Opinión

Tres reflexiones

Dos millones y medio de personas desfilaron en Francia ayer domingo para manifestarse contra la barbarie de los últimos días. Millón y medio de ellos en París. Tres reflexiones al respecto.

Primero, hubo un ataque directo sobre la revista Charlie Hebdo motivada por las caricaturas de sus portadas. Se trata de un semanario que va más allá del sarcasmo, y cuyas portadas suelen ser, cuando menos, irrespetuosas. Aunque no ha atacado sólo al islam, sí había concentrado su atención en ellos a últimas fechas. A pesar de que el tipo de humor de la revista no me atrae en absoluto, es importante recordar que uno de los pilares de la forma de vida occidental es la libertad de expresión, que es inexistente si en ella no se incluyen la burla y el insulto. Para muchos es difícil entender esto, pero si una expresión que alguien considera insultante debiera ser limitada, nos encontraríamos mudos muy rápidamente. La corrección política es un buen ejemplo de cómo se pierde cuando se quieren cuidar los ánimos de todos.

Sin embargo -segunda reflexión-, como ocurre con todos los derechos, debe haber un límite que impida dañar los derechos de otros. La gran aportación occidental en esto es reconocer que no existe un baremo universal y atemporal que permita decidir esos límites. Dónde termina el insulto irrespetuoso e inicia la incitación al odio es algo que debe decidirse continuamente, y para eso existen las Cortes. Ahí se decide, y no mediante la fuerza de un grupo que considera que sus ideas y creencias son superiores a las del resto. Por si hubiese duda, el ataque al día siguiente a un mercado judío evidencia el intento de imponer creencias a los demás.

Occidente ha construido una forma de vida muy diferente a la conocida por los humanos en toda la historia. La separación de la vida diaria y el poder político de la religión y su moralidad (es decir, su escala inmutable de valores) costó muchos millones de muertos y varios siglos. Ha dado como resultado los dos grandes valores de la actualidad: el crecimiento económico y la democracia. El primero lo quieren todos, la segunda no. Son inseparables en el mediano plazo. Pero llevan consigo otra dimensión que frecuentemente se olvida: no existe esa escala inmutable de valores, nuestro contrato social se recompone con cierta frecuencia, mediante los mecanismos legislativo y judicial. Es una de las grandes diferencias con las religiones que frecuentemente se olvida.

Tercero, frente a la agresión a su forma de vida, los franceses se han unido, y junto con su gobierno manifiestan claramente lo que no es aceptable. Me parece que hay algo que aprender. Frente a la barbarie de Iguala, el gobierno mexicano tardó en responder, pero no faltaron grupos que convirtieron el crimen en un asunto de Estado para minar la legitimidad del gobierno. Las grandes manifestaciones, tal vez similares a las marchas de blanco de 2004 y 2008, no tenían un reclamo único. Unos pedían la renuncia presidencial, otros el cambio de modelo económico y otros, como en Francia, el fin de la barbarie.

Creo que éste es un problema muy importante que no hemos enfrentado: la legitimidad en México se disputa entre el gobierno, el crimen organizado y la subversión (dentro y fuera del sistema, por cierto). Europa tardó 300 años en resolver esto. Y después vino el crecimiento y la democracia. Sólo lo recuerdo.

Twitter: @macariomx