Opinión

Tres reflexiones sobre Colosio

1. ¿Quién lo mató? A falta de otra explicación documentada y comprobable, la versión del asesino solitario es la verdad legal y la única creíble. Los mexicanos repugnan esa versión y la mayoría sigue creyendo que se trató de un crimen de Estado. Pocos creen que Mario Aburto haya planeado y ejecutado el asesinato por sí mismo; pero después de leer el expediente parece más fantasioso creer que haya sido un complot, al menos con la información disponible.

Ciertamente el contexto de 1994 y la irritación que causó el expresidente Salinas al interior de la campaña de Colosio por su falta de apoyo claro y sin reserva que se narra en el expediente, dieron pie a que se dijera que el autor intelectual habría sido él. Pero el magnicidio afectó gravemente el final de su sexenio y contribuyó, junto con la presunta corrupción de su hermano Raúl, a que los aciertos de su sexenio hayan sido opacados y el recuerdo vox populi de su gobierno sea hoy mayormente negativo.

Otros argumentaron que el autor intelectual habría sido el asesor presidencial José Córdoba Montoya. De hecho esa es la tesis de la taquillera película Colosio. El Asesinato, pero tampoco veo cómo se habría beneficiado. Al contrario, a las pocas semanas de que Ernesto Zedillo —su amigo personal— fuera nominado como candidato sustituto, Córdoba fue enviado a trabajar a Washington para minar la sospecha de que él era el autor del crimen. Nunca tuvo espacio ni influencia en el gobierno de Zedillo y hoy es un consultor en temas de energía.

Otros mencionados fueron el hoy senador Manuel Camacho Solís, quien aspiraba a ser el candidato del PRI; Raúl Salinas de Gortari, quien después sería acusado y sentenciado por otro magnicidio de aquel año, el de José Francisco Ruiz Massieu, secretario general del PRI. Y aun se mencionó de forma genérica al crimen organizado. Pero en ningún caso se ha probado el vínculo entre los presuntos autores intelectuales y Mario Aburto, el autor material, hoy preso en Almoloya.

2. La muerte prematura encumbra a los difuntos, sean músicos, deportistas, toreros o políticos. Al amparo del duelo, se enaltecen virtudes, se olvidan defectos y se idealizan a los fallecidos. En estos días todas las opiniones de Colosio, como hace 20 años, son de homenaje. Pero más allá de rendir tributo a su memoria y del derecho de sus amigos y familiares de expresarle cariño, es necesario ubicar al personaje en su justa dimensión, con virtudes y defectos. Colosio, como otros políticos mexicanos, era un hombre pragmático que aprendió a jugar bajo las reglas del presidencialismo de aquella época y eso le granjeó la simpatía y aprecio del presidente y con ello obtuvo la candidatura. Aunque se trató de un político profesional y con convicciones (algo inusual), no hay en su biografía ningún hecho que lo coloque en un pedestal diferente que el de otros políticos talentosos de su época.

Dejo algunas preguntas para que cada quien las responda. ¿Era un hombre íntegro a prueba de la corrupción? ¿Tenía un equipo profesional y talentoso de colaboradores? ¿Habría sido transformador de México y profundizado el cambio político? ¿Habría sido un buen presidente? Quizá sí, pero no lo sabemos.

3. ¿Cuál es su legado? Su muerte agudizó la percepción de una crisis del sistema político que inició con el levantamiento zapatista en enero de 1994 y se agudizó aún más con el asesinato de Ruiz Massieu, ocurrido en septiembre de ese año.

Esa sensación de crisis alentó una reforma electoral en 1994 que mejoró y transparentó las condiciones de la competencia y, aunque los recursos de los partidos seguían siendo muy desiguales, la elección fue aceptada y el candidato perdedor del PAN, Diego Fernández de Cevallos, reconoció que había sido una elección legal, pero inequitativa.

La muerte de Colosio cimbró la estabilidad política de la que México gozaba y eso facilitó en los años siguientes hechos que contribuyeron al cambio político: la reforma electoral de 1996 que dio autonomía al IFE y que estableció un sistema de financiamiento público que niveló las condiciones de competencia; el surgimiento del gobierno dividido en 1997 que detonó más equilibrio de poderes; y la alternancia de la Presidencia de la República en 2000.

La muerte de Colosio contribuyó a sonar las alarmas para que la clase política negociara cambios de fondo al sistema electoral que hoy son una fortaleza. Si no hubiera fallecido, quizá no habría habido una crisis económica; y quizá tampoco habríamos tenido una reforma electoral tan profunda como la de 1996, que surge en parte como respuesta a la crisis del 94. Quizá con Colosio presidente, la alternancia habría venido después, no en 2000.