Opinión

Tres debates

     
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Trump

Una campaña electoral busca asegurar el voto de los ciudadanos mediante dos estrategias complementarias. Por un lado, presentar nuevas ideas o enfoques para enfrentar la situación. Raramente se intenta vender la continuidad. Se trata de convencer de que cambiando se mejorará y de que lo que se postula es factible, aun cuando pudiera requerir tiempo e implicar sacrificios. Por otra parte se quiere demostrar que, por sus capacidades e intenciones, el candidato es el indicado para sacar adelante ese programa.

Los debates tienen esos mismos propósitos: aclara posiciones y exponer personalidades. Con independencia de lo anecdótico, en función de ello deben ser analizados.

Aclarar posiciones. Lo primero a observar es la gran dificultad que la señora Clinton ha tenido para colocar sus temas en la discusión. Son cuestiones con las que nadie está en desacuerdo, pero que la gente no considera como las más relevantes en este momento. La educación preescolar, por ejemplo.

Lo que plantea en materia de política económica no difiere mucho de lo que tradicionalmente han defendido los demócratas y de lo que, con éxito relativo, han ensayado Bill y Obama. A pesar de haber sido secretaria de Estado, no se le identifica con una gran transformación en ese renglón y no está empujando ahora algo verdaderamente novedoso en materia de política exterior.

Por eso, como en los anteriores, el tercer debate giró sobre el concepto que Trump introdujo hace un año en la discusión pública: que políticas equivocadas han llevado a Estados Unidos a la decadencia, y que la solución es echar abajo los tratados comerciales desventajosos y frenar la migración descontrolada.

Su contrincante demócrata no ha podido rebatir eficazmente esa tesis. Lo que es peor, se ha visto obligada a echarse para atrás en su apoyo al Tratado Trans-Pacífico y ha tenido que sacarse de la manga soluciones alternativas que difícilmente podrían realizarse (hacer pagar impuestos a las empresas que exporten empleos o utilidades, nombrar un fiscal comercial).

En migración, ha acabado por reconocer que como senadora favoreció las deportaciones y la construcción del muro fronterizo. Su promesa de un plan comprehensivo, que incluya la posibilidad de obtener la ciudadanía, la hizo por primera vez hace ocho años, por lo que afirmar que la procesará en sus primeros cien días en la Casa Blanca, no suena muy creíble.

Exponer personalidades. En cambio, en el duelo por destruir la imagen del oponente, en el que iba perdiendo, ella obtuvo muchos puntos de ventaja en su último encuentro.

Desde que anunció su candidatura, el republicano se dedicó a cuestionar la trayectoria de la exprimera dama, consciente de que era incomparable con la suya. Su dudosa actuación en los hechos de Bengasi, la sospechosa destrucción de los mensajes de su servidor privado, su confusa participación en la Fundación Clinton y los contradictorios discursos a los ejecutivos de Wall Street, acabaron por pintar a una Hillary mentirosa y poco confiable.

Fue solo después del segundo debate que ella reaccionó, exhibiendo a Donald como un acosador sexual y poniéndole en contra a las mujeres. Y fue hasta el tercero que pudo evadir sus golpes más dañinos y contraatacar (parry-and-strike) con una efectividad que no se le conocía y que por ello le resulto más beneficiosa.

Ante la sorpresa de su oponente, que sólo alcanzó a balbucear respuestas risibles, tuvo la habilidad de presentarlo como “títere de Putin” y cómplice del espionaje y los ciberataques rusos. De señalarlo como alguien que cuando algo no le sale bien, le echa la culpa a los demás. De comparar lo logrado por su fundación con la de él. Y sobre todo, de mostrar sus vidas públicas en paralelo, haciendo notar sus grandes diferencias. “Así es él”, concluyó de manera demoledora.

Este debate le puede ayudar a Hillary a brincar el “enthusiasm gap”, pero tiene que poner en la agenda propuestas propias (aunque no puede dejar de seguir copiando las de Sanders), que los americanos perciban como importantes y diferentes a las de Obama.

Después de la golpiza del miércoles, Donald tiene que reparar urgentemente su relación con el sector femenino y verse más serio y “presidencial”. Eso implica ser más preciso sobre cómo va a transformar los programas sociales y más específico en sus planteamientos de política exterior.



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