Opinión

Tres aniversarios

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Marcha Ayotzinapa

El miércoles pasado se cumplieron 50 años del ataque al cuartel Madera. El sábado, uno de la tragedia de Iguala. Este viernes, 47 años de la tragedia de Tlatelolco.

El 23 de septiembre de 1965 un grupo de jóvenes dirigidos por Arturo Gámiz intentó replicar en México el ataque al cuartel Moncada, ocurrido doce años antes en Cuba. Tuvieron el mismo resultado inmediato: fueron derrotados. Pero no se convirtió Madera en el referente de una revolución, como sí ocurrió en Cuba. El ataque al Madera fue realizado por maestros y alumnos de normales rurales, principalmente. El objetivo era la revolución para la construcción de una nación comunista, y fue recordado por varios de los movimientos armados que ocurrieron en la siguiente década en México, tal vez el más famoso fue la Liga Comunista 23 de Septiembre.

La tragedia del 2 de octubre es diferente, aunque haya que entenderla en el contexto que determinó el Madera. Las manifestaciones estudiantiles en contra de un gobierno autoritario fueron entendidas por ese gobierno como secuelas del Madera (y de otros eventos), y la decisión de cortar por lo sano, en un operativo excesivo y en el contexto inmediato de la sucesión presidencial, se convirtió en la tragedia que se recuerda cada año, y que muchos hemos entendido como el momento de la ruptura social. Desde 1965 la economía ya no avanzaba, y era necesario impulsarla con deuda; las promesas revolucionarias (de 1910) no se habían cumplido; el crecimiento poblacional era un problema mayor; y la creciente clase media no tenía espacio en un gobierno corporativo.

El intento de prolongar la vida a ese régimen incrementó seriamente los costos del ajuste, no sólo en términos económicos (la década perdida), sino sociales y políticos; ideológicos incluso, puesto que con el tiempo esos costos ya no le fueron atribuidos a su verdadero origen, sino al intento de transformación, calificado de neoliberalismo. Las reacciones a esa transformación fueron brutales en 1994, desde asesinatos políticos hasta una profunda crisis financiera, pasando por el levantamiento del EZLN, que se convirtió en el centro del romanticismo y el turismo revolucionario. Pero de esa reacción surgió la posibilidad del tránsito a la democracia en 1997.

Desde entonces, el funcionamiento del sistema político es totalmente diferente, aunque sea difícil de entender para muchos. El presidente es débil, los poderes federales se contraponen, los votos deciden el reparto del poder. Pero esa transformación nos convirtió en un conjunto de pequeños estados con diferentes formas políticas. Algunos bastante democráticos, otros más bien clientelares, algunos totalmente autoritarios. Y varios de ellos coludidos con el crimen organizado, o más claramente: gobernados por el crimen. Tamaulipas, al menos desde inicios del siglo; Guerrero, Morelos, Michoacán, en menor medida y no todo el tiempo, etcétera.

Sin embargo, hasta el día de hoy llegan herederos del viejo ataque al Madera que no parecen enterados de todo esto. Desde las normales rurales que aportaron efectivos a ese ataque y a la guerrilla rural de Lucio Cabañas se siguen formando cuadros para la eventual revolución que transformará a México en una nación comunista. Puesto que eso no ha ocurrido, los cuadros se refugian en la CNTE o en las universidades autónomas de sus estados, desde donde pontifican acerca del fin de los tiempos y la llegada al paraíso. Pero en algunos de esos estados lo que hay es un gobierno asociado al crimen, y todo se va complicando.

De ahí nos viene esa extraña mezcla ideológica-religiosa-criminal que Nazario Moreno y La Tuta utilizaron en Michoacán, pero también de ahí viene la tragedia de Iguala. Pero hay quien la considera al nivel de los otros dos aniversarios. Como le digo, en la sociedad pensamos diferente. La virtud de la democracia es que podemos hacerlo.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno,Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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