso y más, y pueden ser ilustradas con un solo dato: el hombre que presume una fortuna de 10 billones de dólares, tomó 150 mil dólares de un programa destinado a ayudar a los pequeños negocios afectados por los atentados del 11 de septiembre.

La definición de Hillary Clinton y la de los cincuenta exaltos funcionarios de seguridad nacional, todos republicanos, en el sentido que Trump es una “bala perdida” y un peligro para la seguridad nacional de EU, completan el perfil del personaje. No es un hombre confiable ni dentro ni fuera de su país.

Sin embargo, lo no confiable, no le quita lo taimado. Planeó y ejecutó su visita a México con el pretexto de acercarse al electorado hispano. Pero eso fue una cortina humo, como lo confirmó su discurso en Arizona. La foto en Los Pinos era el verdadero objetivo. Videgaray, la estrella fulgurante del gabinete, fue grotescamente burlado. Recibió cuentas de vidrio (palabras de humo) a cambio de oro puro (imágenes presidenciales humillando a México y Peña Nieto).

Confiar en la palabra de Trump, o en que se atempere una vez que se instale en la Casa Blanca, no es una ingenuidad, es una verdadera estupidez. Un gesto de dignidad, exigiendo una disculpa pública y negándose a abordar el tema del muro, hubiera sido la puntilla para su campaña. En lugar de eso, se le recibió con genuflexiones y alfombra roja. Hoy la contienda está empatada. Y el peligro de que el timador se convierta en depredador y nos arrolle está más cerca que nunca.




Twitter: @sanchezsusarrey

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