Opinión

Trozos de Lobo Antunes

Gil caminaba sobre la duela de cedro blanco en busca de una cápsula para la melancolía. La industria química no las ha inventado todavía, pero para eso existe la literatura. Un libro: Conversaciones con Lobo Antunes, de María Luisa Blanco, Siruela, 2001. Una larga conversación de diversas sabidurías en voz de uno de los grandes escritores iberoamericanos. Un puñado de cápsulas sobre la escritura y otros temas convexos, quién sabe qué quiera decir esto, pero van:

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La mesa literaria es muy pequeña, hay muy poco sitio en ella y mucha gente que quiere ocultar un espacio. Si tú haces mal un libro, es normal, no te quedas fuera. Éste es un mundo muy cruel, y la caída es muy rápida. Yo he visto caer a Jorge Amado, por ejemplo. Nadie lo lee ahora.

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A veces, cuando estoy escribiendo, me invade una sensación muy curiosa: tengo la impresión de que estoy de un lado del papel y que el papel está del otro lado. Después, paulatinamente, voy confundiéndome, me fundo con el papel y con la escritura, y acabamos estando los dos del mismo lado.

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Tuve un profesor en la Facultad de Medicina que decía: “Los enfermos mejoran a pesar del médico”. Y eso pasa muchas veces con el libro. Porque tú no tienes planes concretos: empiezas en una dirección y el libro es el que te va llevando hacia la que él decide.

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¿Cual es el final de un libro? ¿Cuándo está acabado? Pienso que es cuando la novela no permite que la corrijas más. Lo intentas y no puedes, no hay forma de intervenir en ella. Es como el fin de una historia con una mujer.

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Cuando escribo tengo que tomar válium, porque si no, no duermo. Aun así duermo conectado al libro, me despierto dándole vueltas a las palabras, los personajes me persiguen y adquieren, por otra parte, una realidad tan extraña que es como si viviera con ellos, como si viviera rodeado de fantasmas que cobran cuerpo en mi vida cotidiana, y parece que fueran una parte más de ella.

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Si el libro es bueno, tiene que defenderse solo. Si no es bueno, morirá, y si es bueno, quedará, tú no tienes que ayudarlo. Cualquier persona inteligente puede decir cosas mucho más interesantes de la novela que el propio autor, porque la visión que el escritor tiene siempre es parcial. A mí me da lástima cuando buenos escritores se ponen a hablar de su trabajo, porque su trabajo es escribir.

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A veces estoy leyendo a otros escritores, buenos escritores, y me dan ganas de ponerme a corregir su novela, no son correcciones importantes, pero el libro mejoraría mucho si las hicieran. No entiendo porqué, siendo buenos escritores, no trabajan sus libros. Quizá piensan que lo saben ya todo, y eso me asombra. Como también me asombra lo poco que saben de literatura. Recuerdo un manuscrito de Cortázar en el que, en una página, no había una sola línea que no tuviera correcciones.

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En una novela tienes que dejar que el lector respire, y el escritor es el que tiene que proporcionarle ese oxígeno. Hay un poeta portugués que decía: “Ser espontáneo me cuesta mucho trabajo”.

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Nadie que no sea un especialista discute a un físico o a un matemático si está bien o mal su trabajo, sin embargo todo el mundo piensa que sabe lo que es un buen libro o un libro malo. Pero la literatura es igual de complicada que el más complicado de los problemas técnicos o científicos. Muy complicada. Y cuanto más trabajas, más comprendes que sabes poco.

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Sólo quiero que mi escritura sea eficaz en el sentido de lo que decía Tolstoi, para quien un buen escritor era aquel que no sacrificaba la implacabilidad de su relato a la tentación de una pirueta, de una metáfora o un adjetivo.

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La lectora y el lector lo saben: los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Los camareros se acercan con las bandejas, todo parece en orden, pero una sombra melancólica cubre a Gamés mientras una máxima de Lobos Antunes se desliza por el mantel tan blanco: “Tus amigos son los que tenías antes de los libros”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX